jueves, 31 de diciembre de 2009

Las uvas

Desde la última entrada publicada he escrito varias, pero no he podido colgarlas. Hace una semana os deseaba una feliz cena y os contaba que no me interesa en absoluto la celebración del 24 y 25 de diciembre pero que tratándose de comida, regalos, días libres, brindis y fiesta, me apunto encantada.

Nochevieja es otra historia. Sé que cambiar de año no es más que una convención y que nada es nuevo ni comienza en realidad al día siguiente. Pero un festejo como este me parece necesario y tan pagano que da gusto.

Me parece adecuado celebrar la renovación. O su posibilidad. Y, en mi caso, me parece adecuado celebrarlo junto a la gente que más me importa en el mundo. Al menos, una buena parte de ella.

No hago propósitos de año nuevo, pero sí pido deseos con cada uva. No son distintos de los que pueda tener cada día, para mí, para mi familia y para mis muy muy pocos y muy muy buenos amigos. Pero no todos los días esos deseos se hacen conscientes y mucho menos verbales. Y me parece bien que haya un día en que sí lo son.

Hace trescientos sesenta y cinco días escribí la primer entrada del año hablando sobre el dios romano Jano, que tiene dos caras para poder mirar hacia adelante y hacia atrás, dios de comienzos, finales y cambios. Quien haya tenido la paciencia de leer este blog sabrá que se me ha llenado este año de miedos, de culpas, de luchas, de rendiciones, de euforias, de alegrías, de dudas, de ganas. Vuelvo a invocar a Jano ahora, al traspasar de nuevo el umbral.

Este año he vivido. Tengo la sensación curiosa y un poco cinematográfica de que este ha sido el primer año del resto de mi vida.

Este año he cosechado y también he recogido frutos, algunos inesperados. Me he preguntado, me he perdonado, me he escuchado, me he cuestionado. Nunca me he sentido más yo. Nunca me he sentido más libre. Y nunca me he gustado tanto. A pesar de todo.

Este año he viajado mucho. Un par de veces, por el mundo, y la mayoría por mí misma. He visto paisajes nuevos y he podido ver los de siempre con ojos renovados.

He sabido decir no. He sentido el calor del cariño. He ido a un funeral triste y absurdo. He brindado con mis amigos presentes y por mis amigos ausentes. He mirado de reojo la mínima esencia de lo que, hoy y aquí, quiero. He llorado. Me he equivocado. He saldado sin ganadores algunas cuentas pendientes.

Este año he vivido. Solo quiero seguir haciéndolo.

Hoy, una uva será por vosotros. Porque me sigue pareciendo increíble que alguien decida pasar por aquí cada tanto.

Gracias. Y feliz año nuevo.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Poderosa

Como la última entrega me quedó en plan novela de folletín, espere usted la próxima entrada, hablaré del sábado noche.

Para mí, una noche estupenda, es-tu-pen-da, entre amigas. Pero, sobre el asunto cincuenta a uno no pude resolver nada. Que no es que me haya acobardado, sino que no pude, sonrisa de medio lado y yo no coincidimos en el espacio, vamos, que sólo le vi un segundo por la espalda.

Ya habrá otras noches, para sonrisa de medio lado y para todo lo demás. Entre los amables comentarios a la entrada anterior (gracias, gracias, gracias) mi querida Merce dijo que tomar la decisión de arriesgar te hace poderosa y es en sí un logro. Poderosa. Esa es la palabra.
Me siento bien. Los horas previas al no encuentro fueron muy divertidas. Ese cosquilleo no tiene precio. Pero cosquilleos, sonrisas, encuentros, son accesorios. Sí señor.

Heme aquí con un dolor de garganta de aúpa, toses varias, estornudos y de más. Heme aquí. Prefiero muchas cosas. Prefiero las sonrisas de medio lado, prefiero las sonrisas en general, prefiero las noches de amigas, prefiero los sábados noche, prefiero el calor, prefiero el mar, prefiero el sol. Pero sólo lo prefiero, no lo necesito. No lo necesito para ser. Lo prefiero e intentaré tenerlo cerca. Sin duda. Pero no lo necesito. La diferencia, si bien sutil, es fundamental.

Lo único que necesito está aquí, encerrado en un cuerpecillo petit que hoy tiene un dolor de garganta de aúpa. Dispuesta a apostar y también a pasar de todo. A renunciar y a arriesgar. Dispuesta a cuestionar y a sentir. Poderosa.

Poderosa.

Nos vemos los sábados por la noche. Todos los sábados por la noche.

Valiente, Vetusta Morla.
"No perdí, no perdí, porque ser valiente no es sólo cuestión de verte". Qué majetes estos chicos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Apuesta

Me dijo hace poco una amiga, muy reflexiva ella, que para conseguir algo que nunca has tenido, quizás debas hacer algo que nunca has hecho.

Me acordé de eso el sábado por la noche.

Muchos campos de la vida se guían por rutinas o patrones, la mayoría de ellos inconscientes. Cada tanto y por diversos motivos aparecen campos, situaciones nuevas, a las que no se está acostumbrado y que no se sabe cómo manejar. Y no digo que a los viejos campos sí se sepa cómo, pero en ellos se siente al menos la comodidad de la experiencia, cosa que no nos libera de equivocarnos, por cierto y faltaba más.

Pero en los nuevos uno tiene que buscar su manera, pensar hasta dónde se quiere llegar, cuáles son los costes, qué se está dispuesto a arriesgar.

Sábado por la noche. Para conseguir algo que nunca has tenido, quizás debas hacer algo que nunca has hecho.

Uno piensa en el peor de los escenarios. Los de siempre, ya saben, el fracaso, el rechazo. Con suerte no mencionamos la humillación pública.

Y como cuando se escoge un mal caballo, te das cuenta que las apuestas están en cincuenta a uno.
Cincuenta probabilidades del peor escenario contra una que ni siquiera sabes qué es.
Y uno sabe que cincuenta contra uno no es un buen pronóstico.

Pero si el uno tiene esa sonrisa de medio lado, te hace plantearte esas cincuenta.

Cincuenta contra uno es una apuesta arriesgada. Pero quizá sea hora de hacer algo que nunca he hecho.

Cincuenta contra uno. Nos vemos este sábado.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Un par de metros

Hoy por la madrugada se ha despertado al escuchar un grito. La habitación a obscuras, el sueño que se escapa. Otro grito. Éste, ahogado. Ahora reconoce de dónde provienen. El piso de arriba. La habitación que está justo encima de su habitación. Ese recinto de donde provienen ruidos vagos y no del todo definidos casi todas las noches. Casi siempre el agua que corre en el baño, el teléfono que suena, algunas conversaciones donde no se acaban de distinguir palabras (a menos que haya gritos, que alguna vez sucede), también la televisión cada tanto y una vez, sólo una pero inolvidable, un polvazo maratoniano.

Esta noche la despierta un grito ahogado. Una palabra, dos. Venga, no. Son lamentos. Oye los pasos, que parecen ir y volver, como sin saber a dónde dirigirse. Venga. Y llanto. Pasos hacia el baño, agua que corre, pasos hacia la cama. Sí, la misma cama que está justo encima de la de ella, que escucha.

Llanto. No. Venga. O eso parece. Una voz más serena al teléfono, datos, la dirección. Muy poco tiempo después, el timbre de la calle, el ascensor, el timbre de casa, pasos hasta la cama. Un voz nueva.

Ella escucha en su cama, sola, en la obscuridad de la habitación. Se tapa los oídos con las manos. No quiere oír.

Va a tardar en volver a dormir y escuchará muchos más pasos, más voces y llantos.

Reconstruye la escena, asustada y sintiendo más que nunca la soledad de su habitación obscura.

Sabe lo que ha sucedido. Sabe que la muerte ha pasado hoy y a esta hora, a un par de metros de su cabeza.

Al final deja de escuchar cualquier sonido. Y, probablemente, ese sea el peor momento.

Ella se queda sola y a obscuras, en silencio.

Hoy es un día para quedarse en casa fumando y con una bata de franela encima.

Hay días que empiezan raro.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Chispas

Hoy es uno de esos días, o en este caso noches, en que sé lo que debería hacer. Debería ir a darme una ducha calentita -que se me están enfriando los pies, coñe- y luego a dormir -que mañana me voy a un país donde no cierran las tiendas nunca-.

¿Y qué hago? Otra cosa, claro. Enciendo la tele, porque quiero ruido. Y pongo música. A Micah P. Hinson, porque aún no he encontrado algo más bonito y deprimente al mismo tiempo.

Yo, debéis saber, me doy treguas. A veces mis hormonas se ponen muy tiranas y he aprendido a dejarlas hacer, más que nada porque luchar contra ellas cuesta mucho y no sirve de nada. Entonces me doy treguas y me digo: Anda, burraca, ponte triste y llora, descontrólate y confúndete, pierde la confianza y ve todo negro; ya sabes que mañana o al siguiente día todo se irá, volverás a ser la que eres la mayor parte del tiempo.
Y parte fundamental de esas treguas es no buscar razones. Porque no las hay realmente. Y eso, que enseguida se va la sensación de agujero negro interno.

Pero esto ha sido distinto. Días, más días, semanas. No se va. Yo sé que se va a ir porque la sensación es la misma. Pero no se va.

Y entonces ya no me vale no buscar razones. Y todas apuntan a lo mismo. Viene, como diré, en distintos empaques, pero es lo mismo.

Uno hace lo que puede para seguir su camino. Para buscar, para encontrarse. Se pelea por sus pequeñas pasiones y se despierta por la mañana para ganarse cuatro perras. Y de repente. Plum, plas, cataplás. Una luz. Un destello. Chispas. Fuegos artificiales. La vida, sin todo eso, también es. De hecho, la vida, sin todo eso, es lo que es la vida. Con sus grandezas y sus miserias, lo de siempre.

Pero, a veces, plum, plas, cataplás. La luz, el destello. Y dices: eso era. Mierda, eso era. Lo quiero. Lo quiero pa' mi. Pero no se puede, chica. Hay cosas que se pueden y cosas que no se pueden. Y esto no se puede. Y ya está. No hay dramas, o sí, pero es lo que hay. ¿Frustración, dolor, hartazgo? Tú ponle nombre.

Y me pregunto cuánto se tarda en olvidar lo que nunca se ha tenido.

Y esta entrada sería mucho más interesante si pudiera decir que quizá sí, que todo puede ser, que, ya saben, todas esas cosas. Pero no. No esta vez. Y lo que queda es seguir despertándose por la mañana para ganar cuatro perras y seguir peleando y todo eso. Y quizás, quién sabe, algún día de nuevo vea chispas y entonces sí pueda ser.

