martes, 29 de septiembre de 2009

Constatación

Hace unos veinte días una persona con la que tengo una relación complicada me dijo que quería hacer una cosa, una que nos iba a beneficiar a ambas y que es nuestro derecho. Ella había renunciado a él arrastrándome a mí en la decisión, pero ahora lo había pensado y quería recomponer el asunto. Le di todo mi apoyo. Ayer me repitió su decisión y empezamos a planear la mejor manera de llevarla a cabo. Hoy me ha dicho que no. Que le da miedo. (Por si lo dudan, no tiene que luchar con un dragón; el miedo al que se refiere es al de quedar mal con una persona, un miedo injustificado ya que como dije, es nuestro derecho).

-Si te da miedo, -le he dicho-, y por eso no lo haces, me sigues arrastrando en tu decisión, yo voy a seguir pagando las consecuencias.
-Sí, pero me da miedo enfrentar a esa persona.
-Esa persona sabe que tenemos derecho a ello, si te da miedo hablar, veamos de qué manera podemos resolverlo.
-No, ya no quiero hacer nada, que la cosa se quede como está.
-Pero si se queda como está yo tendré que seguir pagando por ello ¿No te das cuenta?
-No lo veas de esa manera.
-Ah, ¿no? ¿cómo lo voy a ver? Por ahorrarte enfrentarte a un miedo no te importa que yo siga pagando algo que no me corresponde.

-Es que me da miedo.

Que le da miedo, dice. Y a mí me dio miedo cambiar de país, y de trabajo, y divorciarme, y encontrar motivos para vivir y también me dio miedo el otro día que mi médico me dijo que me hiciera una analítica para ver las ETS por si acaso. Y me jodo, voy y lo hago. Lo hago por mí y lo haría por mi hermana, y lo haría por mis amigas, y lo haría por mis sobrinos y también por mis tíos. Por que me importan y los quiero. Pero ella no va a hacerlo por mí. Lo que no sabe es que llevo treinta y cuatro años entendiendo lo mismo de todas sus decisiones: le importo, pero no lo suficiente; me quiere, pero no tanto. No lo suficiente y no tanto como para hacer un esfuerzo por mí.

Las cosas son como son. Una constatación más. Es lo que hay. A algunas personas les importas lo suficiente y a otras no. Con algunas personas puedes construir relaciones y con otras no.

Si lo que no sé es por qué me sigue haciendo daño. Después de treinta y cuatro años.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Por si pasas por aquí

Puedes llamar a la hora que sea. No me molesta. Qué quieres que te diga, estoy ahí en mi camita rica, me despierta el zumbido del teléfono, veo en la pantalla que eres tú y no me molesta.

Si fueran 50 kilómetros en lugar de 500, me hubiera ido a tu casa para abrazarte y que lloraras si te apetecía. Yo hubiera acabado llorando seguro. Soy así.

No tienes que explicarme por qué me llamas. Me gusta. Yo nunca te he explicado a ti cuánto me han servido tus palabras para darme cuenta que el mundo seguía y yo seguía en él.

Ya sabes, aquellos eran momentos complejos para mí y tú me ayudaste a entender que quizá yo también podía sanar. Me hiciste pensar que las cosas sí podían ser distintas y sí podían valer la pena. Me hiciste entender que yo era yo sin necesidad de nada más. Y todo esto sin que te lo propusieras, sin enterarte si quiera de lo que me estabas dando.

Y a pesar de que se me fue la pinza un poco más que un poco, me aguantaste y me trataste con dulzura.

Si chico, son cosas del azar o del momento, pero tus mimos me curaron heridas frescas que nada tenían que ver contigo. Y como dicen las canciones, aunque no te volviera a ver, aunque nunca más supiera de ti, créeme, yo nunca voy a olvidar eso.

Y por eso no me importa que me llames, no me importa si estoy durmiendo o de fiesta. Siempre estoy para ti.

Porque soy tu amiga.

Bueno, como dice Calamaro, y todo lo demás también.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Fiebre del viernes por la noche

Ya es viernes, señores. Estareis todos muy contentos. Yo no. Ya sabeis que trabajo los fines de semana. Y lo más desagradable no es trabajar cuando todos tus amigos y conocidos se relajan, organizan comilonas y cenas, se van de copas y consiguen las mejores anécdotas de su vida. No. Lo peor es el trabajo en sí.

En mi trabajo atiendo telefónicamente a clientes de una empresa proveedora de internet. Normalmente llaman cuando tienen un problema, pero no siempre. Cada tanto llama alguno que dice -Eh, solo para deciros que va todo bien con el internet, no tengo ningún problema. Y uno se queda con sus auriculares espumosos y cara de eh... mmm... y ganas de decirle ¿sabe usted que esta llamada tiene coste por minuto? pero diciendo en realidad -De acuerdo ¿le puedo ayudar en algo? ¿No? Pues gracias por llamarnos y que tenga un buen día.

Pero la mayoría sí que tiene problemas. Y aquí está lo difícil. Con una formación de diez días donde básicamente me enseñaron cómo es un router (por fuera), herramientas informáticas pobres y presión por cortar la llamada cuanto antes, pues mucho no se puede hacer.

Y es una pena porque hay gente que realmente te apetece ayudar. No es el caso de aquellos a los que dices -Escriba en la pantalla lo siguiente: P de Pamplona. -¿T de Tarragona? -No, P de Pamplona. -Ah, ok, T, ya está.

