domingo, 4 de enero de 2009

Escribir

Quería escribir una carta a los reyes magos. Bastante trillado pero facilón. Pero no me salió ni eso. No quería dejar en blanco esta página un día más, pero no sabía que decir. Quería escribir porque es el único lugar donde existen los milagros. Quería escribir porque a pesar de lo que diga el calendario, las noches se están haciendo cada vez más largas y delgadas. Quería escribir porque me he olvidado de las respuestas que ya había encontrado. Quería escribir para inventarte. Quería escribir palabras con sabor a chocolate. Quería escribir los sonidos que explotan cuando amanece. Quería escribir sobre tu piel suave mi corto nombre para que no lo olvides. Quería escribir una historia de humos y músicas y besos para olvidarme de todo. Quería escribir una mentira que aliviara el miedo.
Pero hoy no podrá ser. Hoy, de nuevo, no podrá ser.

jueves, 1 de enero de 2009

Fe

Sospecho que en el fondo siempre he sido una mujer de fe. Aunque desde luego nunca me he sentido cómoda en las fes tradicionales. A principios de 2008 invoqué al dios romano Jano porque tenía entendido que entre sus dones estaba el de convertir un principio difícil en un final mejor. Un año después me entero que no. Jano es un dios de dos caras, una que mira hacia adelante y otra hacia atrás. Es el dios de los comienzos y los finales, el dios de los cambios y de los momentos en los que se traspasa el umbral que separa el pasado y el futuro. Su protección, por tanto, se extiende hacia aquellos que desean variar el orden de las cosas. (Wikipedia dixit). Enero estaba consagrado a él y se le invocaba públicamente el primer día de ese mes. También se le invocaba, por cierto, al iniciar una guerra.
Mucho más complejo, mucho más completo que un simple final feliz.
Así que un año después y con mayor convicción, queda aquí hecha mi invocación pública al dios Jano, en las primeras horas del primer día del primer mes de este nuevo año. Permíteme mirar al futuro sin olvidar el pasado y traspasar con fortuna el umbral, a donde sea que me lleve.

martes, 30 de diciembre de 2008

El barrilito

Llevamos semanas (¿o ya son meses?) hablando y escuchando sobre la crisis. Ojo, que yo crecí en Latinoamérica y de crisis sé un rato. Pero esta es, por lo visto, la crisis. Antes de éste había otro tema, igual de apocalíptico, igual de incomprensible, igual de determinante: el petróleo. Yo creo que de alguna manera nos vacían la cabeza cuando deciden pasar de un tema al otro. Porque no es normal que ya nadie lo mencione, no se hablaba de otra cosa. Cada día nos informaban del precio del barril como hoy nos informan del IBEX y de la inflación.
A principios de año el precio del barril superó el límite histórico de los 100 dólares y para junio, se pagaba a 140. Hoy en día vale 40 (¿alguien quiere uno por Reyes?).
Y en verdad, en verdad sólo tengo una pregunta: ¿por qué?
Pero periféricamente tengo más: ¿por qué nadie habla de ello en los telediarios? ¿por qué todo lo que subió de precio porque subía el petroleo no ha bajado en la misma proporción? ¿quién pone el precio, en base a qué, es algo real o de nuevo mera especulación? ¿por qué todos los grandes temas que por lo visto determinan la economía del mundo parecen tan frágiles, tan inaprensibles, tan irreales?
Sé que alguien se prestaría a explicar cada factor y motivo que han llevado al barrilito de los 140 a los 40 en seis meses, como en una dieta exprés. Y también sé que aunque lo entendiera (cosa improbable) no le creería, porque todo parece funcionar dentro de un mecanismo podrido donde el último imbécil de la fila (el que paga cada mes la luz, el agua, el gas, el alquiler, la hipoteca, el colegio de los niños, la letra del coche, la barra de pan y las cigalas de año nuevo) es al que siempre le toca pagar la peor parte sin otro consuelo que cagarse en todo.
Y eso que somos el primer mundo.
Yo me voy a permitir suscribir a Fernando Fernán Gómez y sólo diré una cosa: ¡A la mierda!
Y feliz año nuevo.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Otra noche