Pero es que son tan escasas.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La lluvia

A veces pienso que soy rara. Será que, a pesar de todo, soy a quien mejor conozco y no puedo obviar toda la incoherencia y sinsentido que encierro.

Soy rara y me gusta ver Redes y Gossip Girl. Me pillas leyendo la Cuore lo mismo que a Sándor Márai. Me calzo las zapatillas de deporte tan pronto como los taconazos. En mi lista de reproducción de Spotify conviven los Beastie Boys y Ella Fitzgerald. Me siento como pez en el agua en Nueva York o Madrid y vivo en una ciudad que solo tiene un complejo de cine. Y no me quiero ir.

Soy una chica rara. No me siento cómoda entre contundencias, me asustan los dogmas y someto casi todo a la revisión de lo cotidiano.

Últimamente me he sentido rara, como aparte de todo. Recelosa, sospechosa. Y es que me he reencontrado, de frente y mirándome a los ojos, con dos situaciones que hacía un tiempo que no me visitaban.

Una, la muerte. La brutal y paradójica promesa humana hecha realidad. Ahí, sentada a tu lado en la cena. Sin avisos ni matices. Con su incontestable resolución. La muerte, la que hace que su propio nombre baste y le sobren los adjetivos.

Dos, el deseo. Es algo muy distinto a las ganas, los caprichos, los antojos, que a menudo se aparecen. Es la atracción animal e incontenible de otro. La que descoloca y desordena el cuerpo y los conceptos. La que te regala una resaca infinita tanto si lo consumas como si no.

La muerte y el deseo, inesquivables, recordándome todas las preguntas sin respuesta que he escondido para poder dar un paso más, solo un paso más.

El deseo, la muerte y esta lluvia orgullosa e incesante que reclama lo que es suyo.

En fin, ni siquiera sé si soy rara. Es solo que últimamente soy, y ser, a veces, se pone bastante raro.

Creep, Radiohead.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Y es mejor así

Me duele aquí. No soy más específica porque es un lugar difícil de definir. Es parecido a cuando tengo una falta de ortografía y el profesor la señala en un círculo rojo. O cuando voy a por un poco de chocolate y se ha acabado. Sí, algo así. Nada demasiado grave, como veis. Pero como ya no confío en las grandes gestas ni en las noches épicas, con estas desgracias de medio pelo tengo suficiente para que me duela aquí.

No sé por vuestros pagos, pero en los míos hoy hace un día precioso. Con frío declarado y un sol que apenas se siente, pero se nota. Me gusta el frío. Bueno, el calor también. Y a veces la lluvia, siempre que pare cada tanto.

Me gustan las casas de ladrillos y el zumo de naranja. Me gusta sentir tu mano perdiéndose decididamente en mi cintura ahí, en medio del barullo, mientras te acercas para preguntarme no sé qué cosa al oído. Y el diminuto instante en que sin venir a cuento nos miramos sin que haya justificaciones ni obviedades. O cuando me dices "hazme una llamada perdida" para guardar mi número. O cuando me sigues con la mirada y yo finjo que no te veo. O cuando me dices cosas que no pueden ser nada más que esas cosas que dices en ese momento, pero yo siento una piedra en el estómago y digo "yo me quedo aquí". O cuando te pregunto tu apellido, como si no lo supiera desde hace tres años.

Y creo sinceramente que si todo esto viniera del mismo territorio, podría significar algo.

Qué le voy a hacer. Lancé una moneda al aire. Y no la veo caer. Ni siquiera de canto.
Y es mejor así.

¿Quién no quiere el mundo entero? Pero no puedes tenerlo todo. Y es mejor así. Eso dice la canción. La muy cabrona.

Será por eso que me duele aquí.

Lovely Luna, Parando el tráfico. Y, chicos, desde el cariño, la próxima vez que tengais que grabar un vídeo, ducharos antes.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Brindar

La paciencia
No me cabe la menor duda de que a las 5:42 de la madrugada las cosas se ven con otra perspectiva. Hoy jugué con mi sobrino M, en un momento mi hermana le dice ¿Te acuerdas de lo que hay que tener? , responde él, paciencia. Y yo le pregunto ¿Qué es tener paciencia? Saber esperar, me dice él.

El círculo
Yo sabía que quería ir. La música en vivo siempre es mágica. Pero hasta que estuve ahí no lo vi todo claro. Las piezas empezaron a encajar. La poesía, aquel silencio, la misma canción. Se cerró un círculo. Es todo mi invención, por supuesto, pero no por ello menos real. Después de veinte meses, al oír la misma canción, en el mismo sitio, y tras toda la paciencia del mundo, se cerró un círculo.

El rito
Como no suelo participar de los ritos normales, me invento los míos. Hoy, en un día inútil, absurdo, sin premisas, sin la menor lógica, hoy brindé por ti, I. Porque la muerte necesita un rito y ese me pareció el adecuado. Salud.

El fracaso
Las equivocaciones hacen a la gente interesante. Los fracasos. No me hubiera importado no fracasar y en lugar de escribir esto a oscuras estar cruzando miradas en la penumbra. Pero algunos fracasos son, además de nimios, casi graciosos. Fracasos que no te hacen llorar sino sonreír. Quizá es que no son fracasos, pero es que es tan bonita esa palabra.

Mis amigos saben que me gusta brindar. Hoy brindé por ti, I. Y por la muerte y por los fracasos. Y por los círculos que se cierran y las piezas que encajan. Y por el temporal que está ahí afuera.

Brindo por mí.

Vivir sin recordar, Le Punk.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Las oportunidades

paciencia.

(Del lat. patientĭa).

f. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho.


La RAE da más definiciones, pero esta es la que más me interesa. La releo y acabo por no tener nada claro que tener paciencia sea algo bueno, lo que siempre se me dijo.

También se me dijo, con suma asiduidad, que yo carecía de paciencia. Ya saben, esas cosas crueles que dicen los adultos ¿o eran los niños?

Porque hay que saber esperar, una señorita no va por ahí diciendo a gritos lo que quiere, se queda sentadita toda la puta tarde en casa esperando. Esperando. Cuando algo se desea mucho. Esperando.

Lo que no me dijo nadie es que ni eso ni nada garantiza que ese algo que se desea mucho se haga realidad. Y que quizá hubiera sido mejor dar un toquecito en la espalda y decir un holabuenaspasabayoporaquí.

Lo que no me dijo nadie es que mucho más importante que la paciencia es saber diferenciar cuándo conviene esperar a que algo llegue y cuándo conviene salir a buscarlo.

Yo a veces me siento a esperar. Así que supongo que sí sé esperar.

Y, aunque he aprendido algunas lecciones y esta también, no puedo decir que no sea una mierda. Será que no tengo paciencia.

P.D.M. Las oportunidades, Andrés Calamaro.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Music time

Que sí, que sí, que así son las cosas. Que unas van y otras vienen y así y así sin parar.
Gracias a J tengo un programa (yo supongo que es un programa, pero vaya usté a saber) para oír toda todita la música del mundo. Y como no me la descargo, no hay delito, digo yo. (Que una no sabe nunca donde hay un infiltrado).

I hope that I don't fall in love with you, Tom Waits.
Así que esta semana leí mi horóscopo y solo decía dos cosas: 1) que era una buena semana para pedir un cambio en el trabajo. Curioso, porque justo esta semana había pensado pedir formalmente cambiar mi turno-de-mierda-de-fin-de-semana a un turno-de-mierda-de-semana. Que no me lo darán y no es pesimismo, sino realidad pero yo lo pido. Y 2) que era una buena semana para enamorarse. Curioso, porque justo esta semana... (bla bla bla).

It could happen to you, Chet Baker.
Que sí, que sí, que así son las cosas. Que unas van y otras vienen. A veces hay chispas. Me gustan las chispas. Las chispas no son nunca solamente chispas. Las chispas te recuerdan que existen las chispas. Es casi como esa cosa tan española de estar comiendo y hablar de qué vamos a comer mañana.

Blue Moon, Frank Sinatra.
Pues que vengan las chispas. A veces parece que no pasa nada. Y otras estás esperando al mismo tiempo un ring, un hey y un ding-dong. Vale, perdón, me onomatopeyicé: teléfono, saludo, puerta.

In the guetto, Elvis Presley.
(Con dedicatoria. La canción, digo). Y entonces me siento en el banco y un segundo después se sienta él, tan pegadito que trago saliva. Señores, ha llegado el invierno. La gente tiene frío y busca el contacto humano.

Chispas, invierno, música.

Feliz semana.

viernes, 30 de octubre de 2009

Duelo

Dicen que el duelo tiene cinco etapas y que hay que pasar por ellas para superarlo, lo cual imagino que significa aceptar que algo ha cambiado y seguir adelante.
El duelo no es exclusivo de la muerte, sino de una pérdida. La vida está llena de relaciones que se acaban, que se minimizan. Y de relaciones en la que a veces nos enganchamos, por dependencia, por costumbre, por miedo, y que es mejor terminar. Porque lastiman, porque son injustas, porque nos desequilibran en el peor sentido. Y también en estos casos se pasa el duelo.

Dicen que el primer paso es la negación. Pensar que algo va a cambiar, que las cosas pueden ser distintas. Supongo que es fácil quedarnos estancados en la negación aferrados a pretextos y a una supuesta esperanza que en realidad es miedo a tomar una decisión.

Luego vendría la rabia. Es una estado más o menos cómodo donde aparece todo lo que se había negado. Con la rabia se siente que algo ha cambiado, que se ha avanzado, que ya no se está en el paso anterior donde se procura fingir que nada ha pasado. Sí que ha pasado, ahora lo entiendo y me lleno de ira. Pero lo más difícil está por llegar. Porque estos dos pasos están marcados por el instinto, pero hay que usar la cabeza para llegar al siguiente.

La negociación. Quizá sea el primer paso real para pasar un duelo, para despedirte, porque es un trabajo íntimo donde se tienen que encajar las piezas. Se negocia con uno mismo. Se pregunta por qué, para qué. Y sólo bajo esa consciencia se llega a la conclusión de que algo está acabado.

Y cuando se llega a esa conclusión acerca de una relación importante no se puede evitar llegar a la siguiente etapa: la depresión. Sí, cuando algo acaba tiene que doler. Y tiene que ser un dolor productivo a pesar de la dificultad del concepto. En el dolor entiendes verdaderamente la pérdida. Depende de muchas cosas, pero a veces es un dolor tan real que te inutiliza para cosas tan sencillas como escribir un blog.

