Qué fácil es equivocarse. Que raro es no arrepentirse. Hace demasiados días que no escribo aquí y es simplemente porque no sabía qué decir. Cuando te quedas sin palabras por una gran sorpresa, algo que no esperabas, algo que no acabas de entender y todo esto sin el factor alegría que algunas hechos del estilo conllevan. Yo soy lenta. Para entender ciertas cosas, soy lenta. Para encajarlas. Los grandes temas me han costado mucho tiempo. Y los pequeños, pues me cuestan un poquito. Pero me cuestan.
El jueves fue un día precioso y estuve en la calle todo el día. Tenía la sensación de que el tiempo se había detenido en mi ciudad. Y escribí en mi mente un post para colgar aquí que hablaba de eso. Y de Sexo en Nueva York y como toda mi educación emocional parece estar reflejada en sus capítulos. Y de cómo las últimas semanas vivo a la par que sus guiones y aunque la serie sea vieja y la haya visto acabar diez veces, me pasa lo mismo que a Carrie. Pero luego ella al final del capítulo tiene un final feliz ¿adivinais quién no?
También iba a hablar en ese post de unas flores preciosas que me compre. Hacía mucho que no lo hacía, me resultan caras para mi actual presupuesto. Me compré el ramo más barato, el del color más bonito, lo arreglé un poco y lo puse en mi habitación. Luego recordé que a Carrie le regalaron las mismas flores hace unos capítulos. Ah, mira, ese sí que acabó mal, sus flores terminaron por el suelo tras un manotazo, y las mías siguen en su florero minimalista.
También iba hablar de que a veces creo que busco el drama. Además de tender naturalmente a él, me parece que a veces me enredo en pequeños dramas que no tendrían que serlo. Y la medida para saber si estoy creando el drama es cuando se lo cuento a mi hermana. Ella, que es mucho más racional que yo, característica que admiro y envidio profundamente, siempre me dice cosas claras y puntuales. No digo que siempre tenga la razón, pero cuando la tiene ¡oh, dios! la tiene. Y esta semana la tuvo. Y de una bocanada de palabras me hizo el favor de quitarme todo el drama que me había colgado encima.
Mi drama en este caso fue asumir culpas que no eran mías. Como si las decisiones de los demás dependieran de mí, de mis actos, de mi pasado, de mi historia, ergo son mi culpa. Drama, drama, drama. Si es mi culpa, sigo siendo el centro de la historia. Pero no lo soy. Ya me gustaría, pero no lo soy. Tu historia es tu historia y la mía es la mía. Tus decisiones son tuyas y nada más. Y sí, quizá prefiero creer que es mi culpa porque así podría hacer algo para cambiar esas decisiones que no entiendo y no me gustan. Pero no, chico, no. Despedirme de la culpa probablemente sea despedirme de mis esperanzas, aceptar mis ganas frustradas, decir un poquito adiós. Pero no es mi culpa.
Así que chao culpa, chao drama. Y bienvenidas las flores. Y el Sexo (en Nueva York).
domingo, 7 de marzo de 2010
viernes, 26 de febrero de 2010
Magia
La verdad es que hace un día raro. Hay temporal. Aunque ahora mismo no llueve. Siempre hablo del clima para no hablar de otras cosas, supongo. Tuve un sueño un poco raro. Algo que creí que me iba a hacer feliz, materializado en el sueño bajo cierta sonrisa de medio lado, no me hacía feliz. Algo que creí que quería, perdía su magia.
Hay unas cuantas cosas de la vida real que podrían caber en esa descripción, ser el origen del sueño, el mensaje escondido. Algo que te hacía ilusión, ahora, ya no te hace. Algo que se supone que tenía que hacerte sentir bien, simplemente ya no.
Túzara, me ha llamado un amigo. Otro me ha dicho que soy cruel conmigo misma. Me gusta que mis amigos me digan esas cosas, por que entonces sé que me conocen. Sé que saben que puedo ser túzara y cruel conmigo misma. Soy muchas cosas y gran parte de ellas contradictorias. Odio cuando mis amigos, y no lo pongo en cursiva porque me da pereza, se creen la parte más obvia de mí. Odio cuando me tienen ahí, a la mano, y no se toman la molestia de indagar mi lado obscuro. Odio cuando se creen a la mujer libre, independiente, sin complejos, culta, divertida, inteligente, interesante que soy a veces y no se toman la molestia de conocer también a la chica asustada, indecisa, herida, confusa que también soy.
Odio que se crean a la mujer estupenda. Sé que es la parte que más muestro, la que verá el chico de los ojos verdes que mira desde el otro lado del bar y el camarero cachondo, y en definitiva la otra no va a mostrarse con cualquiera. Por eso odio cuando alguien se cree a la mujer estupenda y decide quedarse con eso. Supongo que es más fácil no adentrarse más. Pero yo no soy esa. No soy solo esa. Y si te quedas de ese lado, amigo, no sabes quién soy. Si te quedas de ese lado, amigo, no me extraña que se pierda la magia.
Y luego soy yo la que tiene esos sueños.
Hay unas cuantas cosas de la vida real que podrían caber en esa descripción, ser el origen del sueño, el mensaje escondido. Algo que te hacía ilusión, ahora, ya no te hace. Algo que se supone que tenía que hacerte sentir bien, simplemente ya no.