Las sonrisas estaban por todos lados. Así son los sábados por la noche en los bares con música y alcohol y deseos y música. Se encontraron, más bien porque los dos lo habían provocado, pero tan veladamente que pudieron fingir que era una sorpresa. Hablaron de sus cosas. Tanto tiempo, cómo estás y esos detalles. Hablaron y hablaron, los amigos se fueron separando, las palabras llegaban y se atropellaban entre las risas y las miradas. En una de las pocas pausas en las que fingían sólo beber de sus vasos pensó que no recordaba cuándo había sido la última vez que había hablado así con alguien. La comodidad, la complicidad, el cariño. Pero faltaba algo. Algo que no iba a llegar, no esa noche. Alguien le esperaba en otro sitio. Cuando se lo dijo, sonrió y mintió: Me da mucho gusto por ti. Y exageró la sonrisa para que borrara los rastros de lo que sentía en realidad. Pero sabe que nada borra la decepción cuando se asoma en los ojos. Y en el fondo espera que se note. Que lo note. Y la despedida: Estás muy guapo, tú estás preciosa, nos llamamos, hay que vernos más. Más sonrisas. Otras miradas, otras sonrisas. Otra noche.

domingo, 21 de diciembre de 2008

El invierno y la noria

Hace frío. Me gusta el frío. Claro que tiene algunos inconvenientes, entro otros la proliferación de resfriados como el que me acompaña estos días. Nada mejor que un buen resfriado navideño para entrar en el espíritu de estas fechas.
Por lo que sé, llegó el invierno. El domingo fue, por tanto, el día más corto del año. Recordé por esto que la noche de san Juan, la más corta del año, salí de casa en busca de hogueras. Quería mirarlas, tenía ganas de hipnotizarme con ese fuego. Y no encontré ni una, ni a la que he ido otros años cerca de mi casa ni a ninguna otra. Volví a casa un poco confundida y pensando si la experiencia tenía algún mensaje escondido. Por supuesto que no.
Hoy era el reverso, el punto contrario en el calendario: el día más corto del año. Los celtas celebraban la fecha festejando que la rueda del tiempo estaba en su momento más bajo. Y lo celebraban porque entonces empezaba a subir.
Supongo que el solsticio de invierno es el año nuevo astronómico. El tiempo como un ciclo que se repite, se renueva con su propio impulso. El día más corto del año anuncia que cada uno de los siguientes será más largo. Hasta llegar de nuevo a la primavera y a san Juan... ¿se nota mucho que en realidad no estoy pensando en las estaciones del año?
Y lo que estoy pensando lo dice muy bien una canción: Y en la noria de la vida, una vez abajo y otra arriba, y apenas te levantas tropiezas, y apenas tropiezas te levantas. Y mejor que sea así, que acostumbrarse es empezar a morir.
P.D.M. La Noria, de Le Punk.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Regalo

Llegaron los Reyes Magos antes de tiempo. Se presentaron ante mí bajo la forma de mi sobrino de cuatro (dulces, curiosos, imparables) años. Fue hace unas semanas, cuando salí a dar un paseo con él y nos sentamos en una terraza. Pedí unas aceitunas porque íbamos a tomar "un pincho" y las olivas que devora sin pausa no son negocibales. Hacía frío y empezó a nublarse sospechosamente. Éramos los únicos osados en permanecer en esa o cualquier otra terraza, me atrevería a decir que de la ciudad entera. Y ahí hablando, supongo que de Spiderman o de por qué y por qué y por qué y pero por qué cualquier cosa, me lo dio. Porque estando ahí bajo la duda de si la lluvia nos permitiría llegar a casa o no, me di cuenta de algo. Me di cuenta de que no había lugar o situación en el mundo, real o imaginario, en el que prefiriera estar. Que ese instante preciso (y precioso), emulado montones de veces en el pasado y sin duda en el futuro, era justo, justo lo que yo quería. Quizás lo que yo necesitaba. Que no lo cambiaría por nada. Ni amantes, ni amigos, ni deseos, ni promesas. Ese era en ese momento mi lugar en el mundo.
El regalo fue despertar esa conciencia, que se ha repetido a partir de ahí numerosas veces. En ocasiones diversas (con amantes, amigos, deseos y promesas) he vuelto a entender que ese y otro y otro y otro más, cada uno era mío, mi momento, que no cambiaría por nada.
Así que, a sus Majestades de Oriente, gracias. Gracias por mi regalo adelantado, no puedo pensar en ninguno mejor.
Y sobre todo, gracias a ti, rubito, por despertarme.