Solo después llega la aceptación.

lunes, 12 de octubre de 2009

Entretiempo, que le llaman

Así que allá afuera hay 26 grados y un solazo. Así es Galicia, chicos, a pesar de lo que diga el Telediario.
He terminado con Gossip Girl. He terminado de ver la serie y he terminado con mi reputación al confesar en público semejante vicio.
Creo que ayer terminó el verano. Lo sé porque a través de la ventanilla del autobús sentí el mismo olor del día en que empezó.
Durante julio, agosto y el principio de septiembre apenas estuve en casa. Estuve en la playa, en Madrid, en Dublín y en Cádiz. Y al volver yo, llegaron también las buenas noticias. Amigos. De los de verdad. Hace cuatro años que no los veía, aunque una vez a la semana solemos reservarnos un largo rato para el teléfono.
Un mes. Treinta días. Siempre es poco cuando la compañía es buena. Cenas, tardes en el parque, window shopping, confesiones, copascopascopas, desveladas, bailes, conciertos malos, cervezas en la playa y hasta una boda.
Puede que sea una coincidencia pero fue justo ayer, el día en que mis amigos vuelven a su casa, cuando en el aire se nota ese olor, entre dulce y nostálgico, con que hace casi cuatro meses empezó el verano.
Sé que se ha ido. Y viene el otoño. Me gusta.
Ayer me di cuenta de que en menos de tres meses empieza un nuevo año. Y entonces, cuando piense en el "año pasado", pensaré en éste: cenas, tardes en el parque, window shopping, confesiones, copascopascopas, desveladas, bailes, conciertos malos, cervezas en la playa y hasta una boda.
Y entonces sonreí. También lloré un poquito, pero es que soy muy cursi.
Y luego, volví a sonreír.

martes, 6 de octubre de 2009

...

Tener un blog te sirve, entre otras cosas, para preguntarte. Cosas. Yo me pregunto, por ejemplo, por qué no escribo. O por qué no actualizo, porque en verdad he escrito unas cuantas entradas que se han quedado guardadas o finalmente borradas. Pero, ya sabeis, sirve para preguntar, no para responder.

Mi vida en definitiva no es Sex and the City y me pregunto a quién le importa que me haya inscrito en un taller o haya vuelto a clases de yoga. Que me he comprado una máquina de liar tabaco o que estoy desarrollando un asco alérgico a mi trabajo de fin de semana.

Cuando sentía un grandísimo dolor -qué dramática soy- era más fácil escribir sobre mí. Lo necesitaba.

Esta entrada está a punto de quedarse a la mitad también. Solo quiero una mantita y ver una capítulo de Gossip Girl tras otro.

Estoy viviendo en una coma, en tres puntos suspensivos. Del dolor sabía que tenía que salir, pero de aquí, ni siquiera lo sé.

Soy una procrastinadora.

Eso es lo que soy.

martes, 29 de septiembre de 2009

Constatación

Hace unos veinte días una persona con la que tengo una relación complicada me dijo que quería hacer una cosa, una que nos iba a beneficiar a ambas y que es nuestro derecho. Ella había renunciado a él arrastrándome a mí en la decisión, pero ahora lo había pensado y quería recomponer el asunto. Le di todo mi apoyo. Ayer me repitió su decisión y empezamos a planear la mejor manera de llevarla a cabo. Hoy me ha dicho que no. Que le da miedo. (Por si lo dudan, no tiene que luchar con un dragón; el miedo al que se refiere es al de quedar mal con una persona, un miedo injustificado ya que como dije, es nuestro derecho).

-Si te da miedo, -le he dicho-, y por eso no lo haces, me sigues arrastrando en tu decisión, yo voy a seguir pagando las consecuencias.
-Sí, pero me da miedo enfrentar a esa persona.
-Esa persona sabe que tenemos derecho a ello, si te da miedo hablar, veamos de qué manera podemos resolverlo.
-No, ya no quiero hacer nada, que la cosa se quede como está.
-Pero si se queda como está yo tendré que seguir pagando por ello ¿No te das cuenta?
-No lo veas de esa manera.
-Ah, ¿no? ¿cómo lo voy a ver? Por ahorrarte enfrentarte a un miedo no te importa que yo siga pagando algo que no me corresponde.

-Es que me da miedo.

Que le da miedo, dice. Y a mí me dio miedo cambiar de país, y de trabajo, y divorciarme, y encontrar motivos para vivir y también me dio miedo el otro día que mi médico me dijo que me hiciera una analítica para ver las ETS por si acaso. Y me jodo, voy y lo hago. Lo hago por mí y lo haría por mi hermana, y lo haría por mis amigas, y lo haría por mis sobrinos y también por mis tíos. Por que me importan y los quiero. Pero ella no va a hacerlo por mí. Lo que no sabe es que llevo treinta y cuatro años entendiendo lo mismo de todas sus decisiones: le importo, pero no lo suficiente; me quiere, pero no tanto. No lo suficiente y no tanto como para hacer un esfuerzo por mí.

Las cosas son como son. Una constatación más. Es lo que hay. A algunas personas les importas lo suficiente y a otras no. Con algunas personas puedes construir relaciones y con otras no.

Si lo que no sé es por qué me sigue haciendo daño. Después de treinta y cuatro años.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Por si pasas por aquí

Puedes llamar a la hora que sea. No me molesta. Qué quieres que te diga, estoy ahí en mi camita rica, me despierta el zumbido del teléfono, veo en la pantalla que eres tú y no me molesta.

Si fueran 50 kilómetros en lugar de 500, me hubiera ido a tu casa para abrazarte y que lloraras si te apetecía. Yo hubiera acabado llorando seguro. Soy así.

No tienes que explicarme por qué me llamas. Me gusta. Yo nunca te he explicado a ti cuánto me han servido tus palabras para darme cuenta que el mundo seguía y yo seguía en él.

Ya sabes, aquellos eran momentos complejos para mí y tú me ayudaste a entender que quizá yo también podía sanar. Me hiciste pensar que las cosas sí podían ser distintas y sí podían valer la pena. Me hiciste entender que yo era yo sin necesidad de nada más. Y todo esto sin que te lo propusieras, sin enterarte si quiera de lo que me estabas dando.

Y a pesar de que se me fue la pinza un poco más que un poco, me aguantaste y me trataste con dulzura.

Si chico, son cosas del azar o del momento, pero tus mimos me curaron heridas frescas que nada tenían que ver contigo. Y como dicen las canciones, aunque no te volviera a ver, aunque nunca más supiera de ti, créeme, yo nunca voy a olvidar eso.

Y por eso no me importa que me llames, no me importa si estoy durmiendo o de fiesta. Siempre estoy para ti.

Porque soy tu amiga.

Bueno, como dice Calamaro, y todo lo demás también.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Fiebre del viernes por la noche

Ya es viernes, señores. Estareis todos muy contentos. Yo no. Ya sabeis que trabajo los fines de semana. Y lo más desagradable no es trabajar cuando todos tus amigos y conocidos se relajan, organizan comilonas y cenas, se van de copas y consiguen las mejores anécdotas de su vida. No. Lo peor es el trabajo en sí.

En mi trabajo atiendo telefónicamente a clientes de una empresa proveedora de internet. Normalmente llaman cuando tienen un problema, pero no siempre. Cada tanto llama alguno que dice -Eh, solo para deciros que va todo bien con el internet, no tengo ningún problema. Y uno se queda con sus auriculares espumosos y cara de eh... mmm... y ganas de decirle ¿sabe usted que esta llamada tiene coste por minuto? pero diciendo en realidad -De acuerdo ¿le puedo ayudar en algo? ¿No? Pues gracias por llamarnos y que tenga un buen día.

Pero la mayoría sí que tiene problemas. Y aquí está lo difícil. Con una formación de diez días donde básicamente me enseñaron cómo es un router (por fuera), herramientas informáticas pobres y presión por cortar la llamada cuanto antes, pues mucho no se puede hacer.

Y es una pena porque hay gente que realmente te apetece ayudar. No es el caso de aquellos a los que dices -Escriba en la pantalla lo siguiente: P de Pamplona. -¿T de Tarragona? -No, P de Pamplona. -Ah, ok, T, ya está.

Tampoco es el caso de los que te insultan, intentan amedrentarte o no hacen nada de lo que les pides. -De acuerdo señor, parece un problema en la configuración de su router. Para solucionarlo necesito que encienda su ordenador y teclee lo siguiente. -No, señorita, no pienso teclear nada. Tengo un problema y quiero que me lo arreglen, así que ya me dirá usted cómo. -Sí, señor, eso intento, por favor teclee en su pantalla... -Ya le dije que no pienso hacer nada, páseme con un superior. -No puedo pasarle con nadie y además no serviría de nada, él no va a decirle algo distinto que yo. -Pues yo no voy a hacer nada, ya me dirá usted. Y así minuto tras minuto, hasta que los convences (manda huevos, tener que convencerlo yo para que haga algo para arreglar su problema), se harta y cuelga o... no, son las únicas opciones.

Otros a quienes si pudiera cortaría los cables de todo lo que llegue a su casa son los listillos. -De acuerdo señor, vamos a hacer lo siguiente. -No me digas que resetee el router porque ya lo hice. Y ya verifiqué la configuración. Y también hice ping al router, y un ipconfig y netstat y está todo bien. Ah, y no me vayas a decir que es de mi ordenador porque es imposible. Normalmente son los que luego le llaman aparatito al router, o jifi si no tiene cables y no te saben decir si usan Windows o Mac.

Luego están los clientes encantadores que son amables y pacientes y te ayudan a hacer tu trabajo. Pero claro, de esos no me acuerdo los viernes por la noche cuando me voy a acostar temprano para poder ir mañana a trabajar.

Me cago en la crisis.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Libertad o el fin de las vacaciones

Casi acaba oficialmente el periodo vacacional para mí. Y estoy casi tan emocionada como cuando comenzó.

Aclaro que lo que yo llamo mi periodo vacacional viene a ser una extraña mezcla de circunstancias en las que solo he tenido vacaciones laborales reales durante dos fines de semana. Lo cual no es óbice para que yo haya declarado el comienzo del citado periodo cuando la que he dado en llamar la mejor prima del mundo con una casa en la playa inaguró dicho domicilio veraniego. Se sucedieron playas, viajes, encuentros, reencuentros, viajes, idas, vueltas. Y a estas alturas casi termina esa mezcla. Y, sí, estoy emocionada.

Por un lado me apasiona la idea de despertarme tres días seguidos en mi cama. Oh, mi cama. Siempre he dicho que podría pasarme la vida viajando. Voy a corregirlo: Podría pasarme la vida entera viajando siempre y cuando vuelva a mi camita unos días cada tanto. No es que me haya ido lejos ni conocido exóticos paraísos terrenales, pero en mi cama, lo que se dice en mi cama, he estado poco. Y mi cama, señores, me gusta. (Y me gusta todo lo que la rodea, incluida las paredes recién pintadas que, aunque no lo crean, aparecieron así una de esas escasas noches que pasé por ahí).