Túzara, me ha llamado un amigo. Otro me ha dicho que soy cruel conmigo misma. Me gusta que mis amigos me digan esas cosas, por que entonces sé que me conocen. Sé que saben que puedo ser túzara y cruel conmigo misma. Soy muchas cosas y gran parte de ellas contradictorias. Odio cuando mis amigos, y no lo pongo en cursiva porque me da pereza, se creen la parte más obvia de mí. Odio cuando me tienen ahí, a la mano, y no se toman la molestia de indagar mi lado obscuro. Odio cuando se creen a la mujer libre, independiente, sin complejos, culta, divertida, inteligente, interesante que soy a veces y no se toman la molestia de conocer también a la chica asustada, indecisa, herida, confusa que también soy.
Odio que se crean a la mujer estupenda. Sé que es la parte que más muestro, la que verá el chico de los ojos verdes que mira desde el otro lado del bar y el camarero cachondo, y en definitiva la otra no va a mostrarse con cualquiera. Por eso odio cuando alguien se cree a la mujer estupenda y decide quedarse con eso. Supongo que es más fácil no adentrarse más. Pero yo no soy esa. No soy solo esa. Y si te quedas de ese lado, amigo, no sabes quién soy. Si te quedas de ese lado, amigo, no me extraña que se pierda la magia.
Y luego soy yo la que tiene esos sueños.
jueves, 25 de febrero de 2010
Granizo
La cosa fue así: tenía media hora antes de entrar al taller. En lugar de tomar otro café, decido caminar hasta el puerto. Llueve un poco, hace mucho viento, me tapo con una gorra ridícula pero efectiva. Camino por un puente de madera hasta un muro, la última frontera antes del mar.
El mar está ahí, con sus olas, su espuma, su olor. Me siento en el muro y enciendo un cigarrillo. Me gusta estar ahí. De pronto la lluvia va aumentando su potencia. Un claro y contundente chaparrón. Yo me quedo en mi sitio, sonriendo. No suelo mojarme, tengo una salud discutible y evito esos riesgos innecesarios (si has crecido con una madre que te dice cada día que si caminas desclaza por la casa te van a tener que operar de la garganta, esas cosas pasan).
En mi muro, mirando el mar, fumando (el pitillo, increíblemente, sobrevive) y de pronto: granizo. Granizo de verdad. El granizo y la niebla, quizá porque en la ciudad en la que me crié eran improbables, siempre me han fascinado. Granizo. Yo ahí, con el mar, en mi muro, fumando y sobre mí, granizo. Sonrío. Ni siquiera hago el amago de irme.
Unos segundos después, para el granizo. Y sale el sol. Era hermoso. Me giré para verlo, para sentirlo en la cara. Y cuando vuelvo la vista al mar, el arcoiris. Yo sonrío, fumo, miro al mar, la lluvia, el granizo, el sol, el arcoiris. Yo sonrío.
A menudo hay tantas palabras que intuyes no son sinceras, palabras que se dicen en lugar de otras, palabras sobre las que quieres preguntar y no te atreves, palabras que no son lo que son, palabras que se corrompen, palabras que nacen muertas, palabras que se alimentan de la confusión, palabras que te suenan a palabras que te suenan.
Y por eso un momento así, tan mudo de palabras, resulta tan grato.
A mí, supongo que no es un secreto, me gustan las palabras.
Pero cierro los ojos y vuelvo al muro, al mar, al viento, a la lluvia, al granizo, al sol, al arcoiris, a mi sonrisa.
Y entonces sólo se me ocurre una cosa, con perdón: a la mierda las palabras.
El mar está ahí, con sus olas, su espuma, su olor. Me siento en el muro y enciendo un cigarrillo. Me gusta estar ahí. De pronto la lluvia va aumentando su potencia. Un claro y contundente chaparrón. Yo me quedo en mi sitio, sonriendo. No suelo mojarme, tengo una salud discutible y evito esos riesgos innecesarios (si has crecido con una madre que te dice cada día que si caminas desclaza por la casa te van a tener que operar de la garganta, esas cosas pasan).
En mi muro, mirando el mar, fumando (el pitillo, increíblemente, sobrevive) y de pronto: granizo. Granizo de verdad. El granizo y la niebla, quizá porque en la ciudad en la que me crié eran improbables, siempre me han fascinado. Granizo. Yo ahí, con el mar, en mi muro, fumando y sobre mí, granizo. Sonrío. Ni siquiera hago el amago de irme.
Unos segundos después, para el granizo. Y sale el sol. Era hermoso. Me giré para verlo, para sentirlo en la cara. Y cuando vuelvo la vista al mar, el arcoiris. Yo sonrío, fumo, miro al mar, la lluvia, el granizo, el sol, el arcoiris. Yo sonrío.
A menudo hay tantas palabras que intuyes no son sinceras, palabras que se dicen en lugar de otras, palabras sobre las que quieres preguntar y no te atreves, palabras que no son lo que son, palabras que se corrompen, palabras que nacen muertas, palabras que se alimentan de la confusión, palabras que te suenan a palabras que te suenan.
Y por eso un momento así, tan mudo de palabras, resulta tan grato.
A mí, supongo que no es un secreto, me gustan las palabras.
Pero cierro los ojos y vuelvo al muro, al mar, al viento, a la lluvia, al granizo, al sol, al arcoiris, a mi sonrisa.