Tampoco es el caso de los que te insultan, intentan amedrentarte o no hacen nada de lo que les pides. -De acuerdo señor, parece un problema en la configuración de su router. Para solucionarlo necesito que encienda su ordenador y teclee lo siguiente. -No, señorita, no pienso teclear nada. Tengo un problema y quiero que me lo arreglen, así que ya me dirá usted cómo. -Sí, señor, eso intento, por favor teclee en su pantalla... -Ya le dije que no pienso hacer nada, páseme con un superior. -No puedo pasarle con nadie y además no serviría de nada, él no va a decirle algo distinto que yo. -Pues yo no voy a hacer nada, ya me dirá usted. Y así minuto tras minuto, hasta que los convences (manda huevos, tener que convencerlo yo para que haga algo para arreglar su problema), se harta y cuelga o... no, son las únicas opciones.

Otros a quienes si pudiera cortaría los cables de todo lo que llegue a su casa son los listillos. -De acuerdo señor, vamos a hacer lo siguiente. -No me digas que resetee el router porque ya lo hice. Y ya verifiqué la configuración. Y también hice ping al router, y un ipconfig y netstat y está todo bien. Ah, y no me vayas a decir que es de mi ordenador porque es imposible. Normalmente son los que luego le llaman aparatito al router, o jifi si no tiene cables y no te saben decir si usan Windows o Mac.

Luego están los clientes encantadores que son amables y pacientes y te ayudan a hacer tu trabajo. Pero claro, de esos no me acuerdo los viernes por la noche cuando me voy a acostar temprano para poder ir mañana a trabajar.

Me cago en la crisis.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Libertad o el fin de las vacaciones

Casi acaba oficialmente el periodo vacacional para mí. Y estoy casi tan emocionada como cuando comenzó.

Aclaro que lo que yo llamo mi periodo vacacional viene a ser una extraña mezcla de circunstancias en las que solo he tenido vacaciones laborales reales durante dos fines de semana. Lo cual no es óbice para que yo haya declarado el comienzo del citado periodo cuando la que he dado en llamar la mejor prima del mundo con una casa en la playa inaguró dicho domicilio veraniego. Se sucedieron playas, viajes, encuentros, reencuentros, viajes, idas, vueltas. Y a estas alturas casi termina esa mezcla. Y, sí, estoy emocionada.

Por un lado me apasiona la idea de despertarme tres días seguidos en mi cama. Oh, mi cama. Siempre he dicho que podría pasarme la vida viajando. Voy a corregirlo: Podría pasarme la vida entera viajando siempre y cuando vuelva a mi camita unos días cada tanto. No es que me haya ido lejos ni conocido exóticos paraísos terrenales, pero en mi cama, lo que se dice en mi cama, he estado poco. Y mi cama, señores, me gusta. (Y me gusta todo lo que la rodea, incluida las paredes recién pintadas que, aunque no lo crean, aparecieron así una de esas escasas noches que pasé por ahí).

Otro de los motivos que me emocionan tiene que ver con derroteros (joder, voy a escoger otra palabra, que tantos años de psicoanálisis —y no, RAE, no pienso escribirlo sin p— me han marcado), ejem, rumbos, nuevos y extraños, peligrosos y excitantes rumbos laborales que me producen tanto miedo como ilusión. Tanto miedo que ni siquiera voy a hablar más del tema.

Yo no sé qué es el verano, no sé que es son las vacaciones, no sé cuando se acaban o empiezan aunque haya vuelto del trabajo hace un par de horas (y en domingo, no olvidemos el detalle). Sé que es septiembre y la gente vuelve a casa, que los blogs se retoman, que volvemos a ver a algunos que nos importan. Sé que también hay despedidas que esperas no lo sean del todo. Sé que mi cuerpo está vivo y tengo ganas de todo. Sé que hay un relámpago batiendo en mis entrañas. Sé que me espera mi cama y mis sueños.

La libertad es algo
que sólo en tus entrañas
bate como un relámpago.
Miguel Hernández, Libertad

viernes, 28 de agosto de 2009

Voy y vengo

Estoy sola en casa y no hay ni una luz encendida, solo la de la pantalla del ordenador. Me duele la cabeza y sospecho que tengo fiebre. Voy a hacer del resfriado de verano una tradición en mi vida. Vuelvo de pasada. Me escapo de nuevo, con pretextos sutiles y oportunidades precisas. Volveré pronto, sin dolor de cabeza y podré hablar con claridad, o cuando menos extensión acerca de los últimos días, semanas y meses.
Podré hablar de la sidra y de las pasiones. De los besos y los rechazos. De los destinos y de los diplomas. De cómo llorar por un hombre no es llorar por un hombre. De cómo entra el olor a mar por mi ventana. De cómo viajar al norte para poder preguntarse. De cómo volver a casa para poder responderse. De cómo un abrazo da sentido a tu día. De cómo las preguntas que se tocan, se rechazan, se retuercen, no se van a ir.

De esto o de nada, o de otra cosa. Pero sin dolor de cabeza, por favor.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Auch

A veces quieres algo. Quizá no te quita el sueño, no lo necesitas, pero te apetece. A veces quieres algo.

A veces quieres algo y no puedes tenerlo. O, quizá, puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo.

A veces quieres algo, y quizá puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo. Por más exóticos y profundos que sean tus ojos a veces quieres algo y quizá puedes tenerlo, pero no vas a tenerlo.

Parece ser que las cosas que no te quitan el sueño, que no necesitas, que solo te apetecen, también duelen.

Auch.