Otro de los motivos que me emocionan tiene que ver con derroteros (joder, voy a escoger otra palabra, que tantos años de psicoanálisis —y no, RAE, no pienso escribirlo sin p— me han marcado), ejem, rumbos, nuevos y extraños, peligrosos y excitantes rumbos laborales que me producen tanto miedo como ilusión. Tanto miedo que ni siquiera voy a hablar más del tema.

Yo no sé qué es el verano, no sé que es son las vacaciones, no sé cuando se acaban o empiezan aunque haya vuelto del trabajo hace un par de horas (y en domingo, no olvidemos el detalle). Sé que es septiembre y la gente vuelve a casa, que los blogs se retoman, que volvemos a ver a algunos que nos importan. Sé que también hay despedidas que esperas no lo sean del todo. Sé que mi cuerpo está vivo y tengo ganas de todo. Sé que hay un relámpago batiendo en mis entrañas. Sé que me espera mi cama y mis sueños.

La libertad es algo
que sólo en tus entrañas
bate como un relámpago.
Miguel Hernández, Libertad

viernes, 28 de agosto de 2009

Voy y vengo

Estoy sola en casa y no hay ni una luz encendida, solo la de la pantalla del ordenador. Me duele la cabeza y sospecho que tengo fiebre. Voy a hacer del resfriado de verano una tradición en mi vida. Vuelvo de pasada. Me escapo de nuevo, con pretextos sutiles y oportunidades precisas. Volveré pronto, sin dolor de cabeza y podré hablar con claridad, o cuando menos extensión acerca de los últimos días, semanas y meses.
Podré hablar de la sidra y de las pasiones. De los besos y los rechazos. De los destinos y de los diplomas. De cómo llorar por un hombre no es llorar por un hombre. De cómo entra el olor a mar por mi ventana. De cómo viajar al norte para poder preguntarse. De cómo volver a casa para poder responderse. De cómo un abrazo da sentido a tu día. De cómo las preguntas que se tocan, se rechazan, se retuercen, no se van a ir.

De esto o de nada, o de otra cosa. Pero sin dolor de cabeza, por favor.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Auch

A veces quieres algo. Quizá no te quita el sueño, no lo necesitas, pero te apetece. A veces quieres algo.

A veces quieres algo y no puedes tenerlo. O, quizá, puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo.

A veces quieres algo, y quizá puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo. Por más exóticos y profundos que sean tus ojos a veces quieres algo y quizá puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo.

Parece ser que las cosas que no te quitan el sueño, que no necesitas, que solo te apetecen, también duelen.

Auch.

P.D.M. Te vi, de Fito Páez.

martes, 4 de agosto de 2009

En la estación de autobuses

23:o1
Esperando el autobús. Cosas que hacer hasta que llegue:

1)Fumar, por aquello de que después no voy a poder. Fui testigo de cómo un chófer encendió su micrófono en un viaje y se dirigió a los pasajeros: "Que sepa el que está fumando que la multa es de seiscientos euros y que no tengo ningún problema en llamar a la policía en la próxima parada". Pues eso, que mejor fumo ahora.

2)Leer. Bueno, no, que si no me acabo el libro antes de llegar a mi destino.

3)Escribir. Aunque hay que aguantar las miradas de extrañeza de las que ahora mismo estoy siendo objeto.

4)Repasar una vez más: el billete, el dinero, el DNI, las llaves.

5)Mear mucho. La prioridad absoluta de cualquier viaje en autobús es no verse nunca en la necesidad de usar su baño.

6)Comprobar que tengo a mano mi banda roja para el pelo. Creo que estoy desarrollando una patología alrededor de ella. Lo intuyo por las palpitaciones que sufrí la última vez que me di cuenta que no la tenía a la hora de dormir. Y es que mi banda roja para el pelo cumple dos importantes funciones: a)Sostiene fuera de mi cara los resto de flequillo que aún me quedan. Y es que, en cuanto decidí dejarlo crecer dio un estirón lo suficientemente grande como para no poder seguir sobre mi cara. Pero, eso sí, para llegar a mezclarse con mi pelo y dejar de ser una incomodidad, se está tomando su tiempo. Y b)Protegerme de la luz del día con un simple moviemiento de mano que lo lleva del cráneo a los ojos.

7)Comer. Así seguro que me da sueño en el autobús y se pasan antes las horas. Eso sí, no se puede ingerir bebida alguna (ver punto número cinco).

8)Rogarle a dios que el asiento junto al mío esté vacío. Falla siempre. Jo, a veces es un rollo ser atea.

9)Entrar en internet para colgar esta entrada. Ah, no, que aquí no hay wifi. Y no tengo mi ordenador, que por otro lado sólo puede conectarse por cable. Pues hala, ya la colgaré mañana.

domingo, 2 de agosto de 2009

Ricos y pobres

Hace unas semanas mi sobrino M me pidió una moneda para subir al tiovivo (o tivovivo, como le llama él). Yo no tenía ninguna y así se lo dije. Él, muy reflexivo, me preguntó, mientras se montaba al inmóvil aparato -¿Por qué no tienes moneditas? -Porque soy pobre, le respondí.

Mis ingresos son indignos, pero bueno, moneditas suelo llevar, aunque no ese día. A lo mejor es una estupidez decirle esas cosas a los niños en lugar de explicarle Hoy no llevo monedas porque compré tabaco y unas bragas o Si te la doy a ti se la tengo que dar a todos tus primos y ahí sí que me voy a quedar pobre.

Hace unos días fui a su casa y me recibió con una gran sonrisa y un beso. Me alargó la mano y me dijo Ten, son para ti, para que tengas dinerito y te pongas feliz. Había sacado las monedas de su hucha y me las daba.

Yo sé que soy cursi, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Y sólo pude abrazarlo y decirle Gracias.

También es cierto que unos días después pasamos junto a un caballito (bueno, era un delfín porque en la playa vienen más al caso) de esos que hacen un ligero movimiento previo pago. Se montó y me dijo Ahora sí que me puedes dar una moneda, porque ya no eres pobre. Lógica aplastante.

Hoy llegó a mi casa y se acercó a mí. Abrió un pequeño monedero y vacío sus contenido (no sé de dónde saca tanto dinero este niño). Me dijo Ten, más moneditas para que nunca más seas pobre y estés muy contenta.

Ya sé que soy cursi, pero los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas. Por un momento pensé en explicarle que el dinero no lo es todo y demás. Pero lo que único que pude hacer fue abrazarle y decirle:
Ya no soy pobre, mi niño, ya no soy pobre.

Y no mentía.

lunes, 27 de julio de 2009

Julio y blog

Julio. El mes en que, por mucho, menos entradas he colgado en este blog. Claro, tengo una excusa. La excusa se llama Tengo la mejor prima del mundo con una casa en la playa. Y es una buena excusa. Pero como yo soy más de darle vueltas a las cosas, no acabo de creérmela.

Sí, en todo el mes apenas he estado en casa. Sí, no he tenido mi ordenador ni internet. Sí. Pero.

A principios de julio este blog cumplió un año. Y para una persona tan adepta a los festejos, es curioso que en absoluto le haya apetecido celebrar ese aniversario.

Recuerdo cuando me senté frente al ordenador ese día un poco nublado y de extraña luz y escribí la primer entrada. Y, como le dije a mi amigo J hace poco, lo recuerdo y sé que quiero estar lo más lejos posible de ese momento.

Empecé este blog porque necesitaba buscarme y me pareció una manera apetecible. Y quizá ese motivo ha sido superado. No el de buscarme, que para mí que esa es una labor que no se acaba en la vida, pero sí el de saciar aunque fuera levemente la brutal desesperación de encontrar en los resquicios algo de mí.

Algo sí que he encontrado, aunque no supiera decir claramente qué es. O sí. Cuando releo las primeras entradas noto una especie de asfixia, de respiración agitada y animal como cuando has dejado de respirar y sientes que desfalleces (palabra cursi). Como cuando vuelves a la vida. Y me pregunto si mis letras y yo hemos evolucionado (palabra falsa) a la par.

Cuando me preguntan sobre qué escribo, no sé que decir. Cosas, digo, cosas que me pasan, cosas que pienso. Cosas.

Así que, es verdad: Tengo la mejor prima del mundo con una casa en la playa. Pero también. Pero también quería extrañar. Pensar qué es esto. Pensar para qué.

Y no tengo ninguna conclusión, solamente que me gusta.
Así que, heme aquí, en un ordenador en un lugar llamado Dolce Birra (qué creatividad, por dios) y metiendo moneditas en una torre.

Porque sí. Porque me da la gana.
Porque el mundo es como es y mi vida es la que es, sigo buscándome y esta es una de las maneras en que me siento capaz de hacerlo.
Estais invitados.


lunes, 20 de julio de 2009

El cielo de Berlín

En algún sitio leí una lista de las cosas más raras que regalan los diarios y publicaciones. Yo, lo más raro que he visto ha sido un trozo del muro de Berlín. Lo regalaba la SuperPop. En aquel entonces vivía en México y la revista llegaba sólo cada tanto y sin previo aviso. Yo la compraba porque me recordaba mis veranos en España, lo que venía a ser algo apenas diferenciado del Paraíso. En una ocasión, el ejemplar rezaba : Con este número, gratis un trozo del muro de Berlín. Pero a México llegaban sin extras.
Recuerdo haber visto en la televisión las escenas de la caída del muro: la gente subida a la ruinosa pared, las máquinas echándolo abajo.
Estoy leyendo un libro (aunque a nadie le importe, lo informo en la columna de la derecha. Abajo, más abajo...) donde se narra una historia sencilla pero completada con historias de gente que saltó el muro. Pero no esos saltos míticos de personas asfixiadas por el régimen que buscan la libertad apostando incluso la vida. No. Son historias de saltadores de ambas direcciones y con motivos como poder ver un western en el cine cada jueves. Saltadores sólo porque sí. Porque el muro estaba ahí para ser saltado.
Todo lo que el libro narra es definido con respecto a en qué lado está. Las cosas, las calles, los edificios, dejan de ser en sí mismos y pasan a ser otra cosa, pues estar de uno u otro lado del muro era estar en una u otra ciudad, en uno u otro país, en uno u otro mundo.
Y sin embargo.
Y sin embargo el Berlín que yo conozco carece de tales referencias. No tengo ni idea de si la Catedral y sus hermosos jardines eran parte de Berlín Occidental u Oriental. Ni pista de a dónde pertenecía el Bundestag, o la exquisita avenida Unter den Linden. Creo que el barrio de Kreuzberg, donde vive mi amigo C, estaba en el lado Oriental, pero sólo porque lo he leído en algún sitio; estando ahí nada delata este hecho. El hecho de que esa ciudad estaba dividida en dos. Y ahora vuelve a ser una. Lo único que recuerda ese hecho (al menos para el ignorante ojo del viajero) es la huella que el muro ha dejado sobre el suelo de la ciudad, que se aleja serpenteando más allá de donde alcanza la mirada.
Pero en el libro todo gira en torno a las diferencias de uno y otro lado. Incluso nos asegura que hay características físicas entre los pobladores desde las que se puede intuir su residencia.
¿En serio? ¿Y cómo es que yo no noto nada? ¿Cómo es que nada me hace recordar si quiera que la ciudad estaba divida hace muy pocos años? ¿Cómo es que no veo signos de un pasado diferente en una y otra calle, no veo más o menos belleza, más o menos caos? ¿Cómo es que lo único que me recuerda aquel hecho es una cicatriz inabarcable sobre el pavimento?
Berlín es una ciudad hermosa a la que quiero volver para ver a C y la puerta de Ishtar.
No sé cómo pudo sanar de aquel muro. Como pudo reasumirse, recuperarse. Pero si Berlín pudo, no sé, quizá es que es posible.