Y entonces sólo se me ocurre una cosa, con perdón: a la mierda las palabras.
viernes, 19 de febrero de 2010
A dormir
Últimamente aquí no hay mayor novedad. Para vosotros, que leeis sin más, no para mí, agonizante entre teclas y copas que parecen no querer irse de mi espíritu. Sí, señores, una vez más, hoy es mi sábado. Y lo he pasado como los últimos, como todos, como si no tuviera memoria ni vergüenza. Sí: del otro lado de la barra.
Tendríais que entenderme. Soy mayor y soy un encanto. Lo que no soy es paciente. Así que tengo que esperar a que venga el jueves por la noche para constatar que no. Que no, y de nuevo no, y que sí pero luego no. Y algo os digo: es peor un SÍ pero luego no, que un no. O quizá no es peor, sólo se hace más largo.
Yo, últimamente, no sé que escribir aquí. Porque, estúpida que soy, dirigí a alguien a estos pagos, y no debí. No debí. Si venía, tenía que ser por voluntad. No debí contarle lo que esto me explicaba, lo que me significaba. No debí. Pero caí y lo hice. Ahora, sí, me arrepiento, porque no sé si viene, si no, si va o vuelve. Bueno, ya sabeis, cosas de chicos.
Y mientras se decide, o me decido, tampoco lo sé, intento distraerme, y no me sale. No me sale lo bien que me salía hace nada. Y me molesta. Porque yo quiero volar y dormir y cantar y bailar y no ser de nadie.
Pero a fin de cuentas, no me sale. No me sale cagarla, no me sale mandarle a la mierda, no me sale contarle que no me sale nada. Y sólo sale ahora porque es mi sábado por la noche. Mi sábado-frustrado-de-pretextos por la noche.
A mí pretextos me sobran. Faltaba más. Y de la más alta calidad. Lo que me faltan son ganas. Ganas de no dormir sola este jueves, y el otro y el otro. Chico, me da igual que trabajes mañana.
Ya está, ya lo he dicho.
Que descanseis. Yo, es que entre una cosa y la otra, lo tengo jodido.
Tendríais que entenderme. Soy mayor y soy un encanto. Lo que no soy es paciente. Así que tengo que esperar a que venga el jueves por la noche para constatar que no. Que no, y de nuevo no, y que sí pero luego no. Y algo os digo: es peor un SÍ pero luego no, que un no. O quizá no es peor, sólo se hace más largo.
Yo, últimamente, no sé que escribir aquí. Porque, estúpida que soy, dirigí a alguien a estos pagos, y no debí. No debí. Si venía, tenía que ser por voluntad. No debí contarle lo que esto me explicaba, lo que me significaba. No debí. Pero caí y lo hice. Ahora, sí, me arrepiento, porque no sé si viene, si no, si va o vuelve. Bueno, ya sabeis, cosas de chicos.
Y mientras se decide, o me decido, tampoco lo sé, intento distraerme, y no me sale. No me sale lo bien que me salía hace nada. Y me molesta. Porque yo quiero volar y dormir y cantar y bailar y no ser de nadie.
Pero a fin de cuentas, no me sale. No me sale cagarla, no me sale mandarle a la mierda, no me sale contarle que no me sale nada. Y sólo sale ahora porque es mi sábado por la noche. Mi sábado-frustrado-de-pretextos por la noche.
A mí pretextos me sobran. Faltaba más. Y de la más alta calidad. Lo que me faltan son ganas. Ganas de no dormir sola este jueves, y el otro y el otro. Chico, me da igual que trabajes mañana.
Ya está, ya lo he dicho.
Que descanseis. Yo, es que entre una cosa y la otra, lo tengo jodido.
lunes, 15 de febrero de 2010
Ojos
Ayer fue un día curioso en el trabajo. Casi no hubo llamadas. La gente estaría en la cama durmiendo el carnaval, supongo, que es justo lo que yo hubiera hecho si pudiera. Me gustan mis compañeros de trabajo y en días así se puede hablar un poco con ellos. Aunque es cierto que yo estaba más dormida que despierta.
No sé por qué, tenía un humor curioso, como el día de trabajo. Ya he hablado de mi problema con la euforia. Ayer tenía suficientes, muchos más que suficientes motivos para estar eufórica. Y no lo estaba. Es verdad que el sueño ayuda, pero no sólo.
No sé qué pasa esta vez, pero no tengo prisa. Al menos no tanta. No tengo euforia. Al menos no tanto. Estoy tranquila, aunque nerviosa. Contenta. Tengo ganas de saber más, de conocer más. Tengo ganas de mirar tranquilamente a los ojos. Es bonito. Me gusta.
Y entre siestas y llamadas pensé que aunque vivas algo con alguien, nunca vives lo mismo.
Da igual a qué punto llegues, siempre llevarás contigo todo aquello que se te ha ido acomodando sobre los hombros durante el camino. Lo que sabes y lo que no.
Da igual si llegas a cierto punto a la vez que alguien más, de la mano de alguien más, con alguien más. Todo lo que se ha acumulado irremediablemente sobre tus hombros y todo lo que el otro haya acumulado, hará que en verdad nunca, nunca, se llegue al mismo punto.
Un día preciso, una hora precisa, un beso preciso. Nunca es el mismo para cada uno.
Y por eso nunca estás seguro de qué piensa el otro, qué quiere el otro. Y supongo que eso es lo que hace las cosas interesantes.
Y por eso te dan ganas de seguir mirando esos ojos.
