lunes, 21 de diciembre de 2009

Poderosa

Como la última entrega me quedó en plan novela de folletín, espere usted la próxima entrada, hablaré del sábado noche.

Para mí, una noche estupenda, es-tu-pen-da, entre amigas. Pero, sobre el asunto cincuenta a uno no pude resolver nada. Que no es que me haya acobardado, sino que no pude, sonrisa de medio lado y yo no coincidimos en el espacio, vamos, que sólo le vi un segundo por la espalda.

Ya habrá otras noches, para sonrisa de medio lado y para todo lo demás. Entre los amables comentarios a la entrada anterior (gracias, gracias, gracias) mi querida Merce dijo que tomar la decisión de arriesgar te hace poderosa y es en sí un logro. Poderosa. Esa es la palabra.
Me siento bien. Los horas previas al no encuentro fueron muy divertidas. Ese cosquilleo no tiene precio. Pero cosquilleos, sonrisas, encuentros, son accesorios. Sí señor.

Heme aquí con un dolor de garganta de aúpa, toses varias, estornudos y de más. Heme aquí. Prefiero muchas cosas. Prefiero las sonrisas de medio lado, prefiero las sonrisas en general, prefiero las noches de amigas, prefiero los sábados noche, prefiero el calor, prefiero el mar, prefiero el sol. Pero sólo lo prefiero, no lo necesito. No lo necesito para ser. Lo prefiero e intentaré tenerlo cerca. Sin duda. Pero no lo necesito. La diferencia, si bien sutil, es fundamental.

Lo único que necesito está aquí, encerrado en un cuerpecillo petit que hoy tiene un dolor de garganta de aúpa. Dispuesta a apostar y también a pasar de todo. A renunciar y a arriesgar. Dispuesta a cuestionar y a sentir. Poderosa.

Poderosa.

Nos vemos los sábados por la noche. Todos los sábados por la noche.

Valiente, Vetusta Morla.
"No perdí, no perdí, porque ser valiente no es sólo cuestión de verte". Qué majetes estos chicos.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Apuesta

Me dijo hace poco una amiga, muy reflexiva ella, que para conseguir algo que nunca has tenido, quizás debas hacer algo que nunca has hecho.

Me acordé de eso el sábado por la noche.

Muchos campos de la vida se guían por rutinas o patrones, la mayoría de ellos inconscientes. Cada tanto y por diversos motivos aparecen campos, situaciones nuevas, a las que no se está acostumbrado y que no se sabe cómo manejar. Y no digo que a los viejos campos sí se sepa cómo, pero en ellos se siente al menos la comodidad de la experiencia, cosa que no nos libera de equivocarnos, por cierto y faltaba más.

Pero en los nuevos uno tiene que buscar su manera, pensar hasta dónde se quiere llegar, cuáles son los costes, qué se está dispuesto a arriesgar.

Sábado por la noche. Para conseguir algo que nunca has tenido, quizás debas hacer algo que nunca has hecho.

Uno piensa en el peor de los escenarios. Los de siempre, ya saben, el fracaso, el rechazo. Con suerte no mencionamos la humillación pública.

Y como cuando se escoge un mal caballo, te das cuenta que las apuestas están en cincuenta a uno.
Cincuenta probabilidades del peor escenario contra una que ni siquiera sabes qué es.
Y uno sabe que cincuenta contra uno no es un buen pronóstico.

Pero si el uno tiene esa sonrisa de medio lado, te hace plantearte esas cincuenta.

Cincuenta contra uno es una apuesta arriesgada. Pero quizá sea hora de hacer algo que nunca he hecho.

Cincuenta contra uno. Nos vemos este sábado.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Un par de metros

Hoy por la madrugada se ha despertado al escuchar un grito. La habitación a obscuras, el sueño que se escapa. Otro grito. Éste, ahogado. Ahora reconoce de dónde provienen. El piso de arriba. La habitación que está justo encima de su habitación. Ese recinto de donde provienen ruidos vagos y no del todo definidos casi todas las noches. Casi siempre el agua que corre en el baño, el teléfono que suena, algunas conversaciones donde no se acaban de distinguir palabras (a menos que haya gritos, que alguna vez sucede), también la televisión cada tanto y una vez, sólo una pero inolvidable, un polvazo maratoniano.

Esta noche la despierta un grito ahogado. Una palabra, dos. Venga, no. Son lamentos. Oye los pasos, que parecen ir y volver, como sin saber a dónde dirigirse. Venga. Y llanto. Pasos hacia el baño, agua que corre, pasos hacia la cama. Sí, la misma cama que está justo encima de la de ella, que escucha.