viernes, 5 de diciembre de 2008

La hermandad

Hoy viernes tengo reunión con mi hermandad secreta. Bueno, no es secreta, de hecho muchos de los amables visitantes a este blog pertenecen a ella. Pero es divertido hacernos los misteriosos. Cómo me gusta mi hermandad no-secreta. Yo a veces intento explicarles, a ellos, a mis compañeros de hermandad, lo mucho que me ayuda, que me centra, que me alivia, que me serena, que me inspira reunirme con ellos.
Pero nunca encuentro cómo, me faltan las palabras. No importa, a ellos les sobran.
Uno de los miembros me dijo, cuando recién lo estrenaba, que este era un blog musical. Pues no, o sí pero no necesariamente. Pero me acordé de eso y pensé que hace tiempo que no colgaba una canción aquí.
Y al pensar cuál podría poner me vino a la mente una canción muy bonita y algo melancólica que escuché una madrugada en el coche de un amigo hace unos cuantos años. Luego pensé en una canción que repetía con frenesí adolescente acompañada de una amiga también frenética. También recordé una que cantaba al calor de las copas cada sábado con un amigo que tenía la deferencia de ir por mi y llevarme a casa cada semana. Y al final en una que hace no mucho me mostró un amigo y luego encontraba en todas partes.
Y luego pensé: va a ser que esto va de amigos y no de canciones.
Así que decidí dedicar esta canción a mis amigos de hermandad. La escogí porque siempre, siempre, me pone de buen humor. Como ellos.
P.D.M. It's not unusual, de Tom Jones.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Buena compañía

Este comenzar de diciembre me ha proporcionado la sensación de fin de año. Esa clase de reflexiones y miradas hacia atrás que se supone que se hacen allá por el 31 de diciembre me asaltan ahora, quizás alertadas de que un día o unas horas no serán suficientes. Reparo en cosas que me han pasado este año. Por ejemplo, en un estado compulsivo de devorar autores. El por qué lo desconozco, ni se me ocurren interpretaciones ni mucho menos creo que deba intentarlo, pero este año he leído de manera distinta a otros años. He leído y releído con una especie de necesidad animal a cada autor que pillo y me gusta; es decir, que al acabar un libro siento un hambre poderosa y necia de seguir con el mismo escritor. Como cuando, alguna tarde que llueve dentro y fuera, voy a por una onza de chocolate y acabo devorando como si no existiera la posibilidad de parar, la tableta entera. (Favor de no hacer alusiones a los poderes sustitutivos del chocolate).
Ese volver y volver y volver uno tras otro a los libros de alguien me permite recordar momentos exactos en que los leía, cosa que no suele pasarme debido a la escasita capacidad de mi memoria. Sé que leí también un montón de libros en solitario cuya presencia no sé ubicar en mis meses. Están perdidos en mis tiempos. Pero sí sé, por ejemplo, que estrené enero con lo que me faltaba de Salman Rushdie; sé que los últimos días del invierno estuve con Juan José Millás; en Semana Santa me fui a Madrid y no salí de los libros de Chéjov; cuando iba llegando el calor rescaté cada pequeña delicia que la biblioteca de mi ciudad ofrecía de Vonnegut; el verano lo pasé al lado de Philip Roth y Francisco Castro, y este frío otoño me estoy poniendo las botas con Andrés Barba. Ya ni siquiera me basta lo que hay en los anaqueles, pido préstamos interbibliotecarios de todo lo que sé que pueden conseguirme, acercándome al mostrador intentando poner cara de que sólo me apetece un libro y tratando de disimular "esto" que me está pasando.
Así que, al echar la vista atrás con este espíritu que me está dando diciembre me atreveré a decir que ha sido un buen año, gracias a la buena compañía.

martes, 2 de diciembre de 2008

Me lo merezco

Fui por mis propios pies. Entré a un lugar vacío y confuso al que se acude cuando decimos las cosas a medias, cuando nos gana el improbabilísimo deseo de ser entendidos de la manera correcta (¿es que hay una manera correcta?) por la persona correcta (¿y por qué creemos que lo es?). Acudí, digo, por voluntad. En el afán de resistir a la euforia y a la melancolía, que son hermanas mellizas que no se sueltan nunca la mano. Y sólo a la vuelta entendí que no era posible y quizá no era deseado. Entendí que besar en los labios a la indefinición era más que un beso, era entregarse a ella, someterse a sus reglas. Y entedí, sólo al verlo delante de mi nariz, como a menudo me pasa, que la respuesta que merecía iba a surgir del mismo territorio de la indefinición.
Hice el primer movimiento de un juego infantil y sospechoso. Ahora no hay más que piezas sueltas y reconozco en la respuesta muchas más voces de las que planeé, muchísimas más de las que quisiera. Y cualquier podría ser la que buscaba y seguramente ninguna lo es. Ya no sé si prefiero más movimientos o acabar la partida. O quizá sí lo sé. Si es que no son formas. Ya lo dije, me lo merezco.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Lunes primero de diciembre