P.D.M. Te vi, de Fito Páez.

martes, 4 de agosto de 2009

En la estación de autobuses

23:o1
Esperando el autobús. Cosas que hacer hasta que llegue:

1)Fumar, por aquello de que después no voy a poder. Fui testigo de cómo un chófer encendió su micrófono en un viaje y se dirigió a los pasajeros: "Que sepa el que está fumando que la multa es de seiscientos euros y que no tengo ningún problema en llamar a la policía en la próxima parada". Pues eso, que mejor fumo ahora.

2)Leer. Bueno, no, que si no me acabo el libro antes de llegar a mi destino.

3)Escribir. Aunque hay que aguantar las miradas de extrañeza de las que ahora mismo estoy siendo objeto.

4)Repasar una vez más: el billete, el dinero, el DNI, las llaves.

5)Mear mucho. La prioridad absoluta de cualquier viaje en autobús es no verse nunca en la necesidad de usar su baño.

6)Comprobar que tengo a mano mi banda roja para el pelo. Creo que estoy desarrollando una patología alrededor de ella. Lo intuyo por las palpitaciones que sufrí la última vez que me di cuenta que no la tenía a la hora de dormir. Y es que mi banda roja para el pelo cumple dos importantes funciones: a)Sostiene fuera de mi cara los resto de flequillo que aún me quedan. Y es que, en cuanto decidí dejarlo crecer dio un estirón lo suficientemente grande como para no poder seguir sobre mi cara. Pero, eso sí, para llegar a mezclarse con mi pelo y dejar de ser una incomodidad, se está tomando su tiempo. Y b)Protegerme de la luz del día con un simple moviemiento de mano que lo lleva del cráneo a los ojos.

7)Comer. Así seguro que me da sueño en el autobús y se pasan antes las horas. Eso sí, no se puede ingerir bebida alguna (ver punto número cinco).

8)Rogarle a dios que el asiento junto al mío esté vacío. Falla siempre. Jo, a veces es un rollo ser atea.

9)Entrar en internet para colgar esta entrada. Ah, no, que aquí no hay wifi. Y no tengo mi ordenador, que por otro lado sólo puede conectarse por cable. Pues hala, ya la colgaré mañana.

domingo, 2 de agosto de 2009

Ricos y pobres

Hace unas semanas mi sobrino M me pidió una moneda para subir al tiovivo (o tivovivo, como le llama él). Yo no tenía ninguna y así se lo dije. Él, muy reflexivo, me preguntó, mientras se montaba al inmóvil aparato -¿Por qué no tienes moneditas? -Porque soy pobre, le respondí.

Mis ingresos son indignos, pero bueno, moneditas suelo llevar, aunque no ese día. A lo mejor es una estupidez decirle esas cosas a los niños en lugar de explicarle Hoy no llevo monedas porque compré tabaco y unas bragas o Si te la doy a ti se la tengo que dar a todos tus primos y ahí sí que me voy a quedar pobre.

Hace unos días fui a su casa y me recibió con una gran sonrisa y un beso. Me alargó la mano y me dijo Ten, son para ti, para que tengas dinerito y te pongas feliz. Había sacado las monedas de su hucha y me las daba.

Yo sé que soy cursi, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Y sólo pude abrazarlo y decirle Gracias.

También es cierto que unos días después pasamos junto a un caballito (bueno, era un delfín porque en la playa vienen más al caso) de esos que hacen un ligero movimiento previo pago. Se montó y me dijo Ahora sí que me puedes dar una moneda, porque ya no eres pobre. Lógica aplastante.

Hoy llegó a mi casa y se acercó a mí. Abrió un pequeño monedero y vacío sus contenido (no sé de dónde saca tanto dinero este niño). Me dijo Ten, más moneditas para que nunca más seas pobre y estés muy contenta.

Ya sé que soy cursi, pero los ojos se me volvieron a llenar de lágrimas. Por un momento pensé en explicarle que el dinero no lo es todo y demás. Pero lo que único que pude hacer fue abrazarle y decirle:
Ya no soy pobre, mi niño, ya no soy pobre.

Y no mentía.

lunes, 27 de julio de 2009

Julio y blog

Julio. El mes en que, por mucho, menos entradas he colgado en este blog. Claro, tengo una excusa. La excusa se llama Tengo la mejor prima del mundo con una casa en la playa. Y es una buena excusa. Pero como yo soy más de darle vueltas a las cosas, no acabo de creérmela.

Sí, en todo el mes apenas he estado en casa. Sí, no he tenido mi ordenador ni internet. Sí. Pero.

A principios de julio este blog cumplió un año. Y para una persona tan adepta a los festejos, es curioso que en absoluto le haya apetecido celebrar ese aniversario.

Recuerdo cuando me senté frente al ordenador ese día un poco nublado y de extraña luz y escribí la primer entrada. Y, como le dije a mi amigo J hace poco, lo recuerdo y sé que quiero estar lo más lejos posible de ese momento.

Empecé este blog porque necesitaba buscarme y me pareció una manera apetecible. Y quizá ese motivo ha sido superado. No el de buscarme, que para mí que esa es una labor que no se acaba en la vida, pero sí el de saciar aunque fuera levemente la brutal desesperación de encontrar en los resquicios algo de mí.

Algo sí que he encontrado, aunque no supiera decir claramente qué es. O sí. Cuando releo las primeras entradas noto una especie de asfixia, de respiración agitada y animal como cuando has dejado de respirar y sientes que desfalleces (palabra cursi). Como cuando vuelves a la vida. Y me pregunto si mis letras y yo hemos evolucionado (palabra falsa) a la par.