No sé por qué, tenía un humor curioso, como el día de trabajo. Ya he hablado de mi problema con la euforia. Ayer tenía suficientes, muchos más que suficientes motivos para estar eufórica. Y no lo estaba. Es verdad que el sueño ayuda, pero no sólo.
No sé qué pasa esta vez, pero no tengo prisa. Al menos no tanta. No tengo euforia. Al menos no tanto. Estoy tranquila, aunque nerviosa. Contenta. Tengo ganas de saber más, de conocer más. Tengo ganas de mirar tranquilamente a los ojos. Es bonito. Me gusta.
Y entre siestas y llamadas pensé que aunque vivas algo con alguien, nunca vives lo mismo.
Da igual a qué punto llegues, siempre llevarás contigo todo aquello que se te ha ido acomodando sobre los hombros durante el camino. Lo que sabes y lo que no.
Da igual si llegas a cierto punto a la vez que alguien más, de la mano de alguien más, con alguien más. Todo lo que se ha acumulado irremediablemente sobre tus hombros y todo lo que el otro haya acumulado, hará que en verdad nunca, nunca, se llegue al mismo punto.
Un día preciso, una hora precisa, un beso preciso. Nunca es el mismo para cada uno.
Y por eso nunca estás seguro de qué piensa el otro, qué quiere el otro. Y supongo que eso es lo que hace las cosas interesantes.
Y por eso te dan ganas de seguir mirando esos ojos.
miércoles, 10 de febrero de 2010
El peso de los párpados
Me estoy tomando el segundo café con leche y dios sabe que lo necesito.
Escribo sólo porque físicamente resulta más fácil que leer en estos momentos. Aunque lo que en verdad resultaría fácil sería apoyar el codo en la mesa, la mano en la barbilla y esperar a que la cafeína haga su trabajo.
Se supone que en este blog hablo de mi vida. A veces me pregunto qué entiende de mí la gente que pasa por aquí cada tanto.
Supongo que en este año y medio de blog he ido soltando unos cuantos datos objetivos sobre mí. He dicho que tengo 34 años, que estoy trabajando en algo que no me interesa, que mi jornada laboral actual ocupa mis sábados y domingos. Que hago yoga también lo he dicho.
Que estoy soltera. Single, me llamarían los modernos. Que no tengo claro mi futuro laboral y por tanto tampoco el económico y eso me asusta. Que vivo en Pontevedra y es justo donde quiero estar. Que me crié en México. Que fumo. Que dejé de fumar dos años. Que me gusta cierta música, ciertas canciones que a veces cuelgo aquí. Que me gusta escribir. Que decir me gusta escribir no hace justicia a lo que escribir es realmente para mí. Y que, por tanto, escribo.
Enumeración. Enumeración de hechos objetivos, si es que tal cosa existe.
Me pesan los brazos casi tanto como los párpados.
Hoy, como veis, no tengo ni una pizca de ingenio, ni de retranca, ni de cualquiera que sea la razón por la que a veces pasais por aquí.
Pero bueno, ésta también soy yo. La misma de las dudas, de los dramas existencia-hormonales. De las ganas abruptamente inconclusas. De las revelaciones inútiles. De los esfuerzos divangantes. De las vueltas y revueltas. De las glorias y miserias. De la impaciencia. De las euforias desconfiables y sus resacas insostenibles.
Sueño. Tengo mucho sueño. Me pesan los ojos y los brazos. Me ha salido un post de mierda. Hoy no me importa.
Es que hoy no quepo aquí. No quepo en un blog, no quepo en un folio, no quepo en una canción. A veces ni siquiera quepo en mí. Ni en mis voluntades ni en mis fracasos ni en mis intentos.
Y aún con la escasita capacidad de unir ideas que tengo hoy, sé que eso está bien. Está bien no caber.
Porque entonces sólo se puede seguir.
Y bajo todas las circunstancias, eso es lo único que quiero. De una y otra y otra y otras mil maneras. Pero al final, todo es lo mismo: Seguir.
P.D. Pensaba colgar aquí el vídeo de una canción de los Lunnis que dice: Sueeeeeño, tengo muchísimo sueeeeeño... pero me dio pereza buscarla.
Escribo sólo porque físicamente resulta más fácil que leer en estos momentos. Aunque lo que en verdad resultaría fácil sería apoyar el codo en la mesa, la mano en la barbilla y esperar a que la cafeína haga su trabajo.
Se supone que en este blog hablo de mi vida. A veces me pregunto qué entiende de mí la gente que pasa por aquí cada tanto.
Supongo que en este año y medio de blog he ido soltando unos cuantos datos objetivos sobre mí. He dicho que tengo 34 años, que estoy trabajando en algo que no me interesa, que mi jornada laboral actual ocupa mis sábados y domingos. Que hago yoga también lo he dicho.
Que estoy soltera. Single, me llamarían los modernos. Que no tengo claro mi futuro laboral y por tanto tampoco el económico y eso me asusta. Que vivo en Pontevedra y es justo donde quiero estar. Que me crié en México. Que fumo. Que dejé de fumar dos años. Que me gusta cierta música, ciertas canciones que a veces cuelgo aquí. Que me gusta escribir. Que decir me gusta escribir no hace justicia a lo que escribir es realmente para mí. Y que, por tanto, escribo.
Enumeración. Enumeración de hechos objetivos, si es que tal cosa existe.
Me pesan los brazos casi tanto como los párpados.
Hoy, como veis, no tengo ni una pizca de ingenio, ni de retranca, ni de cualquiera que sea la razón por la que a veces pasais por aquí.