Con toda corrección, mañana lunes empieza un nuevo mes. Así quisieran ser todos los meses, ordenados y contenidos, comenzando como cada semana en un lunes nuevo de estreno. No sé qué fascinación ejerce en mí el paso, o mejor dicho, la llegada de los meses últimamente. Quizá es la sorpresa genuina de constatar que sí llegan, que el tiempo pasa, que nada se detuvo una tarde de un día frío hace ya muchos meses.
Lo contrario de ágil es, dice mi diccionario, Pesado, lento, torpe, tardo, lerdo. Cuando me di cuenta que llegaba diciembre me di cuenta de que se acababa este año. Un año que ha sido todo lo contrario a ágil. Y sin embargo, ha pasado rápido. Como un viaje muy corto y muy intenso que parece que solo puede entenderse verdaderamente al volver a casa. Rápido y Pesado, torpe, lerdo.
Borges comienza El Aleph contando que la mañana de la muerte de su amada vio como cambiaban un anuncio de cigarrillos en una Plaza y comprendió que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Siempre me ha gustado ese comienzo de cuento.
No creo que dentro de 31 días, cuando esté a punto la convención ficticia del nuevo año haga alguna reflexión distinta sobre el año que se va. Quizá tan solo volveré a constatar con sorpresa su llegada. Y si puedo pedir un deseo será el de volver a casa para poder entender este viaje.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Las risas

De las risas que perdimos nació esto. Que no se nombra y no se siente. Ya no se siente y ya no se anhela. Un pie en el vacío y el otro en el desamparo. El penúltimo fracaso y la primera incomprensión verdadera. La primera verdadera, la única, la de la inocencia. Y llegó lo que siempre llega, porque siempre llega lo que más tememos. No lo temeríamos si no fuera inminente. Inminente, natural, sutil como una esperable lluvia fría del otoño y brutal como el nacimiento de un volcán. Todo a la vez. Se pierde todo y hay que perderlo todo, hay que llorarlo todo, hay que encogerse entero para poder intentar renacer. Y cada paso y cada pérdida y cada pesadilla se anclan dentro con todo su peso. Sólo el tiempo los hace más ligeros. Y las nuevas equivocaciones. Y son tan nuevas e imprevistas que se disimulan a sí mismas. Pero las viejas equivocaciones ya no existen, ya no sirven. La costumbre las hacía más digeribles, un extraño apego las hace casi entrañables. Parecen bloques de cemento las nuevas equivocaciones. Parecen ajenas, irreconocibles. Pero son propias, otras, nuevas y propias. Como los pies, uno en el vacío y el otro en el desamparo.

Juego

Hay juegos que no tengo nada claro querer jugar y sin embargo juego. Juego con una especie de nostalgia, quizá la de entregarme por completo a otro juego que prefiera, la de estar segura de querer jugarlo, la de saber que hay algo en él que no quiero, algo que me hace dar un paso atrás, algo que me repele y sin embargo juego. Juego pensando que quizá es lo mejor o lo que más me conviene. Juego creyendo que en el fondo no es importante. Juego soñando que no necesito jugar, que juego porque quiero. Pero la veradera nostalgia viene del momento de lucidez, efímera y cruel, en que entiendo, para en seguida olvidar esforzadamente, que juego porque necesito hacerlo, aunque no quiera y con todo el miedo que me da jugar. Juego porque no sé qué más hacer.

martes, 25 de noviembre de 2008

Serenamente

Si leyeras esto me gustaría decirte, en primer lugar, que gracias por hacerlo. En segundo lugar me gustaría decirte que escribo esto pensando en no colgarlo en el blog porque en el fondo pienso que sí que podrías pasar por aquí. En tercer lugar te diría que como en la superficie de la realidad sé que no vendrás sí que voy a colgarlo. En cuarto lugar te diría que creo que sí que he cambiado, que sigo cambiando, que el dolor que conoces lo evidencia y el gozo de encontrarme también. En quinto lugar te diría que como siempre, he dado algunas vueltas a lo que dije y algunas más a lo que dijiste tú. En sexto lugar te diría que de todas formas, le di sólo las vueltas justas y serenamente y que eso me convence a mí de que sí que he cambiado y por eso me atrevo a hablarte desde aquí. En séptimo lugar te diría que yo también tengo esos temores aunque cuando tú los mencionaste yo y mi bocaza fingimos que eran injustificados. En octavo lugar te diría que las cosas son como son y que en efecto no sé si cualquier novedad sería una buena idea. En noveno lugar te diría que, ya sabes, aún así yo lo haría. Porque he cambiado, pero supongo que no tanto. Y en décimo, en décimo te diría y te digo que estoy bien, que gracias por escucharme y por responderme, por hablar, por mostrarte. Y que no te asustes porque escribo aquí de ti. Que está todo bien. Serenamente. Y que sí, que no lo dudes, que estoy hablando de ti.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Cómo