Cuando me preguntan sobre qué escribo, no sé que decir. Cosas, digo, cosas que me pasan, cosas que pienso. Cosas.

Así que, es verdad: Tengo la mejor prima del mundo con una casa en la playa. Pero también. Pero también quería extrañar. Pensar qué es esto. Pensar para qué.

Y no tengo ninguna conclusión, solamente que me gusta.
Así que, heme aquí, en un ordenador en un lugar llamado Dolce Birra (qué creatividad, por dios) y metiendo moneditas en una torre.

Porque sí. Porque me da la gana.
Porque el mundo es como es y mi vida es la que es, sigo buscándome y esta es una de las maneras en que me siento capaz de hacerlo.
Estais invitados.


lunes, 20 de julio de 2009

El cielo de Berlín

En algún sitio leí una lista de las cosas más raras que regalan los diarios y publicaciones. Yo, lo más raro que he visto ha sido un trozo del muro de Berlín. Lo regalaba la SuperPop. En aquel entonces vivía en México y la revista llegaba sólo cada tanto y sin previo aviso. Yo la compraba porque me recordaba mis veranos en España, lo que venía a ser algo apenas diferenciado del Paraíso. En una ocasión, el ejemplar rezaba : Con este número, gratis un trozo del muro de Berlín. Pero a México llegaban sin extras.
Recuerdo haber visto en la televisión las escenas de la caída del muro: la gente subida a la ruinosa pared, las máquinas echándolo abajo.
Estoy leyendo un libro (aunque a nadie le importe, lo informo en la columna de la derecha. Abajo, más abajo...) donde se narra una historia sencilla pero completada con historias de gente que saltó el muro. Pero no esos saltos míticos de personas asfixiadas por el régimen que buscan la libertad apostando incluso la vida. No. Son historias de saltadores de ambas direcciones y con motivos como poder ver un western en el cine cada jueves. Saltadores sólo porque sí. Porque el muro estaba ahí para ser saltado.
Todo lo que el libro narra es definido con respecto a en qué lado está. Las cosas, las calles, los edificios, dejan de ser en sí mismos y pasan a ser otra cosa, pues estar de uno u otro lado del muro era estar en una u otra ciudad, en uno u otro país, en uno u otro mundo.
Y sin embargo.
Y sin embargo el Berlín que yo conozco carece de tales referencias. No tengo ni idea de si la Catedral y sus hermosos jardines eran parte de Berlín Occidental u Oriental. Ni pista de a dónde pertenecía el Bundestag, o la exquisita avenida Unter den Linden. Creo que el barrio de Kreuzberg, donde vive mi amigo C, estaba en el lado Oriental, pero sólo porque lo he leído en algún sitio; estando ahí nada delata este hecho. El hecho de que esa ciudad estaba dividida en dos. Y ahora vuelve a ser una. Lo único que recuerda ese hecho (al menos para el ignorante ojo del viajero) es la huella que el muro ha dejado sobre el suelo de la ciudad, que se aleja serpenteando más allá de donde alcanza la mirada.
Pero en el libro todo gira en torno a las diferencias de uno y otro lado. Incluso nos asegura que hay características físicas entre los pobladores desde las que se puede intuir su residencia.
¿En serio? ¿Y cómo es que yo no noto nada? ¿Cómo es que nada me hace recordar si quiera que la ciudad estaba divida hace muy pocos años? ¿Cómo es que no veo signos de un pasado diferente en una y otra calle, no veo más o menos belleza, más o menos caos? ¿Cómo es que lo único que me recuerda aquel hecho es una cicatriz inabarcable sobre el pavimento?
Berlín es una ciudad hermosa a la que quiero volver para ver a C y la puerta de Ishtar.
No sé cómo pudo sanar de aquel muro. Como pudo reasumirse, recuperarse. Pero si Berlín pudo, no sé, quizá es que sí es posible.

Y, querido C, espero que haya llegado el verano a Berlín.

viernes, 10 de julio de 2009

Yo y mis circunstancias

Yo y mis circunstancias miramos al mundo como de reojo últimamente. No es un reproche ni un castigo, es más bien una duda, una sensación. La de que algo no va bien. La de que yo y mis circunstancias tendríamos que estar más contentas; la de que algo va mal y no nos acabamos de enterar.

Yo y mis circunstancias repasamos nuestros grandes temas uno por uno para encontrar esa pata que cojea. Se nos hace la cabeza un laberinto, una serpiente que se enrosca, una pescadilla que se muerde la cola. Y no encontramos nada. Nada nuevo. Están los asuntos de siempre, los que hemos resuelto, los que estamos resolviendo, los que sabemos que ahora mismo no podemos.

Yo y mis circunstancias sentimos que algo se nos escapa. Nos da por pensar que quizá no se trate de los grandes temas sino de los pequeños asuntos. E intentamos recordarlos, como si hubiera una lista que vamos marcando, este sí, este también. Tampoco ahí hay nada nuevo.

Yo y mis circunstancias nos sentimos un poco perdidas. Como si algo no encajara. Como cuando en un sueño empiezas a preguntarte si estás en un sueño por que hay algo. Algo que no puedes definir. Algo innombrable.

Yo y mis circunstancias sabemos que no hay nada bueno en lo que no se puede nombrar, y nos hartamos a veces de buscar y buscar sin saber qué; pero cuando no buscamos nos desespera la sensación de que algo no está en su lugar.

Aquí ha cambiado algo. Algo se movió de sitio. Y no conseguimos, yo y mis circunstancias, darnos cuenta de lo que es.