Pero bueno, ésta también soy yo. La misma de las dudas, de los dramas existencia-hormonales. De las ganas abruptamente inconclusas. De las revelaciones inútiles. De los esfuerzos divangantes. De las vueltas y revueltas. De las glorias y miserias. De la impaciencia. De las euforias desconfiables y sus resacas insostenibles.
Sueño. Tengo mucho sueño. Me pesan los ojos y los brazos. Me ha salido un post de mierda. Hoy no me importa.
Es que hoy no quepo aquí. No quepo en un blog, no quepo en un folio, no quepo en una canción. A veces ni siquiera quepo en mí. Ni en mis voluntades ni en mis fracasos ni en mis intentos.
Y aún con la escasita capacidad de unir ideas que tengo hoy, sé que eso está bien. Está bien no caber.
Porque entonces sólo se puede seguir.
Y bajo todas las circunstancias, eso es lo único que quiero. De una y otra y otra y otras mil maneras. Pero al final, todo es lo mismo: Seguir.
P.D. Pensaba colgar aquí el vídeo de una canción de los Lunnis que dice: Sueeeeeño, tengo muchísimo sueeeeeño... pero me dio pereza buscarla.
jueves, 4 de febrero de 2010
Tiempos
Estoy en un taller literario y mi profe ha animado a crear un blog a los que aún no lo tienen. Hablando de eso nos decía que si algo es fundamental es tener una clara estabilidad temporal. Que si actualizo cada día, que si cada semana, que si martes y viernes. Pero siempre la misma. Una cuestión de respeto para los posibles lectores, supongo.
Yo muy constante con eso no soy, procuro actualizar, no sé, un par de veces por semana. La verdad es que el objetivo que me guía no es temporal. Actualizo cuando quiero contar algo. Y no me gusta la sensación de no escribir, digamos, en más de una semana.
La última entrada la escribí hace seis días. Y supongo que para curarme de ese sentimiento que no sé qué es pero no me gusta, estoy escribiendo esto ahora. Para decir que ahora mismo no puedo escribir. Que en cuarenta horas o seis días sentiré otra cosa, pero ahora mismo no puedo.
Y que amo mi blog y me sigue sorprendiendo que la gente pase por aquí, como digo a menudo. Pero que estoy buscando una pequeña cosita que se me perdió y no encuentro. Y no quiero/puedo hablar aquí de ello. Y como soy de hablar de lo que siento, si de lo que siento no quiero/puedo escribir, pues que mejor no escribo.
Solo os lo quería contar.
Nos vemos pronto.
Yo muy constante con eso no soy, procuro actualizar, no sé, un par de veces por semana. La verdad es que el objetivo que me guía no es temporal. Actualizo cuando quiero contar algo. Y no me gusta la sensación de no escribir, digamos, en más de una semana.
La última entrada la escribí hace seis días. Y supongo que para curarme de ese sentimiento que no sé qué es pero no me gusta, estoy escribiendo esto ahora. Para decir que ahora mismo no puedo escribir. Que en cuarenta horas o seis días sentiré otra cosa, pero ahora mismo no puedo.
Y que amo mi blog y me sigue sorprendiendo que la gente pase por aquí, como digo a menudo. Pero que estoy buscando una pequeña cosita que se me perdió y no encuentro. Y no quiero/puedo hablar aquí de ello. Y como soy de hablar de lo que siento, si de lo que siento no quiero/puedo escribir, pues que mejor no escribo.
Solo os lo quería contar.
Nos vemos pronto.
viernes, 29 de enero de 2010
Punto numero uno: sigo sin acentos. Y no tengo ganas de convertirlos en cursivas.
Punto numero dos: son las siete y media de la mañana. La gente de bien se estara levantando. Yo no puedo dormir. Tengo un terrible frio en los pies. Si, digamos que esa es la causa.
Digamos que el terrible frio en los pies es la causa por la cual no puedo dormir. Digamos que es por eso. Digamos que un blog sirve para contar cuando tienes tal frio en los pies que no te deja dormir. Digamos que estas en tu cama y dices "coño, tengo tal frio en los pies que no puedo dormir". Digamos que te levantas y decides que lo unico que puedes hacer es escribir en tu blog para contar el terrible frio en los pies que tienes. Digamos que tu semana ha sido una mierda y lo unico que puedes escribir es que no puedes dormir porque tienes un frio de mierda en los pies.
Digamos que son las siete y media de la mañana e intentas dormir y no puedes. Digamos que siempre que escribes en este blog intentas ser austera y no dejarte llevar. Digamos que disfrazas las situaciones para intentar hacerlas menos dramaticas cada vez que escribes algo. Digamos que son las siete y media de la mañana y como no puedes dormir decides abrir el ordenador para contar que no puedes dormir porque tienes un frio en los pies que te cagas.
Digamos que llevas una semana de mierda. Digamos que las cosas que siempre te hacen sentir bien no te han ayudado. Digamos que odias sentirte así. Digamos que odias entender, suponer, que no tienes control sobre lo que sientes. Digamos que es viernes por la mañana, has vuelto a casa hace un rato y no puedes dormir. Digamos que es porque tienes un terrible frio en los pies.
Digamos que eres una mujer adulta y que se supone que controlas lo que sientes. Digamos que vives sola y te haces cargo de tus gastos y de tu vida. Digamos que no puedes resistirlo, has vuelto a poner esa canción, aunque sean las siete y media de la mañana. Digamos que llevas demasiados días diciendo no importa, mañana sera otro dia.