Y, querido C, espero que haya llegado el verano a Berlín.

viernes, 10 de julio de 2009

Yo y mis circunstancias

Yo y mis circunstancias miramos al mundo como de reojo últimamente. No es un reproche ni un castigo, es más bien una duda, una sensación. La de que algo no va bien. La de que yo y mis circunstancias tendríamos que estar más contentas; la de que algo va mal y no nos acabamos de enterar.

Yo y mis circunstancias repasamos nuestros grandes temas uno por uno para encontrar esa pata que cojea. Se nos hace la cabeza un laberinto, una serpiente que se enrosca, una pescadilla que se muerde la cola. Y no encontramos nada. Nada nuevo. Están los asuntos de siempre, los que hemos resuelto, los que estamos resolviendo, los que sabemos que ahora mismo no podemos.

Yo y mis circunstancias sentimos que algo se nos escapa. Nos da por pensar que quizá no se trate de los grandes temas sino de los pequeños asuntos. E intentamos recordarlos, como si hubiera una lista que vamos marcando, este sí, este también. Tampoco ahí hay nada nuevo.

Yo y mis circunstancias nos sentimos un poco perdidas. Como si algo no encajara. Como cuando en un sueño empiezas a preguntarte si estás en un sueño por que hay algo. Algo que no puedes definir. Algo innombrable.

Yo y mis circunstancias sabemos que no hay nada bueno en lo que no se puede nombrar, y nos hartamos a veces de buscar y buscar sin saber qué; pero cuando no buscamos nos desespera la sensación de que algo no está en su lugar.

Aquí ha cambiado algo. Algo se movió de sitio. Y no conseguimos, yo y mis circunstancias, darnos cuenta de lo que es.

Porque, habreis de saber, yo soy yo y mis circunstancias.

lunes, 29 de junio de 2009

Aniversario

En uno de mis blogs favoritos se exponía hace poco la Teoría del depósito de lágrimas. El autor nos explica que su depósito se va llenando internamente con cada suceso llorable y cuando llega al tope, no importa la calidad del suceso que toque en suerte, se desborda.
Yo le explicaba que carezco de depósito de lágrimas alguno, ya que brotan a la mínima provocación. Pero sé que tengo, al menos, un depósito de algo.

No me es fácil hablar de esto. Es un tema que suele generar incomodidad en la gente, no sé si porque se identifican y no les gusta o porque no se reconocen en absoluto y no son capaces de darle crédito.

Hace un tiempo, una amiga bloguera, si me permite llamarla así, hablaba en una entrada de la relación con su madre. Le regaló a ésta un canario naranja que pareció simbolizar un nuevo vehículo para redescubrirse. Me voy a permitir citar la última frase:
"Ésta mañana mi madre me ha llamado por teléfono, hemos hablado mucho, casi una hora.
Se escuchaba cantar al fondo a un pequeño canario naranja".

Llevo toda mi vida buscando ese canario naranja. Nunca me ha sido fácil explicar lo que me pasa con esa relación. No hay gritos, no hay insultos. Es todo tan sutil.
Precisamente por eso pienso en el depósito: cada pequeño gesto de la decepción que le supongo, lo llena un poquito; cada vez que sé que no puedo contarle algo, lo llena un poquito; cada palabra que insinúa la eterna desaprobación que merezco, lo llena un poquito. Hasta que el depósito se desborda y no puedo dejar de sentir esta profunda, primigenia e infantil tristeza.

Hace tanto que intento regalarte un canario naranja, una y otra vez. Y una y otra vez me quedo sin oír su canto. A veces me has ignorado, a veces me has humillado por intentarlo.

Perdóname, pero ya no tengo ganas de intentarlo. Yo te quiero, y claro, tú a mí. Pero necesito desaprender todo lo que me enseñaste: que el mundo es siempre hostil, que no hay nada seguro, que no soy capaz, que me voy a arrepentir, que no me lo merezco, que tengo que ser distinta a lo que soy para que me apruebes. Que todo es condicional. Que reír no es bueno. Que solo las putas fuman y disfrutan de la vida.

Yo te quiero, pero cuando mi depósito se desborda, siento que mi mundo, que tanto me cuesta mantener en su precario equilibrio, se desgaja. Sé que siempre le faltará al menos una pieza al rompecabezas de mi vida. Y creo que necesito seguir construyéndolo reconociendo ese ineludible hueco, y dejar de seguir intentando encajar piezas que no caben, y deforman, y hacen saltar, y descolocan el resto.

Hoy hace treinta y cuatro años que nos conocimos. Hoy me llamaste para felicitarme. Y sonabas tan triste. Tan triste.

Supongo que yo también.

lunes, 22 de junio de 2009

Ya se me pasará

Sensación
(Del lat. sensatĭo, -ōnis).
1.
f. Impresión que las cosas producen por medio de los sentidos.
2.
f. Efecto de sorpresa, generalmente agradable, producido por algo en un grupo de personas.
3.
f. Corazonada o presentimiento de que algo va a suceder.

Sentimiento

1.
m. Acción y efecto de sentir o sentirse.
2.
m. Estado afectivo del ánimo producido por causas que lo impresionan vivamente.
3.
m. Estado del ánimo afligido por un suceso triste o doloroso.

Nunca deja de sorprenderme lo que soy capaz de sentir. No solo me sorprende que sea capaz de sentir ciertas cosas en ciertos momentos por ciertas personas o circunstancias. Me sorprende la complejidad y aparente incoherencia de muchos de esos sentimientos y sensaciones.

Hace meses cité en una entrada a Pablo Neruda ya que, aunque la poesía no es mi fuerte ni Neruda mi favorito, describía mejor de lo que yo podía lo que sentía.

He vencido la tentación de hacer lo mismo ahora con una canción de Pau Donés. Una entrada sólo con su video y a la mierda. Pero es que, sin ofender, me parece como bajar un escalón -cuando menos- después de Neruda. No puedo hacerlo, al menos sin aclarar la extraña atracción que parte de su música ejerce sobre mí, a pesar de mi resistencia a ello. Toma post data musical.

A lo mejor tendría que haberla colgado con la entrada de ayer en lugar de hacerlo hoy en una entrada sin sentido y que no sabe explicar lo que siente.

Bueno, aguantad un segundito, que voy a intentarlo: Es como si me hubiera tragado un lingote de oro que se quedó en el pecho. Está ahí, ni sube ni baja, no me deja respirar bien y por las noches pesa más. Me recuerda que me merezco todas y cada una de las mierdas que tengo encima. La mitad me las busqué y a la otra mitad no hice nada para detenerla. Me pregunto por qué no soy capaz de definir con precisión lo que me hace sentir así. Lo veo ahí, como una maraña nebulosa, pero no lo puedo diseccionar. No con palabras. Es como si te pincharan con un alfiler. Un pinchazo no duele mucho. Puedes aguantar otro y otro (favor de imaginárselos al mismo tiempo). Puedes resistir un rato, pero, chico, llega un punto en que te jode viva. Y entre tanta tontería, cada vez que miro el correo se me encoge el corazón y se me ensancha el lingote. Y leo sus cuatro palabras y se me encoge el corazón y se me ensancha el lingote. Y yo no sabía que iba a sentir eso por leer cuatro palabras. Y tampoco sé si siento eso por tener un lingote atragantado o si esas cuatro palabras son una causa más en la maraña nebulosa, para tener un lingote.

Intento fallido. Tendría que haber colgado sólo el video y a la mierda.

P.D.M. Duerme conmigo, de Pau Donés.

Cielo azul

Es de noche. A las 22:53 cruzaba la puerta de mi casa y aún era un poquito de día. Un azul encendido en el cielo negándose a caer, como regalo en el día más largo del año. Hay días raros. Hay días que a los diez minutos sabes que serán raros. Pero hay días raros que no avisan.

Me gusta poder llorar sin estar profundamente triste.

Sí, hoy llegó el verano. Lo olí a través de una ventanilla de autobús.

La noche más corta no es menos oscura. Y huele a una especie de hierba seca recién cortada y mojada. Suave y fresco, casi dulce.

Un ataque de soledad. Si es que eso existe, es lo que tengo. He abierto las ventanas y cerrado las puertas y he puesto música para que me acompañe y me reitere.
Hay varias, muchas explicaciones, todas verdaderas y ninguna real.

Hace unos días me encontré unos ojos desconocidos. Desconocidos e insistentes. Y yo solo quería mirarlos, mirarlos sin pausas. Sí, fue esa noche en que me di cuenta de que no sé ligar. Me di cuenta porque los dejé ir. Da igual, esos ojos seguramente no tendrían nada que ver con lo que yo imaginé-deseé-intuí de esos ojos.

Se supone que el amor te ayuda a conocerte. Se supone que el amor hace la vida más dulce. Se supone. Yo me creo todas las cosas, sobre todo las que no escribo.

Estoy moderadamente cerca de donde quiero estar. Estoy razonablemente sobre mis pies. Con la brutal avalancha de mis miedos sobre la cabeza, siempre a la espera del ruido necesario para caer.

Abro las ventanas, cierro las puertas y estoy sola. Sola por todos los costados. Los más pueriles y los más sutiles.

Me siento un poco culpable por tener ganas de enamorarme. Como si me fallara a mí misma, como si cayera en un antiguo vicio ya superado. Solo el miedo está a la altura del deseo.

Alguna vez me enamoré y se difuminaron todas mis preocupaciones. Alguna vez me enamoré y me convertí en valiente. Alguna vez me enamoré y el mundo fue mío. Ya no quiero nada de eso. Solo quiero poder mostrarme y poder conocer. Quiero poder confiar y poder desear. Poder arriesgar. Y tener un hombro en el que recargar la cabeza y me ayude un instante, solo un instante a cargar el peso. Y no, no creo que lo necesite. Pero sí, me gustaría. Como un helado de chocolate, justo como un helado de chocolate.