Porque, habreis de saber, yo soy yo y mis circunstancias.

lunes, 29 de junio de 2009

Aniversario

En uno de mis blogs favoritos se exponía hace poco la Teoría del depósito de lágrimas. El autor nos explica que su depósito se va llenando internamente con cada suceso llorable y cuando llega al tope, no importa la calidad del suceso que toque en suerte, se desborda.
Yo le explicaba que carezco de depósito de lágrimas alguno, ya que brotan a la mínima provocación. Pero sé que tengo, al menos, un depósito de algo.

No me es fácil hablar de esto. Es un tema que suele generar incomodidad en la gente, no sé si porque se identifican y no les gusta o porque no se reconocen en absoluto y no son capaces de darle crédito.

Hace un tiempo, una amiga bloguera, si me permite llamarla así, hablaba en una entrada de la relación con su madre. Le regaló a ésta un canario naranja que pareció simbolizar un nuevo vehículo para redescubrirse. Me voy a permitir citar la última frase:
"Ésta mañana mi madre me ha llamado por teléfono, hemos hablado mucho, casi una hora.
Se escuchaba cantar al fondo a un pequeño canario naranja".

Llevo toda mi vida buscando ese canario naranja. Nunca me ha sido fácil explicar lo que me pasa con esa relación. No hay gritos, no hay insultos. Es todo tan sutil.
Precisamente por eso pienso en el depósito: cada pequeño gesto de la decepción que le supongo, lo llena un poquito; cada vez que sé que no puedo contarle algo, lo llena un poquito; cada palabra que insinúa la eterna desaprobación que merezco, lo llena un poquito. Hasta que el depósito se desborda y no puedo dejar de sentir esta profunda, primigenia e infantil tristeza.

Hace tanto que intento regalarte un canario naranja, una y otra vez. Y una y otra vez me quedo sin oír su canto. A veces me has ignorado, a veces me has humillado por intentarlo.

Perdóname, pero ya no tengo ganas de intentarlo. Yo te quiero, y claro, tú a mí. Pero necesito desaprender todo lo que me enseñaste: que el mundo es siempre hostil, que no hay nada seguro, que no soy capaz, que me voy a arrepentir, que no me lo merezco, que tengo que ser distinta a lo que soy para que me apruebes. Que todo es condicional. Que reír no es bueno. Que solo las putas fuman y disfrutan de la vida.

Yo te quiero, pero cuando mi depósito se desborda, siento que mi mundo, que tanto me cuesta mantener en su precario equilibrio, se desgaja. Sé que siempre le faltará al menos una pieza al rompecabezas de mi vida. Y creo que necesito seguir construyéndolo reconociendo ese ineludible hueco, y dejar de seguir intentando encajar piezas que no caben, y deforman, y hacen saltar, y descolocan el resto.

Hoy hace treinta y cuatro años que nos conocimos. Hoy me llamaste para felicitarme. Y sonabas tan triste. Tan triste.

Supongo que yo también.

lunes, 22 de junio de 2009

Ya se me pasará

Sensación
(Del lat. sensatĭo, -ōnis).
1.
f. Impresión que las cosas producen por medio de los sentidos.
2.
f. Efecto de sorpresa, generalmente agradable, producido por algo en un grupo de personas.
3.
f. Corazonada o presentimiento de que algo va a suceder.

Sentimiento

1.
m. Acción y efecto de sentir o sentirse.
2.
m. Estado afectivo del ánimo producido por causas que lo impresionan vivamente.
3.
m. Estado del ánimo afligido por un suceso triste o doloroso.

Nunca deja de sorprenderme lo que soy capaz de sentir. No solo me sorprende que sea capaz de sentir ciertas cosas en ciertos momentos por ciertas personas o circunstancias. Me sorprende la complejidad y aparente incoherencia de muchos de esos sentimientos y sensaciones.

Hace meses cité en una entrada a Pablo Neruda ya que, aunque la poesía no es mi fuerte ni Neruda mi favorito, describía mejor de lo que yo podía lo que sentía.

He vencido la tentación de hacer lo mismo ahora con una canción de Pau Donés. Una entrada sólo con su video y a la mierda. Pero es que, sin ofender, me parece como bajar un escalón -cuando menos- después de Neruda. No puedo hacerlo, al menos sin aclarar la extraña atracción que parte de su música ejerce sobre mí, a pesar de mi resistencia a ello. Toma post data musical.

A lo mejor tendría que haberla colgado con la entrada de ayer en lugar de hacerlo hoy en una entrada sin sentido y que no sabe explicar lo que siente.

Bueno, aguantad un segundito, que voy a intentarlo: Es como si me hubiera tragado un lingote de oro que se quedó en el pecho. Está ahí, ni sube ni baja, no me deja respirar bien y por las noches pesa más. Me recuerda que me merezco todas y cada una de las mierdas que tengo encima. La mitad me las busqué y a la otra mitad no hice nada para detenerla. Me pregunto por qué no soy capaz de definir con precisión lo que me hace sentir así. Lo veo ahí, como una maraña nebulosa, pero no lo puedo diseccionar. No con palabras. Es como si te pincharan con un alfiler. Un pinchazo no duele mucho. Puedes aguantar otro y otro (favor de imaginárselos al mismo tiempo). Puedes resistir un rato, pero, chico, llega un punto en que te jode viva. Y entre tanta tontería, cada vez que miro el correo se me encoge el corazón y se me ensancha el lingote. Y leo sus cuatro palabras y se me encoge el corazón y se me ensancha el lingote. Y yo no sabía que iba a sentir eso por leer cuatro palabras. Y tampoco sé si siento eso por tener un lingote atragantado o si esas cuatro palabras son una causa más en la maraña nebulosa, para tener un lingote.