Digamos que hay cosas que no entiendes. Digamos que hay cosas que entiendes y no quieres entender. Detestas entender. Fragil, borracha, sin acentos. Os reto a encontrar una falta de ortografia en este texto sin contar los acentos y a pesar de los Havana 3 con coca cola light en vaso ancho y con una rodaja de limon.
A veces es simplemente dificil. Dificil. A veces simplemente no encuentro como.
A veces simplemente no puedo.
Simplemente no puedo.
Simplemente, no.
No.
Punto numero dos: son las siete y media de la mañana. La gente de bien se estara levantando. Yo no puedo dormir. Tengo un terrible frio en los pies. Si, digamos que esa es la causa.
Digamos que el terrible frio en los pies es la causa por la cual no puedo dormir. Digamos que es por eso. Digamos que un blog sirve para contar cuando tienes tal frio en los pies que no te deja dormir. Digamos que estas en tu cama y dices "coño, tengo tal frio en los pies que no puedo dormir". Digamos que te levantas y decides que lo unico que puedes hacer es escribir en tu blog para contar el terrible frio en los pies que tienes. Digamos que tu semana ha sido una mierda y lo unico que puedes escribir es que no puedes dormir porque tienes un frio de mierda en los pies.
Digamos que son las siete y media de la mañana e intentas dormir y no puedes. Digamos que siempre que escribes en este blog intentas ser austera y no dejarte llevar. Digamos que disfrazas las situaciones para intentar hacerlas menos dramaticas cada vez que escribes algo. Digamos que son las siete y media de la mañana y como no puedes dormir decides abrir el ordenador para contar que no puedes dormir porque tienes un frio en los pies que te cagas.
Digamos que llevas una semana de mierda. Digamos que las cosas que siempre te hacen sentir bien no te han ayudado. Digamos que odias sentirte así. Digamos que odias entender, suponer, que no tienes control sobre lo que sientes. Digamos que es viernes por la mañana, has vuelto a casa hace un rato y no puedes dormir. Digamos que es porque tienes un terrible frio en los pies.
Digamos que eres una mujer adulta y que se supone que controlas lo que sientes. Digamos que vives sola y te haces cargo de tus gastos y de tu vida. Digamos que no puedes resistirlo, has vuelto a poner esa canción, aunque sean las siete y media de la mañana. Digamos que llevas demasiados días diciendo no importa, mañana sera otro dia.
Digamos que hay cosas que no entiendes. Digamos que hay cosas que entiendes y no quieres entender. Detestas entender. Fragil, borracha, sin acentos. Os reto a encontrar una falta de ortografia en este texto sin contar los acentos y a pesar de los Havana 3 con coca cola light en vaso ancho y con una rodaja de limon.
A veces es simplemente dificil. Dificil. A veces simplemente no encuentro como.
A veces simplemente no puedo.
Simplemente no puedo.
Simplemente, no.
No.
miércoles, 27 de enero de 2010
Parque
Es como una ausencia. Como una distancia. Como si las cosas, el mundo, te pasaran de lado. De reojo. Es como un silencio.
Ayer lleve al parque a mi sobrino M. No habia muchos niños, supongo que por el frio.
Me sente en un banco donde daba un rayo de sol. Desde ahi veia a M montado con otros niños en ese aparato que da vueltas y vueltas.
Yo veia la escena y era eso: una escena. El ultimo y enfermizo rayo de sol de una tarde helada, los niños girando a camara lenta, como la unica excepcion de un mundo que se habia detendio. Y el silencio.
Era la escena de una pelicula sin sonido. Yo, espectadora.
Yo, al margen.
Yo, de lado.
Yo, de reojo.
Yo, el banco, el rayo de sol, el viento frio, los niños girando, el silencio.
Y luego, el mundo.
O no.
Ayer lleve al parque a mi sobrino M. No habia muchos niños, supongo que por el frio.
Me sente en un banco donde daba un rayo de sol. Desde ahi veia a M montado con otros niños en ese aparato que da vueltas y vueltas.
Yo veia la escena y era eso: una escena. El ultimo y enfermizo rayo de sol de una tarde helada, los niños girando a camara lenta, como la unica excepcion de un mundo que se habia detendio. Y el silencio.
Era la escena de una pelicula sin sonido. Yo, espectadora.
Yo, al margen.
Yo, de lado.
Yo, de reojo.
Yo, el banco, el rayo de sol, el viento frio, los niños girando, el silencio.
Y luego, el mundo.
O no.
sábado, 23 de enero de 2010
Acentos
No se que le pasa a mi teclado que no me deja poner acentos. Odio escribir sin ellos. Pero cada vez que intento escribir alguno, salen dos seguidos. As´´i.
Y una cosa es no poner acentos y otra ponerlos dobles y en el lugar equivocado.
Realmente creo que mi teclado esta dandome un mensaje.
Que no se puede, no señor, no se puede perder la capacidad de poner solo un acento y donde corresponde. Que si se pierde esa capacidad, esto es lo que pasa: o te quedas sin acentos o los pones dobles y en el lugar equivocado.
Hoy no pensaba escribir aqui. Pero me fui a esta pagina, a aquella, a la otra y en todo lugar pasa lo mismo. O sin acentos, o dobles y mal puestos. Y me basto un segundo para ver la metafora.