Llanto. No. Venga. O eso parece. Una voz más serena al teléfono, datos, la dirección. Muy poco tiempo después, el timbre de la calle, el ascensor, el timbre de casa, pasos hasta la cama. Un voz nueva.

Ella escucha en su cama, sola, en la obscuridad de la habitación. Se tapa los oídos con las manos. No quiere oír.

Va a tardar en volver a dormir y escuchará muchos más pasos, más voces y llantos.

Reconstruye la escena, asustada y sintiendo más que nunca la soledad de su habitación obscura.

Sabe lo que ha sucedido. Sabe que la muerte ha pasado hoy y a esta hora, a un par de metros de su cabeza.

Al final deja de escuchar cualquier sonido. Y, probablemente, ese sea el peor momento.

Ella se queda sola y a obscuras, en silencio.

Hoy es un día para quedarse en casa fumando y con una bata de franela encima.

Hay días que empiezan raro.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Chispas

Hoy es uno de esos días, o en este caso noches, en que sé lo que debería hacer. Debería ir a darme una ducha calentita -que se me están enfriando los pies, coñe- y luego a dormir -que mañana me voy a un país donde no cierran las tiendas nunca-.

¿Y qué hago? Otra cosa, claro. Enciendo la tele, porque quiero ruido. Y pongo música. A Micah P. Hinson, porque aún no he encontrado algo más bonito y deprimente al mismo tiempo.

Yo, debéis saber, me doy treguas. A veces mis hormonas se ponen muy tiranas y he aprendido a dejarlas hacer, más que nada porque luchar contra ellas cuesta mucho y no sirve de nada. Entonces me doy treguas y me digo: Anda, burraca, ponte triste y llora, descontrólate y confúndete, pierde la confianza y ve todo negro; ya sabes que mañana o al siguiente día todo se irá, volverás a ser la que eres la mayor parte del tiempo.
Y parte fundamental de esas treguas es no buscar razones. Porque no las hay realmente. Y eso, que enseguida se va la sensación de agujero negro interno.

Pero esto ha sido distinto. Días, más días, semanas. No se va. Yo sé que se va a ir porque la sensación es la misma. Pero no se va.

Y entonces ya no me vale no buscar razones. Y todas apuntan a lo mismo. Viene, como diré, en distintos empaques, pero es lo mismo.

Uno hace lo que puede para seguir su camino. Para buscar, para encontrarse. Se pelea por sus pequeñas pasiones y se despierta por la mañana para ganarse cuatro perras. Y de repente. Plum, plas, cataplás. Una luz. Un destello. Chispas. Fuegos artificiales. La vida, sin todo eso, también es. De hecho, la vida, sin todo eso, es lo que es la vida. Con sus grandezas y sus miserias, lo de siempre.

Pero, a veces, plum, plas, cataplás. La luz, el destello. Y dices: eso era. Mierda, eso era. Lo quiero. Lo quiero pa' mi. Pero no se puede, chica. Hay cosas que se pueden y cosas que no se pueden. Y esto no se puede. Y ya está. No hay dramas, o sí, pero es lo que hay. ¿Frustración, dolor, hartazgo? Tú ponle nombre.

Y me pregunto cuánto se tarda en olvidar lo que nunca se ha tenido.

Y esta entrada sería mucho más interesante si pudiera decir que quizá sí, que todo puede ser, que, ya saben, todas esas cosas. Pero no. No esta vez. Y lo que queda es seguir despertándose por la mañana para ganar cuatro perras y seguir peleando y todo eso. Y quizás, quién sabe, algún día de nuevo vea chispas y entonces sí pueda ser.

Pero es que son tan escasas.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La lluvia

A veces pienso que soy rara. Será que, a pesar de todo, soy a quien mejor conozco y no puedo obviar toda la incoherencia y sinsentido que encierro.

Soy rara y me gusta ver Redes y Gossip Girl. Me pillas leyendo la Cuore lo mismo que a Sándor Márai. Me calzo las zapatillas de deporte tan pronto como los taconazos. En mi lista de reproducción de Spotify conviven los Beastie Boys y Ella Fitzgerald. Me siento como pez en el agua en Nueva York o Madrid y vivo en una ciudad que solo tiene un complejo de cine. Y no me quiero ir.

Soy una chica rara. No me siento cómoda entre contundencias, me asustan los dogmas y someto casi todo a la revisión de lo cotidiano.

Últimamente me he sentido rara, como aparte de todo. Recelosa, sospechosa. Y es que me he reencontrado, de frente y mirándome a los ojos, con dos situaciones que hacía un tiempo que no me visitaban.