Intento fallido. Tendría que haber colgado sólo el video y a la mierda.

P.D.M. Duerme conmigo, de Pau Donés.

Cielo azul

Es de noche. A las 22:53 cruzaba la puerta de mi casa y aún era un poquito de día. Un azul encendido en el cielo negándose a caer, como regalo en el día más largo del año. Hay días raros. Hay días que a los diez minutos sabes que serán raros. Pero hay días raros que no avisan.

Me gusta poder llorar sin estar profundamente triste.

Sí, hoy llegó el verano. Lo olí a través de una ventanilla de autobús.

La noche más corta no es menos oscura. Y huele a una especie de hierba seca recién cortada y mojada. Suave y fresco, casi dulce.

Un ataque de soledad. Si es que eso existe, es lo que tengo. He abierto las ventanas y cerrado las puertas y he puesto música para que me acompañe y me reitere.
Hay varias, muchas explicaciones, todas verdaderas y ninguna real.

Hace unos días me encontré unos ojos desconocidos. Desconocidos e insistentes. Y yo solo quería mirarlos, mirarlos sin pausas. Sí, fue esa noche en que me di cuenta de que no sé ligar. Me di cuenta porque los dejé ir. Da igual, esos ojos seguramente no tendrían nada que ver con lo que yo imaginé-deseé-intuí de esos ojos.

Se supone que el amor te ayuda a conocerte. Se supone que el amor hace la vida más dulce. Se supone. Yo me creo todas las cosas, sobre todo las que no escribo.

Estoy moderadamente cerca de donde quiero estar. Estoy razonablemente sobre mis pies. Con la brutal avalancha de mis miedos sobre la cabeza, siempre a la espera del ruido necesario para caer.

Abro las ventanas, cierro las puertas y estoy sola. Sola por todos los costados. Los más pueriles y los más sutiles.

Me siento un poco culpable por tener ganas de enamorarme. Como si me fallara a mí misma, como si cayera en un antiguo vicio ya superado. Solo el miedo está a la altura del deseo.

Alguna vez me enamoré y se difuminaron todas mis preocupaciones. Alguna vez me enamoré y me convertí en valiente. Alguna vez me enamoré y el mundo fue mío. Ya no quiero nada de eso. Solo quiero poder mostrarme y poder conocer. Quiero poder confiar y poder desear. Poder arriesgar. Y tener un hombro en el que recargar la cabeza y me ayude un instante, solo un instante a cargar el peso. Y no, no creo que lo necesite. Pero sí, me gustaría. Como un helado de chocolate, justo como un helado de chocolate.

La verdad es que ni siquiera puedo imaginarlo. Quizá sea el miedo, quizá la culpa, o quizá la canción que suena ahora. Quizá sea que pienso que no debería sentirlo o al menos decirlo.

Quizá sea la noche más corta del año.

martes, 16 de junio de 2009

Ni vacaciones ni ligues ni leches

Yo quería escribir una entrada sobre mi triste y viejo ordenador que me ha dejado una semana fuera de servicio.
Quería escribir una entrada contando que ya veremos lo que sale, pero me pinta un verano delicioso por delante gracias a planes, viajes, playas y amigos.
Iba a contar cómo el sábado por la noche me di cuenta a mis treinta y pocos años de que no sé ligar.

Entré en Internet para leer los muchos correos acumulados, para concretar fechas de mi verano, buscar información que necesito, localizar transportes varios, para recrearme en las muchas entradas nuevas de los blogs que sigo.

Los blogs que sigo. Los he contado. Son veintiseis, más un par que no he colgado aun ahí, a la derecha de estas letras, bajo el título Blogs que yo leo. Si no hiciera de esta una entrada aún más aburrida, iría uno por uno explicando por qué los leo y por qué me importan. Con cuáles me siento brutalmente identificada, a cuáles admiro con secreto fanatismo, quiénes me parecen genios, cuáles son mis favoritos.

Escribiría una entrada sobre todo esto, pero ya no. En el blog de Susi me entero de que murió el firmante de otro blog que sigo, Ángel. Supongo que debo decir seguía, un blog que seguía.

Llevo varios minutos pensando qué escribir en esta línea. No lo sé. No voy a hablar del blog de Ángel ni de él mismo. Ni de su perro Xoco. Ni de las extrañas relaciones que se tejen, difusas pero reales, en estas redes.

Hace muchos años, incluso antes de que Internet tuviera el interés que tiene para mí hoy en día, ya decía y sigo diciendo que hay amigos para todo. Yo tengo amigos a quienes no les cuento intimidades, amigos a quienes no veo a menudo, amigos con los que no querría salir de farra. No todos tienen que ser los amigos ideales, aunque hay quien se acerca. Tiene formas muy amplias la amistad y no me importa abusar de ellas. No hay especies de amistad, para mí son amistades, diferentes, curiosas, especiales. Pero de una manera u otra, son. Y sí, siento cariño por gente que no conozco en persona, y me emociono al saber que, por ejemplo, un nuevo y viejo amigo bloguero está enamorado y feliz. No pretendo sobrevalorar un muerto, ni decir de él lo que en vida no fue. Pero creo que se murió un amigo.

Tiendo al drama, así que entiendo si esto resulta exagerado. La verdad es que me ha impactado saber que Ángel ha muerto y siento algo que quizá se llame desazón.