Y crei que aqui no iba a pasar, pero pasa. Por supuesto que pasa. Pasa tambien y sobre todo aqui.
Y uno sabe que esta mal, sabe que no quiere vivir sin acentos. No quiere vivir sin acentos pero tampoco quiere ponerlos en cualquier sitio, de cualquier manera. Y sabe la teoria y se ha jurado que esto no le pasaria pero es justo lo que le pasa, a fin de cuentas, es lo que le pasa, o sin acentos o con ellos mal puestos.
Y de repente entiende que no sabe poner los acentos justos.
No sabe.
Y no sabe que hacer.
Y una cosa es no poner acentos y otra ponerlos dobles y en el lugar equivocado.
Realmente creo que mi teclado esta dandome un mensaje.
Que no se puede, no señor, no se puede perder la capacidad de poner solo un acento y donde corresponde. Que si se pierde esa capacidad, esto es lo que pasa: o te quedas sin acentos o los pones dobles y en el lugar equivocado.
Hoy no pensaba escribir aqui. Pero me fui a esta pagina, a aquella, a la otra y en todo lugar pasa lo mismo. O sin acentos, o dobles y mal puestos. Y me basto un segundo para ver la metafora.
Y crei que aqui no iba a pasar, pero pasa. Por supuesto que pasa. Pasa tambien y sobre todo aqui.
Y uno sabe que esta mal, sabe que no quiere vivir sin acentos. No quiere vivir sin acentos pero tampoco quiere ponerlos en cualquier sitio, de cualquier manera. Y sabe la teoria y se ha jurado que esto no le pasaria pero es justo lo que le pasa, a fin de cuentas, es lo que le pasa, o sin acentos o con ellos mal puestos.
Y de repente entiende que no sabe poner los acentos justos.
No sabe.
Y no sabe que hacer.
lunes, 18 de enero de 2010
Patria
Por diversas circunstancias de la vida, la casa de mis abuelos se ha quedado vacía. Primero se fueron ellos, ahora los demás. Hoy he ido a cerrarla.
He ido a cerrarla y he visto la ameixeira, por la que trepaba de niña, talada. He visto la fruta de los árboles sobre tierra de lo que solía ser la huerta y hoy es un trozo de suelo cubierto de malas hierbas.
Cuando se quedan vacías las casas se mueren. No importa que cada tanto alguien vaya a limpiar el polvo y abrir las ventanas. Se mueren.
Para mí, la patria solía ser un concepto complejo. Nací y crecí en un lugar que me resultaba ajeno. Era extranjera en mi barrio y en mi colegio. Hace mucho tiempo entendí, o quizá decidí que mi patria eran unos cuantos metros cuadrados en la casa de mis abuelos.
Hoy he cerrado la casa. Ahí se queda el huerto alrededor del cual paseé con mi abuelo por última vez. Se quedan los catres y sofá-cama donde dormíamos, apelotonadas con mis primas en vacaciones. Se quedan los gatitos de nadie que hicieron de la finca su reino. Se queda el oscuro garage donde temía encontrar un ratón cada vez que entraba por una coca cola. Se quedan enterradas en la tierra las colillas de los cigarrillos prohibidos. Se quedan las comidas en familia y las tardes de tele y se queda Simbad el Marino, releído cada verano.
Se queda, quizás, la infancia y los interminables días de verano.
Supongo que debería madurar y hacerme un adulto de una puta vez. Y así tomarme las cosas con más naturalidad y menos drama.
Supongo que debería.
Pero ya me conocéis.
He ido a cerrarla y he visto la ameixeira, por la que trepaba de niña, talada. He visto la fruta de los árboles sobre tierra de lo que solía ser la huerta y hoy es un trozo de suelo cubierto de malas hierbas.
Cuando se quedan vacías las casas se mueren. No importa que cada tanto alguien vaya a limpiar el polvo y abrir las ventanas. Se mueren.
Para mí, la patria solía ser un concepto complejo. Nací y crecí en un lugar que me resultaba ajeno. Era extranjera en mi barrio y en mi colegio. Hace mucho tiempo entendí, o quizá decidí que mi patria eran unos cuantos metros cuadrados en la casa de mis abuelos.
Hoy he cerrado la casa. Ahí se queda el huerto alrededor del cual paseé con mi abuelo por última vez. Se quedan los catres y sofá-cama donde dormíamos, apelotonadas con mis primas en vacaciones. Se quedan los gatitos de nadie que hicieron de la finca su reino. Se queda el oscuro garage donde temía encontrar un ratón cada vez que entraba por una coca cola. Se quedan enterradas en la tierra las colillas de los cigarrillos prohibidos. Se quedan las comidas en familia y las tardes de tele y se queda Simbad el Marino, releído cada verano.
Se queda, quizás, la infancia y los interminables días de verano.
Supongo que debería madurar y hacerme un adulto de una puta vez. Y así tomarme las cosas con más naturalidad y menos drama.
Supongo que debería.
Pero ya me conocéis.
Concentración
Hoy abrí ya esta página para la creación de entradas (madre mía, suena eso como si construyera robotes asesinos) unas seis veces. Escribo una línea, media, lo cierro, vuelvo más tarde. Y así y así. Los domingos llego tarde del trabajo a casa y me siento tan libre de tener cinco días por delante. Y suele apetecerme escribir aquí. Sí, y hoy también, pero. Pero, pero, pero, qué de peros me rodean.
Pero. Vale, la cuestión es que no quiero hablar de mí. Así que hablaré de otra cosa.