Una, la muerte. La brutal y paradójica promesa humana hecha realidad. Ahí, sentada a tu lado en la cena. Sin avisos ni matices. Con su incontestable resolución. La muerte, la que hace que su propio nombre baste y le sobren los adjetivos.

Dos, el deseo. Es algo muy distinto a las ganas, los caprichos, los antojos, que a menudo se aparecen. Es la atracción animal e incontenible de otro. La que descoloca y desordena el cuerpo y los conceptos. La que te regala una resaca infinita tanto si lo consumas como si no.

La muerte y el deseo, inesquivables, recordándome todas las preguntas sin respuesta que he escondido para poder dar un paso más, solo un paso más.

El deseo, la muerte y esta lluvia orgullosa e incesante que reclama lo que es suyo.

En fin, ni siquiera sé si soy rara. Es solo que últimamente soy, y ser, a veces, se pone bastante raro.

Creep, Radiohead.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Y es mejor así

Me duele aquí. No soy más específica porque es un lugar difícil de definir. Es parecido a cuando tengo una falta de ortografía y el profesor la señala en un círculo rojo. O cuando voy a por un poco de chocolate y se ha acabado. Sí, algo así. Nada demasiado grave, como veis. Pero como ya no confío en las grandes gestas ni en las noches épicas, con estas desgracias de medio pelo tengo suficiente para que me duela aquí.

No sé por vuestros pagos, pero en los míos hoy hace un día precioso. Con frío declarado y un sol que apenas se siente, pero se nota. Me gusta el frío. Bueno, el calor también. Y a veces la lluvia, siempre que pare cada tanto.

Me gustan las casas de ladrillos y el zumo de naranja. Me gusta sentir tu mano perdiéndose decididamente en mi cintura ahí, en medio del barullo, mientras te acercas para preguntarme no sé qué cosa al oído. Y el diminuto instante en que sin venir a cuento nos miramos sin que haya justificaciones ni obviedades. O cuando me dices "hazme una llamada perdida" para guardar mi número. O cuando me sigues con la mirada y yo finjo que no te veo. O cuando me dices cosas que no pueden ser nada más que esas cosas que dices en ese momento, pero yo siento una piedra en el estómago y digo "yo me quedo aquí". O cuando te pregunto tu apellido, como si no lo supiera desde hace tres años.

Y creo sinceramente que si todo esto viniera del mismo territorio, podría significar algo.

Qué le voy a hacer. Lancé una moneda al aire. Y no la veo caer. Ni siquiera de canto.
Y es mejor así.

¿Quién no quiere el mundo entero? Pero no puedes tenerlo todo. Y es mejor así. Eso dice la canción. La muy cabrona.

Será por eso que me duele aquí.

Lovely Luna, Parando el tráfico. Y, chicos, desde el cariño, la próxima vez que tengais que grabar un vídeo, ducharos antes.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Brindar

La paciencia
No me cabe la menor duda de que a las 5:42 de la madrugada las cosas se ven con otra perspectiva. Hoy jugué con mi sobrino M, en un momento mi hermana le dice ¿Te acuerdas de lo que hay que tener? , responde él, paciencia. Y yo le pregunto ¿Qué es tener paciencia? Saber esperar, me dice él.

El círculo
Yo sabía que quería ir. La música en vivo siempre es mágica. Pero hasta que estuve ahí no lo vi todo claro. Las piezas empezaron a encajar. La poesía, aquel silencio, la misma canción. Se cerró un círculo. Es todo mi invención, por supuesto, pero no por ello menos real. Después de veinte meses, al oír la misma canción, en el mismo sitio, y tras toda la paciencia del mundo, se cerró un círculo.

El rito
Como no suelo participar de los ritos normales, me invento los míos. Hoy, en un día inútil, absurdo, sin premisas, sin la menor lógica, hoy brindé por ti, I. Porque la muerte necesita un rito y ese me pareció el adecuado. Salud.

El fracaso
Las equivocaciones hacen a la gente interesante. Los fracasos. No me hubiera importado no fracasar y en lugar de escribir esto a oscuras estar cruzando miradas en la penumbra. Pero algunos fracasos son, además de nimios, casi graciosos. Fracasos que no te hacen llorar sino sonreír. Quizá es que no son fracasos, pero es que es tan bonita esa palabra.

Mis amigos saben que me gusta brindar. Hoy brindé por ti, I. Y por la muerte y por los fracasos. Y por los círculos que se cierran y las piezas que encajan. Y por el temporal que está ahí afuera.

Brindo por mí.

Vivir sin recordar, Le Punk.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Las oportunidades

paciencia.