Espero que alguien cuide de Xoco.

Yo, por mi parte, sigo sin creerlo. No es solo por Ángel, es por la muerte. Como de costumbre, solo la evidencia de la ausencia cotidiana me hará caer en la cuenta.

Se ha muerto un bloguero. Es mi primer muerto bloguero. Y eso, creedme, me ha puesto los pelos de punta. Y ni siquiera voy a explicar por qué.

jueves, 4 de junio de 2009

Normal

Lo malo de llevar más de una semana sin entrada es que ahora siento que debo escribir algo que valga la pena -muy alejado a mis costumbres-. Pero esperar a que llegue esa lucidez podría devenir en el cierre de este blog. Total que, como tantas veces, confieso que no sé qué escribir. Si acaso os cuento que soñé que tenía un hijo -un parto sencillo y sin dolor, gracias por preguntar- y cuando iba a ver su cara, era un bolígrafo. Sí, un bolígrafo. Y respiraba. No tenía padre. Yo intentaba recordar pero nadie me venía a la mente.

Estoy acostumbrada a ir a mi aire y hacer lo que me dé la gana con mi tiempo. Ciertos eventos me lo han impedido en los últimos días, y creo que esa es la razón por la que no he escrito. La cabeza dando vueltas y las costumbres alteradas han sido suficientes. Si es que mi equilibrio es siempre frágil.

Esos eventos están cargados de historias rancias que cada tanto reclaman vigencia, irresolubles e inesquivables. Cada vez que hacen presencia me quitan el sueño, me rebosan el mal humor, me recuerdan mis peores y más antiguos miedos. No así esta vez. Son solo un pequeño inconveniente al que intento no dar demasiada importancia. Por ahora. Ya tendré tiempo de desquiciarme.

Yo quiero estar bien. Tengo todo mi empeño puesto en encargarme de mí misma y no estoy dispuesta a que cualquier evento me arranque de mi vida. Porque he tenido ya suficientes años de vida sin raíces y demasiados días en que lo único que me sentía capaz de hacer era respirar y suponer que llegaría otro día. Sé que es muy cool estar fuera de lugar, que la tristeza profunda parece generar inspiración, que una vida tortuosa da mucha sustancia al currículo. Pero yo quiero estar bien.

Veo que la gente vive con toda la naturalidad y no sé si es porque lo tienen todo muy claro o porque no se detienen a pensar en nada. A mi casi todo me cuesta al menos un poco. Y dudo constantemente de asuntos en los que quizá no debería reparar y creo que se me olvida dudar de asuntos en los que más me valdría. Y estoy llena de vicios y de ausencias. Y me replanteo todo el tiempo cuál es el equilibrio entre valorar lo que tengo sin ser conformista e ir en busca de algo sin amargarme. Y cómo lo voy a contar aquí si ni siquiera en mi cabeza tiene un sentido.

Pero todo esto es mi puto reino. Mi reino de vulnerable normalidad pleno de cuentas pendientes y glorias cotidianas.

Normal, normal. Por primera vez en mil años me siento normal.
Y me gusta.

lunes, 25 de mayo de 2009

Alegría de vivir

J es un compañero de trabajo. Solemos tomar café con otros compañeros antes de retomar las labores y a veces también comemos juntos. A algunos de esos otros compañeros J no les cae bien. Yo escucho lo que dicen de él: es muy exagerado, habla por hablar, es superficial. Pero a mí no me molesta. J me parece divertido y buena persona. Para mí eso es mucho. Y como sé que todos tenemos defectos y mierda encima, no me importan demasiado los suyos. El sábado me invitó a comer a casa de una amiga. La amiga no estaba, usamos la casa como un comedero; generalmente lo hacemos en un parque. Pues sería por la intimidad del recinto o porque no nos perdíamos en la pequeña multitud que solemos ser o porque le dio la gana, pero hablamos mucho. Habló él. De su vida. Pero sobre todo hablamos de su enfermedad. Ya nos había contado que tiene un tumor en el cerebro. No le pueden operar por el recoveco donde se encuentra. No es maligno, pero crecerá y afectará funciones vitales. Ya le afecta. J podría tirarse a toda la ciudad en una noche, pero no quiere una relación. Sabe que quien esté al lado suyo sufrirá. Sabe que va a morir mucho antes de lo esperable. Y cuento todo esto sin sensiblería, como me lo contó él. Es su vida y punto. Tiene dos trabajos, una hipoteca que pagar, cargas familiares. Intenta ahorrar para pagar una posible atención médica en el futuro y tiene preparado un coctel farmacéutico para hacer uso de él en caso de que se reduzcan drásticamente sus probabilidades de valerse por sí mismo.
Hay muchos casos así, los hay peores, la vida es como es. J no es estúpido, cuenta todo esto sin lágrimas y sin risas. No quiere conmoverte, solo te cuenta su vida como tú le contarías la tuya.
Cuando volvimos al trabajo por la tarde yo pensaba: Es imposible no sacar una lección de esto, es imposible no preguntarse qué he aprendido.

Por la noche llamé a un amigo y quedé con él para tomar algo. Me calcé una estupenda y divertidísima borrachera, como hace tiempo que no hacía. Y hacía tiempo que lo necesitaba.
Ayer me pareció un buen día para hacerlo.