La verdad es que ni siquiera puedo imaginarlo. Quizá sea el miedo, quizá la culpa, o quizá la canción que suena ahora. Quizá sea que pienso que no debería sentirlo o al menos decirlo.

Quizá sea la noche más corta del año.

martes, 16 de junio de 2009

Ni vacaciones ni ligues ni leches

Yo quería escribir una entrada sobre mi triste y viejo ordenador que me ha dejado una semana fuera de servicio.
Quería escribir una entrada contando que ya veremos lo que sale, pero me pinta un verano delicioso por delante gracias a planes, viajes, playas y amigos.
Iba a contar cómo el sábado por la noche me di cuenta a mis treinta y pocos años de que no sé ligar.

Entré en Internet para leer los muchos correos acumulados, para concretar fechas de mi verano, buscar información que necesito, localizar transportes varios, para recrearme en las muchas entradas nuevas de los blogs que sigo.

Los blogs que sigo. Los he contado. Son veintiseis, más un par que no he colgado aun ahí, a la derecha de estas letras, bajo el título Blogs que yo leo. Si no hiciera de esta una entrada aún más aburrida, iría uno por uno explicando por qué los leo y por qué me importan. Con cuáles me siento brutalmente identificada, a cuáles admiro con secreto fanatismo, quiénes me parecen genios, cuáles son mis favoritos.

Escribiría una entrada sobre todo esto, pero ya no. En el blog de Susi me entero de que murió el firmante de otro blog que sigo, Ángel. Supongo que debo decir seguía, un blog que seguía.

Llevo varios minutos pensando qué escribir en esta línea. No lo sé. No voy a hablar del blog de Ángel ni de él mismo. Ni de su perro Xoco. Ni de las extrañas relaciones que se tejen, difusas pero reales, en estas redes.

Hace muchos años, incluso antes de que Internet tuviera el interés que tiene para mí hoy en día, ya decía y sigo diciendo que hay amigos para todo. Yo tengo amigos a quienes no les cuento intimidades, amigos a quienes no veo a menudo, amigos con los que no querría salir de farra. No todos tienen que ser los amigos ideales, aunque hay quien se acerca. Tiene formas muy amplias la amistad y no me importa abusar de ellas. No hay especies de amistad, para mí son amistades, diferentes, curiosas, especiales. Pero de una manera u otra, son. Y sí, siento cariño por gente que no conozco en persona, y me emociono al saber que, por ejemplo, un nuevo y viejo amigo bloguero está enamorado y feliz. No pretendo sobrevalorar un muerto, ni decir de él lo que en vida no fue. Pero creo que se murió un amigo.

Tiendo al drama, así que entiendo si esto resulta exagerado. La verdad es que me ha impactado saber que Ángel ha muerto y siento algo que quizá se llame desazón.

Espero que alguien cuide de Xoco.

Yo, por mi parte, sigo sin creerlo. No es solo por Ángel, es por la muerte. Como de costumbre, solo la evidencia de la ausencia cotidiana me hará caer en la cuenta.

Se ha muerto un bloguero. Es mi primer muerto bloguero. Y eso, creedme, me ha puesto los pelos de punta. Y ni siquiera voy a explicar por qué.

jueves, 4 de junio de 2009

Normal

Lo malo de llevar más de una semana sin entrada es que ahora siento que debo escribir algo que valga la pena -muy alejado a mis costumbres-. Pero esperar a que llegue esa lucidez podría devenir en el cierre de este blog. Total que, como tantas veces, confieso que no sé qué escribir. Si acaso os cuento que soñé que tenía un hijo -un parto sencillo y sin dolor, gracias por preguntar- y cuando iba a ver su cara, era un bolígrafo. Sí, un bolígrafo. Y respiraba. No tenía padre. Yo intentaba recordar pero nadie me venía a la mente.

Estoy acostumbrada a ir a mi aire y hacer lo que me dé la gana con mi tiempo. Ciertos eventos me lo han impedido en los últimos días, y creo que esa es la razón por la que no he escrito. La cabeza dando vueltas y las costumbres alteradas han sido suficientes. Si es que mi equilibrio es siempre frágil.

Esos eventos están cargados de historias rancias que cada tanto reclaman vigencia, irresolubles e inesquivables. Cada vez que hacen presencia me quitan el sueño, me rebosan el mal humor, me recuerdan mis peores y más antiguos miedos. No así esta vez. Son solo un pequeño inconveniente al que intento no dar demasiada importancia. Por ahora. Ya tendré tiempo de desquiciarme.

Yo quiero estar bien. Tengo todo mi empeño puesto en encargarme de mí misma y no estoy dispuesta a que cualquier evento me arranque de mi vida. Porque he tenido ya suficientes años de vida sin raíces y demasiados días en que lo único que me sentía capaz de hacer era respirar y suponer que llegaría otro día. Sé que es muy cool estar fuera de lugar, que la tristeza profunda parece generar inspiración, que una vida tortuosa da mucha sustancia al currículo. Pero yo quiero estar bien.

Veo que la gente vive con toda la naturalidad y no sé si es porque lo tienen todo muy claro o porque no se detienen a pensar en nada. A mi casi todo me cuesta al menos un poco. Y dudo constantemente de asuntos en los que quizá no debería reparar y creo que se me olvida dudar de asuntos en los que más me valdría. Y estoy llena de vicios y de ausencias. Y me replanteo todo el tiempo cuál es el equilibrio entre valorar lo que tengo sin ser conformista e ir en busca de algo sin amargarme. Y cómo lo voy a contar aquí si ni siquiera en mi cabeza tiene un sentido.

Pero todo esto es mi puto reino. Mi reino de vulnerable normalidad pleno de cuentas pendientes y glorias cotidianas.

Normal, normal. Por primera vez en mil años me siento normal.
Y me gusta.

lunes, 25 de mayo de 2009

Alegría de vivir

J es un compañero de trabajo. Solemos tomar café con otros compañeros antes de retomar las labores y a veces también comemos juntos. A algunos de esos otros compañeros J no les cae bien. Yo escucho lo que dicen de él: es muy exagerado, habla por hablar, es superficial. Pero a mí no me molesta. J me parece divertido y buena persona. Para mí eso es mucho. Y como sé que todos tenemos defectos y mierda encima, no me importan demasiado los suyos. El sábado me invitó a comer a casa de una amiga. La amiga no estaba, usamos la casa como un comedero; generalmente lo hacemos en un parque. Pues sería por la intimidad del recinto o porque no nos perdíamos en la pequeña multitud que solemos ser o porque le dio la gana, pero hablamos mucho. Habló él. De su vida. Pero sobre todo hablamos de su enfermedad. Ya nos había contado que tiene un tumor en el cerebro. No le pueden operar por el recoveco donde se encuentra. No es maligno, pero crecerá y afectará funciones vitales. Ya le afecta. J podría tirarse a toda la ciudad en una noche, pero no quiere una relación. Sabe que quien esté al lado suyo sufrirá. Sabe que va a morir mucho antes de lo esperable. Y cuento todo esto sin sensiblería, como me lo contó él. Es su vida y punto. Tiene dos trabajos, una hipoteca que pagar, cargas familiares. Intenta ahorrar para pagar una posible atención médica en el futuro y tiene preparado un coctel farmacéutico para hacer uso de él en caso de que se reduzcan drásticamente sus probabilidades de valerse por sí mismo.
Hay muchos casos así, los hay peores, la vida es como es. J no es estúpido, cuenta todo esto sin lágrimas y sin risas. No quiere conmoverte, solo te cuenta su vida como tú le contarías la tuya.
Cuando volvimos al trabajo por la tarde yo pensaba: Es imposible no sacar una lección de esto, es imposible no preguntarse qué he aprendido.

Por la noche llamé a un amigo y quedé con él para tomar algo. Me calcé una estupenda y divertidísima borrachera, como hace tiempo que no hacía. Y hacía tiempo que lo necesitaba.
Ayer me pareció un buen día para hacerlo.

P.D.M. Alegría de vivir, de Ray Heredia

viernes, 22 de mayo de 2009

Todo el tiempo del mundo

Se despertó y recordó su sueño. Soñó con él. Ya no lo quiere, pero hay tantas cuentas pendientes que el inconsciente no se da por rendido. Soñó una vez más que él le pedía que volvieran a estar juntos. Empezó a soñar esto cuando dejó de quererlo. Supone que cuando el caos era más evidente ni siquiera sus sueños se atrevían a jugarle esa mala pasada. Ha habido de todo. Veces en que lloraba de emoción, veces en que algo no le cuadraba, veces en que sopesaba los pros y contras. Esta noche le dijo que no le parecía buena idea, porque ella nunca podría confiar en él. Y que sus amigos le caían mal. Y que además de todo lo bueno que él podía tener y por lo cuál un día ella se enamoró (además de las fantasías de las que también se enamoró) también podía ser muy cruel y despiadado, un irresponsable en el peor sentido de la palabra y un egoísta en un sentido que hay más allá del peor. Le dijo que no. Le dijo que ella ya no quería estar con él, aunque extrañaba ese sentimiento. Sí que lo extrañaba, sí. Ese deseo de estar con alguien, ese ardor en las venas, ese brillo en el mundo. Le dijo que no y pensó que de todas formas él no la reconocería, que ya no era la misma, que había pasado tiempo y sobre todo, cosas.

Hay mañanas de viernes que parecen madrugadas de sábado. Largas, duras y silenciosas. A solas, siempre a solas. No hay planes, no hay juergas. Los capítulos no se terminan, no se pasa de hoja y los círculos no se cierran. Sólo acumula colillas y remordimientos.

Hoy ella bailó en la ducha. No solo cantó, también bailó. Pero no de alegría, bailó porque sonaba una cumbia y hacía mucho tiempo que no escuchaba ninguna. Y bailó mal, claro, que es la manera en que ella baila.

Se enamoró unas quince veces en lo que va de año. Está enganchada al brillo de los colores que sólo nota cuando tiene ganas de ser de alguien más. Se enamora de las palabras y de las intuiciones. Se enamora de las promesas que sólo ella hace y de las posibilidades. Se enamora sólo un rato y luego sigue caminando.