(Del lat. patientĭa).

f. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho.


La RAE da más definiciones, pero esta es la que más me interesa. La releo y acabo por no tener nada claro que tener paciencia sea algo bueno, lo que siempre se me dijo.

También se me dijo, con suma asiduidad, que yo carecía de paciencia. Ya saben, esas cosas crueles que dicen los adultos ¿o eran los niños?

Porque hay que saber esperar, una señorita no va por ahí diciendo a gritos lo que quiere, se queda sentadita toda la puta tarde en casa esperando. Esperando. Cuando algo se desea mucho. Esperando.

Lo que no me dijo nadie es que ni eso ni nada garantiza que ese algo que se desea mucho se haga realidad. Y que quizá hubiera sido mejor dar un toquecito en la espalda y decir un holabuenaspasabayoporaquí.

Lo que no me dijo nadie es que mucho más importante que la paciencia es saber diferenciar cuándo conviene esperar a que algo llegue y cuándo conviene salir a buscarlo.

Yo a veces me siento a esperar. Así que supongo que sí sé esperar.

Y, aunque he aprendido algunas lecciones y esta también, no puedo decir que no sea una mierda. Será que no tengo paciencia.

P.D.M. Las oportunidades, Andrés Calamaro.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Music time

Que sí, que sí, que así son las cosas. Que unas van y otras vienen y así y así sin parar.
Gracias a J tengo un programa (yo supongo que es un programa, pero vaya usté a saber) para oír toda todita la música del mundo. Y como no me la descargo, no hay delito, digo yo. (Que una no sabe nunca donde hay un infiltrado).

I hope that I don't fall in love with you, Tom Waits.
Así que esta semana leí mi horóscopo y solo decía dos cosas: 1) que era una buena semana para pedir un cambio en el trabajo. Curioso, porque justo esta semana había pensado pedir formalmente cambiar mi turno-de-mierda-de-fin-de-semana a un turno-de-mierda-de-semana. Que no me lo darán y no es pesimismo, sino realidad pero yo lo pido. Y 2) que era una buena semana para enamorarse. Curioso, porque justo esta semana... (bla bla bla).

It could happen to you, Chet Baker.
Que sí, que sí, que así son las cosas. Que unas van y otras vienen. A veces hay chispas. Me gustan las chispas. Las chispas no son nunca solamente chispas. Las chispas te recuerdan que existen las chispas. Es casi como esa cosa tan española de estar comiendo y hablar de qué vamos a comer mañana.

Blue Moon, Frank Sinatra.
Pues que vengan las chispas. A veces parece que no pasa nada. Y otras estás esperando al mismo tiempo un ring, un hey y un ding-dong. Vale, perdón, me onomatopeyicé: teléfono, saludo, puerta.

In the guetto, Elvis Presley.
(Con dedicatoria. La canción, digo). Y entonces me siento en el banco y un segundo después se sienta él, tan pegadito que trago saliva. Señores, ha llegado el invierno. La gente tiene frío y busca el contacto humano.

Chispas, invierno, música.

Feliz semana.

viernes, 30 de octubre de 2009

Duelo

Dicen que el duelo tiene cinco etapas y que hay que pasar por ellas para superarlo, lo cual imagino que significa aceptar que algo ha cambiado y seguir adelante.
El duelo no es exclusivo de la muerte, sino de una pérdida. La vida está llena de relaciones que se acaban, que se minimizan. Y de relaciones en la que a veces nos enganchamos, por dependencia, por costumbre, por miedo, y que es mejor terminar. Porque lastiman, porque son injustas, porque nos desequilibran en el peor sentido. Y también en estos casos se pasa el duelo.

Dicen que el primer paso es la negación. Pensar que algo va a cambiar, que las cosas pueden ser distintas. Supongo que es fácil quedarnos estancados en la negación aferrados a pretextos y a una supuesta esperanza que en realidad es miedo a tomar una decisión.

Luego vendría la rabia. Es una estado más o menos cómodo donde aparece todo lo que se había negado. Con la rabia se siente que algo ha cambiado, que se ha avanzado, que ya no se está en el paso anterior donde se procura fingir que nada ha pasado. Sí que ha pasado, ahora lo entiendo y me lleno de ira. Pero lo más difícil está por llegar. Porque estos dos pasos están marcados por el instinto, pero hay que usar la cabeza para llegar al siguiente.

La negociación. Quizá sea el primer paso real para pasar un duelo, para despedirte, porque es un trabajo íntimo donde se tienen que encajar las piezas. Se negocia con uno mismo. Se pregunta por qué, para qué. Y sólo bajo esa consciencia se llega a la conclusión de que algo está acabado.