P.D.M. Alegría de vivir, de Ray Heredia

viernes, 22 de mayo de 2009

Todo el tiempo del mundo

Se despertó y recordó su sueño. Soñó con él. Ya no lo quiere, pero hay tantas cuentas pendientes que el inconsciente no se da por rendido. Soñó una vez más que él le pedía que volvieran a estar juntos. Empezó a soñar esto cuando dejó de quererlo. Supone que cuando el caos era más evidente ni siquiera sus sueños se atrevían a jugarle esa mala pasada. Ha habido de todo. Veces en que lloraba de emoción, veces en que algo no le cuadraba, veces en que sopesaba los pros y contras. Esta noche le dijo que no le parecía buena idea, porque ella nunca podría confiar en él. Y que sus amigos le caían mal. Y que además de todo lo bueno que él podía tener y por lo cuál un día ella se enamoró (además de las fantasías de las que también se enamoró) también podía ser muy cruel y despiadado, un irresponsable en el peor sentido de la palabra y un egoísta en un sentido que hay más allá del peor. Le dijo que no. Le dijo que ella ya no quería estar con él, aunque extrañaba ese sentimiento. Sí que lo extrañaba, sí. Ese deseo de estar con alguien, ese ardor en las venas, ese brillo en el mundo. Le dijo que no y pensó que de todas formas él no la reconocería, que ya no era la misma, que había pasado tiempo y sobre todo, cosas.

Hay mañanas de viernes que parecen madrugadas de sábado. Largas, duras y silenciosas. A solas, siempre a solas. No hay planes, no hay juergas. Los capítulos no se terminan, no se pasa de hoja y los círculos no se cierran. Sólo acumula colillas y remordimientos.

Hoy ella bailó en la ducha. No solo cantó, también bailó. Pero no de alegría, bailó porque sonaba una cumbia y hacía mucho tiempo que no escuchaba ninguna. Y bailó mal, claro, que es la manera en que ella baila.

Se enamoró unas quince veces en lo que va de año. Está enganchada al brillo de los colores que sólo nota cuando tiene ganas de ser de alguien más. Se enamora de las palabras y de las intuiciones. Se enamora de las promesas que sólo ella hace y de las posibilidades. Se enamora sólo un rato y luego sigue caminando.

Pero está un poco harta de las promesas y de las posibilidades. De los sueños y de los remordimientos. Está harta de estar asustada y de que parezca que el mundo la arrastra. Cree que podrá hacer algo con todo esto, ahora, que el fuego se ha apagado. Cree que podrá pero sabe que necesita tiempo, mucho tiempo. Todo el tiempo del mundo.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Horóscopo

Los miércoles compro una revista. No, no es de corazón (esas no las pago, se las robo a mi hermana). Y al final de sus páginas, como no, viene el Horóscopo. Por si hace falta diré que no creo que la conjunción de astros determine mi vida. De hecho no creo que nada determine mi vida (a no ser yo misma, cosa que también dudo) ni en el destino ni nada que se le parezca. Pero lo leo. Me hace gracia cuando aciertan algo y entonces me propongo leer todos los signos para comprobar que en todos adivinarían en algo. Pero me da tanta pereza.
Un día, hace no mucho, me aseguraba que, digamos, un tauro, daría señales de vida. Yo me reí, porque precisamente si quería saber de alguien era de un tauro. Y bueno, que sí, que antes de terminar la semana llamó un tauro. Para lo que sirvió... pero esa es otra historia.
El caso es que esta semana dice: Te pasan por la cabeza mil ideas, a cada cual más rocambolesca. No le tengas miedo a la vida. Una contractura inoportuna te incordiará durante toda la semana. Tu trabajo es un obstáculo para tu vida privada. ¿Qué esperas de esa persona? Deja de darle vueltas y este miércoles pídelo abiertamente. Verás que vas a conseguirlo inmediatamente.

Mil ideas, vale. ¿Miedo a la vida? Pues sí, sí, a veces sí, pero no esta semana más que cualquier otra. Algo parecido a una contractura sí que tengo. ¿Mi trabajo un obstáculo para mi vida privada? Hombre, trabajar los fines de semana es lo que tiene.
Por lo demás, no tengo idea de quien es esa persona. ¿Cómo puedo saber qué espero de ella si no sé quién es? No me dan ni una pista, no sé, su signo o una inicial. Lo que más me fastidia es que se me está agotando el miércoles. Sólo me quedan un par de horas. Y yo estoy perdiendo mi oportunidad de conseguir inmediatamente algo que no sé qué es con alguien que desconozco. Todo por no pedírselo abiertamente. Los minutos pasan. ¿Y si me invento algo? ¿Y si me focalizo en alguien? ¿Y si...?

Ahora es cuando llegan las ideas rocambolescas...

viernes, 15 de mayo de 2009

No he sido yo

Parece ser que ibas caminando por la calle cuando te cagó una paloma en la cabeza. Lo siento, querido, pero esta vez no he tenido nada que ver.

Cuantan que al abrir una puerta te cayó un balde de agua helada encima. Yo no fui.

Te han echado del trabajo, por inútil y tonto. No ha sido mi culpa.

Se ha roto tu estúpida colección de botellas de cerveza. Yo no he estado por ahí.

Sé que te encanta pensar que todo lo que te pasa tiene que ver conmigo, querido, pero yo hace tiempo que te he olvidado.

Por lo visto alguien entró a tu casa y ha robado tu ropa. Soy inocente.

Dicen que tus amigos se han dado cuenta de tu insulsez y ya no te llaman. No sé nada de eso.

Quizá deberías revisar la cuenta de personas a las que también has mentido, engañado, traicionado, herido, maltratado...

En todo caso, querido, no he sido yo.
Lo cual no quiere decir que no me haga gracia.