Miró el reloj. Llevaba más de cuarenta minutos mirando el folio en blanco. Pensando en qué escribir. Sin atreverse a nada. Quería hablar de varias cosas, todas ellas le parecían importantes. De todas ellas, al menos, cree que quiere hablar. Quiere contar las últimas semanas, desde que ese peso cayó finalmente, ese que llevaba meses haciendo equilibrios a sus espaldas. Cayó al final y cayendo abrió todas esas heridas, rompió las mentiras propias, los pretextos absurdos disfrazados de apego. Cayó y al reventar en mil pedazos cada palabra antigua y olvidada, cada lágrima desviada y distraída chapoteó sin la menor elegancia hasta la superficie.
Quería hablar del vacío que reconocía por primera vez. El de sí misma. La absoluta perplejidad en que la dejaba darse cuenta de que estaba ahi, de que ocupaba sus ganas, ocupaba sus deseos, sus gustos y sus necesidades. No había nada, vacío.
Y esa tristeza que a veces la paralizaba y otras la encolerizaba. Esa tristeza que llevaba ya demasiado tiempo ahí, que ahora la miraba a los ojos, que ya no rehuía. Porque ahora era el tiempo de encontrarse de frente y no dar rodeos.
De todo eso quería hablar.
Pero no encontraba cómo.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Ineludible

A veces damos un paso al lado, que no atrás, para separarnos un poquito de todo. Que pase la vida y la gente, que se escuchen los rumores de fondo, que inunden los olores al mundo, pero sólo de lado. Nosotros, de lado. Apenas rozados por la vida real, o ni siquiera. Buscando quién sabe qué. Buscando donde no habíamos ido, quizás, pues buscar se busca siempre. Como elegir, uno elige siempre, aunque crea que elija no elegir. Y ese elegir no elegir es el paso al lado.
Pero, también a veces la vida irrumpe sin pedir permiso, te recuerda que tus decisiones o indecisiones supuestas no son tales, que quieras estar un paso al lado o no no sigifica nada en realidad. Que la vida y los olores y los rumores te superan, te rebasan, continuan deviniendo y tu también. La vida se abre paso ante tu propio asombro como la hierba se abre paso y se empeña en crecer entre las grietas del cemento. Real y verde. Incontestable. Ineludible.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Puntadas

Hay ocasiones, días o conjuntos de días en que la gente se siente como iluminada. Tocada por un haz que le conduce silencioso y firme a una especie de destino. Encuentran pues, los bendecidos, señales en cualquier parte. Descubren significados nuevos en las cosas de todos los días. Y en la calle, en las conversaciones de la gente al pasar, en los perros que mean ensuciando las facahadas, en la mugre y en los olores a podrido, ahí también son capaces de encontrar las puntadas del hilo que les une a ese pretendido destino.
Se depierta en ellos una especie de conciencia que es toda disposición. Y es a através de la inconsciencia que adquiere su verdadera fuerza. Sin conciencia de la expectación la señal es por sí misma, tiene un valor intrínseco, se desnuda de interpretaciones. Uno se convierte en elegido receptor.
Pero hay, también, momentos en que la gente se siente defraudada. Por un millón de motivos, hay ocasiones y largos y pesados días en que la gente está invadida por una tristeza de vivir, difícil de masticar y tragar, imposible a su vez de escupir. En esas ocasiones impera el desengaño, la desilusión, la confusión, el extrañamiento. Y en esas ocasiones también sucede a veces que, de la forma más inesperada, surge una señal. Un significado, una reiteración escondida. Y es en esa desolación cuando más que nunca esa imposible puntada del destino es escuchada. Sin apenas posibilidad de disposición, supuestamente ajena a la explicación, objetiva, pura como si pudiera ser pura, aparece. Y uno sabe que no es elegido, que no es un simple receptor. Uno se da cuenta que la ha estado buscando. Y que apareció.