Y cuando se llega a esa conclusión acerca de una relación importante no se puede evitar llegar a la siguiente etapa: la depresión. Sí, cuando algo acaba tiene que doler. Y tiene que ser un dolor productivo a pesar de la dificultad del concepto. En el dolor entiendes verdaderamente la pérdida. Depende de muchas cosas, pero a veces es un dolor tan real que te inutiliza para cosas tan sencillas como escribir un blog.

Solo después llega la aceptación.

lunes, 12 de octubre de 2009

Entretiempo, que le llaman

Así que allá afuera hay 26 grados y un solazo. Así es Galicia, chicos, a pesar de lo que diga el Telediario.
He terminado con Gossip Girl. He terminado de ver la serie y he terminado con mi reputación al confesar en público semejante vicio.
Creo que ayer terminó el verano. Lo sé porque a través de la ventanilla del autobús sentí el mismo olor del día en que empezó.
Durante julio, agosto y el principio de septiembre apenas estuve en casa. Estuve en la playa, en Madrid, en Dublín y en Cádiz. Y al volver yo, llegaron también las buenas noticias. Amigos. De los de verdad. Hace cuatro años que no los veía, aunque una vez a la semana solemos reservarnos un largo rato para el teléfono.
Un mes. Treinta días. Siempre es poco cuando la compañía es buena. Cenas, tardes en el parque, window shopping, confesiones, copascopascopas, desveladas, bailes, conciertos malos, cervezas en la playa y hasta una boda.
Puede que sea una coincidencia pero fue justo ayer, el día en que mis amigos vuelven a su casa, cuando en el aire se nota ese olor, entre dulce y nostálgico, con que hace casi cuatro meses empezó el verano.
Sé que se ha ido. Y viene el otoño. Me gusta.
Ayer me di cuenta de que en menos de tres meses empieza un nuevo año. Y entonces, cuando piense en el "año pasado", pensaré en éste: cenas, tardes en el parque, window shopping, confesiones, copascopascopas, desveladas, bailes, conciertos malos, cervezas en la playa y hasta una boda.
Y entonces sonreí. También lloré un poquito, pero es que soy muy cursi.
Y luego, volví a sonreír.

martes, 6 de octubre de 2009

...

Tener un blog te sirve, entre otras cosas, para preguntarte. Cosas. Yo me pregunto, por ejemplo, por qué no escribo. O por qué no actualizo, porque en verdad he escrito unas cuantas entradas que se han quedado guardadas o finalmente borradas. Pero, ya sabeis, sirve para preguntar, no para responder.

Mi vida en definitiva no es Sex and the City y me pregunto a quién le importa que me haya inscrito en un taller o haya vuelto a clases de yoga. Que me he comprado una máquina de liar tabaco o que estoy desarrollando un asco alérgico a mi trabajo de fin de semana.

Cuando sentía un grandísimo dolor -qué dramática soy- era más fácil escribir sobre mí. Lo necesitaba.

Esta entrada está a punto de quedarse a la mitad también. Solo quiero una mantita y ver una capítulo de Gossip Girl tras otro.

Estoy viviendo en una coma, en tres puntos suspensivos. Del dolor sabía que tenía que salir, pero de aquí, ni siquiera lo sé.

Soy una procrastinadora.

Eso es lo que soy.

martes, 29 de septiembre de 2009

Constatación

Hace unos veinte días una persona con la que tengo una relación complicada me dijo que quería hacer una cosa, una que nos iba a beneficiar a ambas y que es nuestro derecho. Ella había renunciado a él arrastrándome a mí en la decisión, pero ahora lo había pensado y quería recomponer el asunto. Le di todo mi apoyo. Ayer me repitió su decisión y empezamos a planear la mejor manera de llevarla a cabo. Hoy me ha dicho que no. Que le da miedo. (Por si lo dudan, no tiene que luchar con un dragón; el miedo al que se refiere es al de quedar mal con una persona, un miedo injustificado ya que como dije, es nuestro derecho).

-Si te da miedo, -le he dicho-, y por eso no lo haces, me sigues arrastrando en tu decisión, yo voy a seguir pagando las consecuencias.
-Sí, pero me da miedo enfrentar a esa persona.
-Esa persona sabe que tenemos derecho a ello, si te da miedo hablar, veamos de qué manera podemos resolverlo.
-No, ya no quiero hacer nada, que la cosa se quede como está.
-Pero si se queda como está yo tendré que seguir pagando por ello ¿No te das cuenta?
-No lo veas de esa manera.
-Ah, ¿no? ¿cómo lo voy a ver? Por ahorrarte enfrentarte a un miedo no te importa que yo siga pagando algo que no me corresponde.