Pero está un poco harta de las promesas y de las posibilidades. De los sueños y de los remordimientos. Está harta de estar asustada y de que parezca que el mundo la arrastra. Cree que podrá hacer algo con todo esto, ahora, que el fuego se ha apagado. Cree que podrá pero sabe que necesita tiempo, mucho tiempo. Todo el tiempo del mundo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Horóscopo

Los miércoles compro una revista. No, no es de corazón (esas no las pago, se las robo a mi hermana). Y al final de sus páginas, como no, viene el Horóscopo. Por si hace falta diré que no creo que la conjunción de astros determine mi vida. De hecho no creo que nada determine mi vida (a no ser yo misma, cosa que también dudo) ni en el destino ni nada que se le parezca. Pero lo leo. Me hace gracia cuando aciertan algo y entonces me propongo leer todos los signos para comprobar que en todos adivinarían en algo. Pero me da tanta pereza.
Un día, hace no mucho, me aseguraba que, digamos, un tauro, daría señales de vida. Yo me reí, porque precisamente si quería saber de alguien era de un tauro. Y bueno, que sí, que antes de terminar la semana llamó un tauro. Para lo que sirvió... pero esa es otra historia.
El caso es que esta semana dice: Te pasan por la cabeza mil ideas, a cada cual más rocambolesca. No le tengas miedo a la vida. Una contractura inoportuna te incordiará durante toda la semana. Tu trabajo es un obstáculo para tu vida privada. ¿Qué esperas de esa persona? Deja de darle vueltas y este miércoles pídelo abiertamente. Verás que vas a conseguirlo inmediatamente.

Mil ideas, vale. ¿Miedo a la vida? Pues sí, sí, a veces sí, pero no esta semana más que cualquier otra. Algo parecido a una contractura sí que tengo. ¿Mi trabajo un obstáculo para mi vida privada? Hombre, trabajar los fines de semana es lo que tiene.
Por lo demás, no tengo idea de quien es esa persona. ¿Cómo puedo saber qué espero de ella si no sé quién es? No me dan ni una pista, no sé, su signo o una inicial. Lo que más me fastidia es que se me está agotando el miércoles. Sólo me quedan un par de horas. Y yo estoy perdiendo mi oportunidad de conseguir inmediatamente algo que no sé qué es con alguien que desconozco. Todo por no pedírselo abiertamente. Los minutos pasan. ¿Y si me invento algo? ¿Y si me focalizo en alguien? ¿Y si...?

Ahora es cuando llegan las ideas rocambolescas...

viernes, 15 de mayo de 2009

No he sido yo

Parece ser que ibas caminando por la calle cuando te cagó una paloma en la cabeza. Lo siento, querido, pero esta vez no he tenido nada que ver.

Cuantan que al abrir una puerta te cayó un balde de agua helada encima. Yo no fui.

Te han echado del trabajo, por inútil y tonto. No ha sido mi culpa.

Se ha roto tu estúpida colección de botellas de cerveza. Yo no he estado por ahí.

Sé que te encanta pensar que todo lo que te pasa tiene que ver conmigo, querido, pero yo hace tiempo que te he olvidado.

Por lo visto alguien entró a tu casa y ha robado tu ropa. Soy inocente.

Dicen que tus amigos se han dado cuenta de tu insulsez y ya no te llaman. No sé nada de eso.

Quizá deberías revisar la cuenta de personas a las que también has mentido, engañado, traicionado, herido, maltratado...

En todo caso, querido, no he sido yo.
Lo cual no quiere decir que no me haga gracia.

jueves, 14 de mayo de 2009

Por si alguien necesita motivos

Si algo me gusta es conocer sitios nuevos. Pero además, me gusta volver. Cuando una ciudad, un paraje, dejan de ser extraños y los haces tuyos, a tu manera. Cuando regresas y encuentras algo que no conocías. Cuando vuelves y todo sigue en su sitio.
Hoy volví a Santiago de Compostela. Es un magnífico lugar para ir. Y el mejor para volver.
Por si alguien necesita motivos, aquí van.

Sus calles


Sus bares


Su gente


Su increíble belleza


Y siempre te puedes encontrar alguna bloguera despistada

lunes, 11 de mayo de 2009

Hoy llueve

Hoy llueve. En menos de dos meses me iré de mi trabajo, el de "entre semana". He empezado a llevarme mis cosas. Algunas a casa, la mayoría, a la basura. Sé que lo mejor es que termine este trabajo lleno de tratos falsos y precarios. Y creí que no me importaría. Pero me importa.
Hoy el mundo despertó en blanco y negro. Soy cobarde. Supongo que encontraré algo mejor. O algo peor pero distinto. A lo tonto llevo aquí casi cuatro años. A lo tonto entre estas paredes han pasado cosas. A lo tonto voy a tirar a la basura cajas de cartón llenas de horas mías.
Hoy tuve un sueño que me hizo llorar. Creí que no me importaría irme. A menudo creo que no tengo apego a las cosas. Pero un día, sin saber a dónde ir, vine aquí, fuera de horario y me derrumbé y grité en el suelo frío sin poder soportar que lo que entendía como mi vida se había ido.
Aquí vi amanecer otro día y pensé que quizá había esperanza, que quizá todo era posible, que quizá yo también podía sanar. Y aquí volvimos otra noche a rememorarlo.
Aquí me creí las mentiras más obscenas que alguien se atrevió a decirme. Aquí comí durante semanas chocolate a media tarde, esforzándome por ingerir algo cuando mi cuerpo suplicaba por esfumarse.
Aquí alguien de mi sangre me acompañó y sostuvo cuando el alma se me volvió inválida.
Aquí, un día, me enfadé muchísimo. Y luego me di cuenta que hacía meses que estaba tan triste que no me enfadaba. Y entonces sonreí.
Aquí me han pasado y pesado los meses y sus días y yo miraba las estaciones por la ventana.
Y por la ventana vi al sol y a las tormentas, y los tejados brillantes de mi ciudad. Y fumé los mejores pecados de mi existencia. Y escuché a Aretha Franklin un día y lloré sin saber por qué.
Como hoy.
Hoy llueve. Hoy tuve un sueño que me hizo llorar.
Hoy el mundo despertó en blanco y negro.

P.D.M. Te doy una canción, de Silvio Rodríguez.

Esta entrada no habla de amor

Esta entrada no habla de amor. Habla de lo otro. No de lo contrario al amor, que sería o bien el desamor, o bien el odio. Cada uno que elija la que prefiera. En todo caso el antónimo está sujeto a debate. No seré yo quien lo inicie. No en esta entrada, porque su tema es otro. Su tema es esa otra cosa. Esa que no es amor. Porque, a pesar de lo que indiquen los libros, las telenovelas, la publicidad y los cánones sociales, señores, no todo es amor. Quiero decir, no todo lo que se siente cuando se siente algo es amor. Y tampoco es necesariamente algo así como la antesala del amor, ni el deseo del amor, ni las ganas de amor. No es tampoco una posibilidad, ni un principio, ni un mini-amor. No, no, no. Algunas cosas no son amor, no lo serán, ni quieren serlo. Ni podrían aunque quisieran. Pero claro, del amor hablan todos. De esa otra cosa, que no es amistad, ni cariño, ni amor, de esa nadie habla. Será porque no se puede explicar. Será porque se parece demasiado a todo sin decidirse a ser nada. Será que no es nada. No sé lo que es, lo único que sé es que, desde luego, no es amor. Tras esta introducción, la entrada:
¿Por qué coño se me paraliza el corazón cuando te veo?

miércoles, 6 de mayo de 2009

París

¿Te acuerdas cuando fuimos a París? Ese hotel tan pequeñito y extraño que encontré, el canal Saint-Martin a unos pasos, la lluvia que no daba tregua... Hoy soñé con esos días. Todo era exactamente igual, solo que no estabas tú.
París era solo mío. Caminé por la calle de la frutería y volví a perder el rumbo en esa rotonda absurda. Me caló el chaparrón al salir del metro y me harté de hacer filas para entrar a los sitios. Almorcé lo más barato de la carta en aquella cafetería un día y al siguiente encontré esos bocadillos en la calle del barrio Latino que sabían a gloria y a albahaca y bajé al Sena a comerlo. Me tomé una copa de vino en aquella terraza y volví al hotel caminando en la noche y preguntándome si se notaba que era turista. Subí a la azotea de aquel edificio y volví a ver los perfiles de una ciudad que ya conocía. Me volví a quedar a las puertas de la Sainte Chapelle por no llegar a tiempo. También paseé por la sucia galería de tiendas deliciosas que me volvió a llevar al pub irlandés. Recorrí los callejones bulliciosos entre la adorable plaza de los Vosgos y la de la Bastilla. Y sí, volví a perder el tiempo sobre cada puente respirando lentamente y abriendo los ojos para no olvidar nada.
Aún recuerdo muchas cosas de París, pero no a ti.

Era mi sueño y caminaba por la ciudad llena de alegría. París nunca fue mejor.

lunes, 4 de mayo de 2009

Inútiles revelaciones de falsos domingos

Por azares del ininteligible Departamento de turnos, hoy, lunes, fui a trabajar a mi trabajo de fin de semana. Eso le da a mi lunes un aire dominguesco; pero no de vuestros domingos espectaculares con comidas en familia y paseos por la ciudad, no. De los míos: madrugón, prisas, trabajo, clientes que son solo voces con problemas, todos urgentes y todos desde hace demasiado tiempo (esto último tendría que haber sido escrito con cualquiera que fuera la señal internacional de la ironía, pero como usé en la primer línea el comodín de las cursivas, lo explico aquí: los problemas de los clientes, ni son urgentes ni los tienen hace mucho tiempo, solo lo dicen creyendo que así los resolverás antes. Y ya que estamos, un consejo de amigos: por muy amargados que esteis, cuando alguien os tenga que resolver algo, sed amables con él. Eso sí que ayuda).
Pues eso, que en mi luningo (lo siento, hago esos juegos de palabras con mi hermana, pero quizá deberían quedar reservados a la intimidad) tuve dos revelaciones.
La primera no tiene sentido ni importancia: Caminando hacia la estación de tren me di cuenta de que hoy me había levantado a las 6:30 para ir a trabajar, la misma hora en que me acosté el sábado. Eso no puede ser sano.
La segunda revelación tampoco tiene sentido ni importancia, pero igual la voy a contar.
Como dije, en este trabajo estoy sólo los sábados y domingos, así que el contacto entre compañeros, aunque constante, es más bien corto y poco intenso. Entre mis colegas hay muchos que resultan agradables y hasta encantadadores, lo cual es de agradecerse (probablemente los vea así precisamente porque el contacto es corto y poco intenso...) y hay uno en particular que me alegra el día con su presencia siempre que coincidimos. No es que me resulte, digamos, románticamente atractivo. No, es solo que me cae muy pero muy bien. Y hoy, en nuestros dos minutos de convivencia tuve la otra revelación del día.
Oye
-le dije- ¿tú sabes cómo me llamo? Porque yo no sé cómo te llamas. ¿Cómo te llamas?.
Yo soy Diego -me dijo- y no, yo tampoco sé cómo te llamas.
Entonces yo también me presenté.