martes, 11 de noviembre de 2008

Mejor el silencio

La escuchaba como a través de una puerta. Notaba una barrera tan real como la madera, a la vez viva y muerta entre su boca y mi entendimiento. Entre ella y yo. No es algo nuevo, es la misma muralla a medio construir, o a medio destruir de siempre. El discurso tampoco es nuevo. Si hubiera una novedad tendría que aportarla yo y ni siquiera sé en qué manera. Sus palabras empezaron a significar de pronto simples cuchillas dentro de mi. Cayeron al fin los fingimientos, los planes inconscientes pero inflexibles. Dolor. Sin más. Sin sacrificios que ofrendar a un sufrimiento ritual, sin paciencias rotas que procuran no desbaratarse, sin silencios irónicos. No, ya no. Tan solo tristeza. Una tristeza que parece infinita. Tristeza de una vida que no quiere narrarse, que se esquiva a sí misma. No me cuentes tonterías, si me quieres hablar, háblame de ti. Pero no sabe hacerlo. El mensaje no tiene dónde depositarse. Se desprende hacia el vacío desde una cadena de dependencias que conforma la vida posible y conocida, incapaz de saciarse. Mejor el silencio.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Mediocridad

Hay muchos libros que me gustan, muchos que me llenan de placer, muchos que me inspiran y entre otros también hay libros que además me inquietan. Y el que estoy leyendo ahora me produce todo eso. Desde la cita con la que comienza, de Cesare Pavese y que pregunta: ¿Has conocido alguna vez a una persona que fuese muchas cosas en una, que las llevase todas consigo, que cada uno de sus gestos, que todo lo que tú pensaras de ella encerrase cosas infinitas de tu tierra y de tu cielo, y palabras, recuerdos, días idos que no conocerás nunca, días futuros, certezas, y otra tierra y otro cielo que no te es dado poseer?. Y en el devenir de las páginas no hago más que encontrar ideas, frases que fantaseo que solo me inquietan a mí. Todo en la calle le producía angustia, había olvidado de pronto cómo vivir, qué hacer para vivir, con qué cosas llenar los minutos que componían un día. Y cuarenta páginas después: ...todas aquellas cosas que estaban allí, que por fin podía ver y tocar, le protegían, ya no era necesario esperar, se sentía nuevo y como lavado de su mediocridad. Lavado de su mediocridad. Cuántas fantasías. Cuánta inquietud.
(Versiones de Teresa, de Andrés Barba)

sábado, 8 de noviembre de 2008

Silencio

De la lluvia nace una ciudad que me parece muy distinta a la de siempre. En esa ciudad brillan las piedras de las casas y las piedras del suelo. Hay menos gente por la calle y mucho menos ruido. Por eso, cuando llueve, aun caminando en medio de la ciudad soy capaz de escucharme a mi misma, que por cierto, me hablo muy, pero que muy bajito. Hablo mucho y a veces digo bastantes tonterías. Creo que es por miedo al silencio. Aunque cuando llego a él me gusta, el camino a veces me asusta un poco. Es por la sensación de soledad. Estoy acostumbrada a oír de fondo las risas, los chistes tontos y las voces sobrepuestas. Supongo que hay tiempo para todo y que el silencio no había encontrado su momento. Ahora que viene la lluvia quizá sea más fácil. Quizá traiga más silencio, silencio para intentar escucharme.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Razones

Ha empezado noviembre y por las razones que sean, equivocadas o no (¿para quién?) no quiero que vuelva a escaparse el mes entre mis vagos dedos poco tecleadores, como su antecesor. Aunque sólo sea por eso contaré que conocí hace poco a un poeta. A alguien que le gusta escribir poesía y parece que encima lo hace bien ¿eso lo convierte en poeta? En todo caso lo conocí como de lado, de reojo. Claro que, me parece, no hay otra manera de conocer. Aunque a veces en un aturdimiento sintamos que sí. Que se puede conocer más y mejor a alguien. Pero solo a costa de olvidar que vivir no es más que estar solo. Que sentirnos a nosotros mismos es sentir la carencia de otro porque no somos más que nostalgia y búsqueda. Eso contaba el infranqueable Laberinto de la soledad que me hicieron leer las monjas en el colegio. No me explicaron por qué debía leerlo (en general las monjas no eran muy dadas a explicar nada) pero la impresión era que tenía que ver con ganar el premio Nobel. Probablemente una razón equivocada, pero en todo caso lograron que lo leyéramos. De lo cual deduzco que de las razones equivocadas también pueden llegar cosas que importan. Por azar ¿o no?