-Es que me da miedo.

Que le da miedo, dice. Y a mí me dio miedo cambiar de país, y de trabajo, y divorciarme, y encontrar motivos para vivir y también me dio miedo el otro día que mi médico me dijo que me hiciera una analítica para ver las ETS por si acaso. Y me jodo, voy y lo hago. Lo hago por mí y lo haría por mi hermana, y lo haría por mis amigas, y lo haría por mis sobrinos y también por mis tíos. Por que me importan y los quiero. Pero ella no va a hacerlo por mí. Lo que no sabe es que llevo treinta y cuatro años entendiendo lo mismo de todas sus decisiones: le importo, pero no lo suficiente; me quiere, pero no tanto. No lo suficiente y no tanto como para hacer un esfuerzo por mí.

Las cosas son como son. Una constatación más. Es lo que hay. A algunas personas les importas lo suficiente y a otras no. Con algunas personas puedes construir relaciones y con otras no.

Si lo que no sé es por qué me sigue haciendo daño. Después de treinta y cuatro años.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Por si pasas por aquí

Puedes llamar a la hora que sea. No me molesta. Qué quieres que te diga, estoy ahí en mi camita rica, me despierta el zumbido del teléfono, veo en la pantalla que eres tú y no me molesta.

Si fueran 50 kilómetros en lugar de 500, me hubiera ido a tu casa para abrazarte y que lloraras si te apetecía. Yo hubiera acabado llorando seguro. Soy así.

No tienes que explicarme por qué me llamas. Me gusta. Yo nunca te he explicado a ti cuánto me han servido tus palabras para darme cuenta que el mundo seguía y yo seguía en él.

Ya sabes, aquellos eran momentos complejos para mí y tú me ayudaste a entender que quizá yo también podía sanar. Me hiciste pensar que las cosas sí podían ser distintas y sí podían valer la pena. Me hiciste entender que yo era yo sin necesidad de nada más. Y todo esto sin que te lo propusieras, sin enterarte si quiera de lo que me estabas dando.

Y a pesar de que se me fue la pinza un poco más que un poco, me aguantaste y me trataste con dulzura.

Si chico, son cosas del azar o del momento, pero tus mimos me curaron heridas frescas que nada tenían que ver contigo. Y como dicen las canciones, aunque no te volviera a ver, aunque nunca más supiera de ti, créeme, yo nunca voy a olvidar eso.

Y por eso no me importa que me llames, no me importa si estoy durmiendo o de fiesta. Siempre estoy para ti.

Porque soy tu amiga.

Bueno, como dice Calamaro, y todo lo demás también.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Fiebre del viernes por la noche

Ya es viernes, señores. Estareis todos muy contentos. Yo no. Ya sabeis que trabajo los fines de semana. Y lo más desagradable no es trabajar cuando todos tus amigos y conocidos se relajan, organizan comilonas y cenas, se van de copas y consiguen las mejores anécdotas de su vida. No. Lo peor es el trabajo en sí.

En mi trabajo atiendo telefónicamente a clientes de una empresa proveedora de internet. Normalmente llaman cuando tienen un problema, pero no siempre. Cada tanto llama alguno que dice -Eh, solo para deciros que va todo bien con el internet, no tengo ningún problema. Y uno se queda con sus auriculares espumosos y cara de eh... mmm... y ganas de decirle ¿sabe usted que esta llamada tiene coste por minuto? pero diciendo en realidad -De acuerdo ¿le puedo ayudar en algo? ¿No? Pues gracias por llamarnos y que tenga un buen día.

Pero la mayoría sí que tiene problemas. Y aquí está lo difícil. Con una formación de diez días donde básicamente me enseñaron cómo es un router (por fuera), herramientas informáticas pobres y presión por cortar la llamada cuanto antes, pues mucho no se puede hacer.

Y es una pena porque hay gente que realmente te apetece ayudar. No es el caso de aquellos a los que dices -Escriba en la pantalla lo siguiente: P de Pamplona. -¿T de Tarragona? -No, P de Pamplona. -Ah, ok, T, ya está.