La revelación tiene dos posibles lecturas, a saber:
1) Soy tan fría que ni siquiera me había interesado por el nombre de un compañero que encima me agrada.
2) Soy tan sensible que me hace feliz la presencia de un compañero del que no sé ni el nombre.

Que conste que ya había yo avisado que esto no tenía ni sentido ni importancia.
Por no tener, no tiene ni final.

viernes, 1 de mayo de 2009

Una mentira

Un día le pregunté algo a un amigo. Una de esas preguntas con cierta carga maliciosa y poca probabilidad de respuesta satisfactoria. Como dudaba en qué responer y yo caí en la cuenta de la malignidad entre líneas quise relajar el ambiente. En lugar de decirle: No hace falta que me respondas -que falta no hacía, pero yo quería saber la respuesta, le dije: No te preocupes, no necesito sentirme especial.
Quizá sea la mentrira más grande que haya dicho. Lo peor es que me creyó.

Durante muchos años fui muchas cosas que creí que me hacían especial. Después descubrí que no necesitaba ser tal o cual cosa. No necesitaba hacer honor sin cesar a mi apodo de La Malahostia (cariñosamente La Malaho). No necesitaba ser la más lista, la más interesante, la más atractiva y la más simpática. No necesitaba estar enamorada para que mi vida fuera especial. No necesitaba ser la que más libros leía, la que más había viajado, la que más amigos tenía.

Cuando me despojé de todo eso (la malahostia no del todo) seguí siendo especial. Especial para mí. Sí, necesito sentirme especial. Necesito sentir que mis amigos son especiales y alegrarme por ello. Necesito sentir que mis decisiones me han llevado a lugares que me importan. Necesito saber que encuentro personas que me interesan y que creo momentos memorables. Necesito creer que estoy haciendo lo que quiero. Necesito saber que no camino por impulso sino por decisión. Necesito preguntarme una y otra vez si esto es lo que quiero, si me hace feliz.

O quizá no lo necesito. Pero me gusta.

martes, 28 de abril de 2009

Epicentro

Estaba mareado aunque no había bebido nada. De hecho tenía la garganta tan seca como un árbol quemado. Era la ansiedad. Que si la amaba, le había preguntado. Que si la querría toda la vida. ¿Cómo podría él saber eso? Las ideas pasaban veloces por su cabeza; ni siquiera recordaba lo que le había contestado. Tenía la sensación de haber explotado y encontrarse en expansión alejándose de su epicentro.


Se lo había preguntado al fin. Que si la amaba, que si la querría toda la vida. Él le dijo que sí y le dio el beso más dulce que jamás le habían dado. Suave como una canción de amor. Recostada cerró los ojos para repetir una y otra vez la escena, tranquila, golosamente. No podía dejar de pensar en ese beso. Le parecía que el mundo, que su memoria, que la vida entera se concentraba en él, en su epicentro.

viernes, 24 de abril de 2009

Me alegra

Pincho en la fotografía y se hace grande. No lo suficiente, pero puedo mirar más de cerca ese gesto. El blanco y negro da un toque nostálgico. Mucho no se ve, no, pero imagino más. Sé que en verdad una fotografía (y más una como esta, que esconde los ojos) no puede ser un buen reflejo de la realidad. Así que pienso cómo serás. En las distancias cortas. Pero, no sé por qué, no logro componer ninguna imagen. Son tus palabras las que aparecen.
La primera vez que te leí sentí una emoción completamente adolescente. Una especie de euforia y embelesamiento que no aparece todos los días. Y eso que no era primavera.

Soy simple:
Me gustas porque no tienes faltas de ortografía.
Me gustas porque eres claro.
Me gustas porque eres tierno en su justo punto.
Me gustas porque hablas de las cosas importantes sin estridencias.
Me gustas porque haces de las cosas cotidianas poesía y no te enteras.
Me gustas porque eres ingenioso e inteligente.
Me gustas porque dudas.
Me gustas porque a veces siento como si me robaras las ideas y las palabras.

De lo poco que intuyo de ti creo que tienes una buena vida. Creo que estás en una buena época.
Y, que curioso es todo esto, me alegra.

jueves, 23 de abril de 2009

Otro día

Bueno, ya estamos aquí ¿de qué vamos a hablar hoy?
Pues no sé... Podríamos hablar de esa chica que lloraba y me quedé mirando como si...
Basta, dejar de hablar de lagrimitas, mujer. Anímate, hace sol, es primavera, ha ganado el Barcelona..
Bueno, si lo ganamos todo, eso no es novedad.
Y lo demás tampoco, pero es que a veces parece que no quieres verlo, de verdad.
Vale, vale, pensemos otra cosa. Eh... quizá de que hace quince días que no tenemos agua caliente y que...
Pero bueno ¿tú te crees que ese es un tema normal? Si es que tienes cada cosa.
Bueno, que quince días son mucho. Pero está bien, pensemos...
¿Por qué no hablas de ese chico que te mandó una rosa por correo y te hizo llorar como una boba?
Ejem... Pues porque eso es entre él y yo y además tendría que explicar que estoy de un sensible subido y parece que no hablo de otra cosa.
Qué sé yo; entonces, cuenta lo que vas a hacer mañana.
Pero si mañana tengo que sacarme sangre y luego voy a estudiar todo el día...
Si, visto así, mejor no.
Pues mira, no sé qué decirte.
Casi mejor lo dejamos para otro día ¿no?
Sí, casi mejor.

martes, 21 de abril de 2009

De paseo por mi ciudad







Niebla

Me conozco. Sé que hay días en que es mejor no hablar. No escribir. Y procurar no pensar. Es una tregua temporal. Es preferible poner una pausa momentánea que caer en las trampas espirales y veloces que me pongo a mí misma sin cesar.
Lo dice esa cancioncilla de ese disco malo que no paro de escuchar: Si no te hablo será porque no quiero volverme esclavo de mis palabras; si no te hablo será porque prefiero ser el dueño mi silencio.
Pero hoy me siento esclava de mis silencios. Prisionera de sonidos mudos y labios cerrados; y probablemente, como dice otra canción, luchando contra el enemigo equivocado.

Desde la ventana de mi habitación se ve un monte verde. Cuando hay niebla, no sé por qué, me recuerda los días en que esta ciudad era la ciudad a la que venía de vacaciones y ese tiempo llegaba a su fin. Eran los días más tristes del mundo.
Aun hoy hay ocasiones en que algunas cosas hacen que me asalte esa sensación: es hora de irse. Y aunque es solo un recuerdo que se hace pasar por real durante un segundo, es brutal y despiadado.

Pero no, no me voy. No es hora de irse.

jueves, 16 de abril de 2009

No ceso de hablar

No quiero volver a dejar este espacio en blanco, pero no estoy in the mood, que, diga lo que diga el diccionario, no significa lo mismo que estar de humor. Acotaciones breves: hoy es mi día libre, además de mis dos trabajos de mierda (con perdón) estoy haciendo un curso en línea en el que por efecto de virus y las festividades voy atrasada. Me levanté temprano para ir al Juzgado. Después de comer decidí hacer una siesta corta, que me lo pedía el cuerpo y repito: es mi día libre. Duró hasta casi las siete. Estaba hecha polvo y ni cuenta me di. Da igual. El resto del tiempo (en lugar de estudiar, con su consiguiente estado de culpa) lo repartí a tiempos iguales en comer chocolate y fumar. Y ahora a golpe de las once de la noche y habiendo cenado espero una pizza. Sacad vuestras propias conclusiones. Y porque lo que he escrito sigue sin ser nada y esto sigue moralmente en blanco, transcribo a Mahmud Darwish.

NO CESO DE HABLAR
No ceso de hablar de la tenue diferencia entre las mujeres y los árboles,
De la magia de la tierra, de un país cuyo sello no he visto en ningún
pasaporte.
Pregunto: señoras y señores de buena voluntad, ¿la tierra de los hombres es
para todos los hombres
como afirmáis? Entonces ¿dónde está mi choza, dónde estoy yo? La asamblea
me aplaude.
Otros tres minutos, tres minutos de libertad y reconocimiento…la asamblea
acaba de aprobar
nuestro derecho a volver, como todos los pollos, como todos los caballos, a
un sueño de piedra.
Les estrecho la mano, uno por uno, luego les hago una reverencia…y prosigo
este viaje
hacia otro país donde hablo sobre la diferencia entre espejismo y lluvia
y pregunto: señoras y señores de buena voluntad, ¿la tierra de los hombres
es para todos los hombres?

¿No puedes apagar la luna?

¿No puedes apagar la luna para dormir
un poco sobre tus rodillas, para que la palabra se despierte
y alabe a una ola del trigo que crece entre las venas del mármol?

Huyes de mí, gacela temerosa, y danzas en torno a mí,
y no puedo alcanzar al corazón que muerde tus manos y grita: quédate
para que sepa de qué viento sopla sobre mí la nube de las palomas.

¿No puedes apagar la luna para que vea
la seducción de la gacela asiria traspasando a su cazador con la luna?
Te busco, pero no encuentro el camino, ¿Dónde está Sumer en mí? ¿Dónde
Está Damasco?

Recuerdo que te olvidé. Danza, pues, en las cimas de la palabra.

lunes, 13 de abril de 2009

Fado y nostalgias

Martes siete de abril
Heme aquí. Las 20:52 dice mi móvil. Una hora menos en Coimbra. A pesar de la hora he cenado ya y espero un cubata de ron Havana, que para algo estoy de vacaciones. ¿Para qué? Para hacer lo que me de la gana. Sí señor.

Sí, la imagen está borrosa y no, no fue intencional



Llueve en Coimbra. Y es una de esas ciudades, como la mía, que resplandece en la lluvia.
Las gotas son finas y cálidas, me parece que besan más que mojar. Besan el río, besan los tejados, besan las colinas y me besan a mí.
Esta lluvia era un buen preámbulo para lo que iba a ser una noche de fado y nostalgia. Concierto gratuito a media noche en una capilla reconvertida en bar no muy lejos de mi hotel. O eso dice el callejero a la luz del día. Pero de noche las distancias se dilatan para una mujer sin compañía.
Entendámonos: soy una mujer valiente -a veces temeraria- que se ha criado en Latinoamérica. Coimbra no me genera ningún miedo. Ni su sobrepoblación de vagabundos y mendigos. Ni ese viejete borrachín al que invité un cigarro por la mañana. Ni ese señor con cara de pirado a quien mandé a la mierda mientras esperaba el autobús.
Pero de noche, no sé. Me acobardó imaginarme volviendo sola de madrugada.
Y no me gusta, había perdido ya la costumbre de coartar mis pareceres por sentirme insegura, pero finalmente decidí abandonar el fado por el día de hoy. Por la noche de hoy.
Aunque no la nostalgia.
Ojalá supiera de qué.