Tampoco es el caso de los que te insultan, intentan amedrentarte o no hacen nada de lo que les pides. -De acuerdo señor, parece un problema en la configuración de su router. Para solucionarlo necesito que encienda su ordenador y teclee lo siguiente. -No, señorita, no pienso teclear nada. Tengo un problema y quiero que me lo arreglen, así que ya me dirá usted cómo. -Sí, señor, eso intento, por favor teclee en su pantalla... -Ya le dije que no pienso hacer nada, páseme con un superior. -No puedo pasarle con nadie y además no serviría de nada, él no va a decirle algo distinto que yo. -Pues yo no voy a hacer nada, ya me dirá usted. Y así minuto tras minuto, hasta que los convences (manda huevos, tener que convencerlo yo para que haga algo para arreglar su problema), se harta y cuelga o... no, son las únicas opciones.

Otros a quienes si pudiera cortaría los cables de todo lo que llegue a su casa son los listillos. -De acuerdo señor, vamos a hacer lo siguiente. -No me digas que resetee el router porque ya lo hice. Y ya verifiqué la configuración. Y también hice ping al router, y un ipconfig y netstat y está todo bien. Ah, y no me vayas a decir que es de mi ordenador porque es imposible. Normalmente son los que luego le llaman aparatito al router, o jifi si no tiene cables y no te saben decir si usan Windows o Mac.

Luego están los clientes encantadores que son amables y pacientes y te ayudan a hacer tu trabajo. Pero claro, de esos no me acuerdo los viernes por la noche cuando me voy a acostar temprano para poder ir mañana a trabajar.

Me cago en la crisis.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Libertad o el fin de las vacaciones

Casi acaba oficialmente el periodo vacacional para mí. Y estoy casi tan emocionada como cuando comenzó.

Aclaro que lo que yo llamo mi periodo vacacional viene a ser una extraña mezcla de circunstancias en las que solo he tenido vacaciones laborales reales durante dos fines de semana. Lo cual no es óbice para que yo haya declarado el comienzo del citado periodo cuando la que he dado en llamar la mejor prima del mundo con una casa en la playa inaguró dicho domicilio veraniego. Se sucedieron playas, viajes, encuentros, reencuentros, viajes, idas, vueltas. Y a estas alturas casi termina esa mezcla. Y, sí, estoy emocionada.

Por un lado me apasiona la idea de despertarme tres días seguidos en mi cama. Oh, mi cama. Siempre he dicho que podría pasarme la vida viajando. Voy a corregirlo: Podría pasarme la vida entera viajando siempre y cuando vuelva a mi camita unos días cada tanto. No es que me haya ido lejos ni conocido exóticos paraísos terrenales, pero en mi cama, lo que se dice en mi cama, he estado poco. Y mi cama, señores, me gusta. (Y me gusta todo lo que la rodea, incluida las paredes recién pintadas que, aunque no lo crean, aparecieron así una de esas escasas noches que pasé por ahí).

Otro de los motivos que me emocionan tiene que ver con derroteros (joder, voy a escoger otra palabra, que tantos años de psicoanálisis —y no, RAE, no pienso escribirlo sin p— me han marcado), ejem, rumbos, nuevos y extraños, peligrosos y excitantes rumbos laborales que me producen tanto miedo como ilusión. Tanto miedo que ni siquiera voy a hablar más del tema.

Yo no sé qué es el verano, no sé que es son las vacaciones, no sé cuando se acaban o empiezan aunque haya vuelto del trabajo hace un par de horas (y en domingo, no olvidemos el detalle). Sé que es septiembre y la gente vuelve a casa, que los blogs se retoman, que volvemos a ver a algunos que nos importan. Sé que también hay despedidas que esperas no lo sean del todo. Sé que mi cuerpo está vivo y tengo ganas de todo. Sé que hay un relámpago batiendo en mis entrañas. Sé que me espera mi cama y mis sueños.

La libertad es algo
que sólo en tus entrañas
bate como un relámpago.
Miguel Hernández, Libertad

viernes, 28 de agosto de 2009

Voy y vengo

Estoy sola en casa y no hay ni una luz encendida, solo la de la pantalla del ordenador. Me duele la cabeza y sospecho que tengo fiebre. Voy a hacer del resfriado de verano una tradición en mi vida. Vuelvo de pasada. Me escapo de nuevo, con pretextos sutiles y oportunidades precisas. Volveré pronto, sin dolor de cabeza y podré hablar con claridad, o cuando menos extensión acerca de los últimos días, semanas y meses.
Podré hablar de la sidra y de las pasiones. De los besos y los rechazos. De los destinos y de los diplomas. De cómo llorar por un hombre no es llorar por un hombre. De cómo entra el olor a mar por mi ventana. De cómo viajar al norte para poder preguntarse. De cómo volver a casa para poder responderse. De cómo un abrazo da sentido a tu día. De cómo las preguntas que se tocan, se rechazan, se retuercen, no se van a ir.

De esto o de nada, o de otra cosa. Pero sin dolor de cabeza, por favor.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Auch

A veces quieres algo. Quizá no te quita el sueño, no lo necesitas, pero te apetece. A veces quieres algo.

A veces quieres algo y no puedes tenerlo. O, quizá, puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo.

A veces quieres algo, y quizá puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo. Por más exóticos y profundos que sean tus ojos a veces quieres algo y quizá puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo.

Parece ser que las cosas que no te quitan el sueño, que no necesitas, que solo te apetecen, también duelen.

Auch.

P.D.M. Te vi, de Fito Páez.

martes, 4 de agosto de 2009

En la estación de autobuses

23:o1
Esperando el autobús. Cosas que hacer hasta que llegue:

1)Fumar, por aquello de que después no voy a poder. Fui testigo de cómo un chófer encendió su micrófono en un viaje y se dirigió a los pasajeros: "Que sepa el que está fumando que la multa es de seiscientos euros y que no tengo ningún problema en llamar a la policía en la próxima parada". Pues eso, que mejor fumo ahora.

2)Leer. Bueno, no, que si no me acabo el libro antes de llegar a mi destino.

3)Escribir. Aunque hay que aguantar las miradas de extrañeza de las que ahora mismo estoy siendo objeto.

4)Repasar una vez más: el billete, el dinero, el DNI, las llaves.

5)Mear mucho. La prioridad absoluta de cualquier viaje en autobús es no verse nunca en la necesidad de usar su baño.

6)Comprobar que tengo a mano mi banda roja para el pelo. Creo que estoy desarrollando una patología alrededor de ella. Lo intuyo por las palpitaciones que sufrí la última vez que me di cuenta que no la tenía a la hora de dormir. Y es que mi banda roja para el pelo cumple dos importantes funciones: a)Sostiene fuera de mi cara los resto de flequillo que aún me quedan. Y es que, en cuanto decidí dejarlo crecer dio un estirón lo suficientemente grande como para no poder seguir sobre mi cara. Pero, eso sí, para llegar a mezclarse con mi pelo y dejar de ser una incomodidad, se está tomando su tiempo. Y b)Protegerme de la luz del día con un simple moviemiento de mano que lo lleva del cráneo a los ojos.

7)Comer. Así seguro que me da sueño en el autobús y se pasan antes las horas. Eso sí, no se puede ingerir bebida alguna (ver punto número cinco).

8)Rogarle a dios que el asiento junto al mío esté vacío. Falla siempre. Jo, a veces es un rollo ser atea.

9)Entrar en internet para colgar esta entrada. Ah, no, que aquí no hay wifi. Y no tengo mi ordenador, que por otro lado sólo puede conectarse por cable. Pues hala, ya la colgaré mañana.

domingo, 2 de agosto de 2009

Ricos y pobres

Hace unas semanas mi sobrino M me pidió una moneda para subir al tiovivo (o tivovivo, como le llama él). Yo no tenía ninguna y así se lo dije. Él, muy reflexivo, me preguntó, mientras se montaba al inmóvil aparato -¿Por qué no tienes moneditas? -Porque soy pobre, le respondí.

Mis ingresos son indignos, pero bueno, moneditas suelo llevar, aunque no ese día. A lo mejor es una estupidez decirle esas cosas a los niños en lugar de explicarle Hoy no llevo monedas porque compré tabaco y unas bragas o Si te la doy a ti se la tengo que dar a todos tus primos y ahí sí que me voy a quedar pobre.

Hace unos días fui a su casa y me recibió con una gran sonrisa y un beso. Me alargó la mano y me dijo Ten, son para ti, para que tengas dinerito y te pongas feliz. Había sacado las monedas de su hucha y me las daba.

Yo sé que soy cursi, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Y sólo pude abrazarlo y decirle Gracias.

También es cierto que unos días después pasamos junto a un caballito (bueno, era un delfín porque en la playa vienen más al caso) de esos que hacen un ligero movimiento previo pago. Se montó y me dijo Ahora sí que me puedes dar una moneda, porque ya no eres pobre. Lógica aplastante.

Hoy llegó a mi casa y se acercó a mí. Abrió un pequeño monedero y vacío sus contenido (no sé de dónde saca tanto dinero este niño). Me dijo Ten, más moneditas para que nunca más seas pobre y estés muy contenta.

Ya sé que soy cursi, pero los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas. Por un momento pensé en explicarle que el dinero no lo es todo y demás. Pero lo que único que pude hacer fue abrazarle y decirle:
Ya no soy pobre, mi niño, ya no soy pobre.

Y no mentía.