En el café de hoy leí un artículo de Punset donde habla de pautas para ser feliz.
Rectifico: habla de pautas para ser feliz. O habla de pautas para ser feliz. Mejor así.
Dice que hay un consenso que va desde Buda hasta los neurólogos de hoy en día. (Estoy recordando que mañana por la mañana tendría que escribir el postergadísimo relato del taller. Debería irme a la cama y despertarme temprano pero ya sé que no voy a dormir). Dice que las dos recetas más importantes para ser feliz son la recta atención y la recta concentración (y yo lo leo y sólo puedo pensar en La recta intención de Andrés Barba y en cómo se puede ser tan guapo y tan buen escritor al mismo tiempo). Atención y concentración. Dice que es preciso esforzarse mucho en algo y dejarse embriagar por ello. Un deporte, un gran amor, una profesión. Eso dice Punset.
Atención y concentración. Eso puede explicar algunas cosas.
Puede que esté luchando contra el enemigo equivocado. Os dejo con esa canción. Juraría que ya la he colgado aquí, pero no sé. Son cosas que pasan por no poner la suficiente atención.
Menos mal que hoy no hablaba de mí.
El enemigo equivocado, Le Punk.
Pero. Vale, la cuestión es que no quiero hablar de mí. Así que hablaré de otra cosa.
En el café de hoy leí un artículo de Punset donde habla de pautas para ser feliz.
Rectifico: habla de pautas para ser feliz. O habla de pautas para ser feliz. Mejor así.
Dice que hay un consenso que va desde Buda hasta los neurólogos de hoy en día. (Estoy recordando que mañana por la mañana tendría que escribir el postergadísimo relato del taller. Debería irme a la cama y despertarme temprano pero ya sé que no voy a dormir). Dice que las dos recetas más importantes para ser feliz son la recta atención y la recta concentración (y yo lo leo y sólo puedo pensar en La recta intención de Andrés Barba y en cómo se puede ser tan guapo y tan buen escritor al mismo tiempo). Atención y concentración. Dice que es preciso esforzarse mucho en algo y dejarse embriagar por ello. Un deporte, un gran amor, una profesión. Eso dice Punset.
Atención y concentración. Eso puede explicar algunas cosas.
Puede que esté luchando contra el enemigo equivocado. Os dejo con esa canción. Juraría que ya la he colgado aquí, pero no sé. Son cosas que pasan por no poner la suficiente atención.
Menos mal que hoy no hablaba de mí.
El enemigo equivocado, Le Punk.
viernes, 15 de enero de 2010
Hoy
He venido a tomarme un café y terminar un relato que entrego el lunes en un taller. Pero me olvidé de la libreta. Así que leo, Poesía, de Miguel Hernández.
Hoy me desperté un poco triste. Hay varias posibles razones. Uno, las hormonas. Oh sí, ha llegado ese momento del mes. Dos, los chupitos de ayer. Los odio, odio los chupitos. Tres, la euforia.
Sí, intenté controlarla, intenté distraerla. Y no me salió tan mal. Al menos salió mejor que de costumbre. Pero no fue suficiente. Ya lo había advertido, la euforia siempre termina así: en tristeza.
Hoy me desperté un poco triste, por todo, por nada. Por ser yo y por no serlo. Por querer y por no querer. Por desear. Como tantas veces desde que escribo este blog, hoy también tengo un agujerito en el pecho. Por eso leo a Miguel Hernández y escribo esto en un folio que tuve que pedir en la barra.
Sé lo que quiero hoy: un amigo. Para abrazarle y que me deje llorar. Siempre funciona.
Una vez me puse muy triste y me quedé sin nada. Me puse muy triste y me quedé sola. Sola de mí. Me puse muy triste y me quedé sin saber quién era. Nunca estuve tan sola.
Hoy me desperté un poco triste. Pero me tengo a mí. Por eso leo a Miguel Hernández y escribo esto. Porque es lo que tengo, porque es lo que soy.
Feliz fin de semana.
Hoy me desperté un poco triste. Hay varias posibles razones. Uno, las hormonas. Oh sí, ha llegado ese momento del mes. Dos, los chupitos de ayer. Los odio, odio los chupitos. Tres, la euforia.
Sí, intenté controlarla, intenté distraerla. Y no me salió tan mal. Al menos salió mejor que de costumbre. Pero no fue suficiente. Ya lo había advertido, la euforia siempre termina así: en tristeza.
Hoy me desperté un poco triste, por todo, por nada. Por ser yo y por no serlo. Por querer y por no querer. Por desear. Como tantas veces desde que escribo este blog, hoy también tengo un agujerito en el pecho. Por eso leo a Miguel Hernández y escribo esto en un folio que tuve que pedir en la barra.
Sé lo que quiero hoy: un amigo. Para abrazarle y que me deje llorar. Siempre funciona.
Una vez me puse muy triste y me quedé sin nada. Me puse muy triste y me quedé sola. Sola de mí. Me puse muy triste y me quedé sin saber quién era. Nunca estuve tan sola.
Hoy me desperté un poco triste. Pero me tengo a mí. Por eso leo a Miguel Hernández y escribo esto. Porque es lo que tengo, porque es lo que soy.
Feliz fin de semana.
martes, 12 de enero de 2010
Cincuenta contra uno
¿Alguna vez os ha pasado que queréis escribir una entrada pero no podéis concentraros?
¿Alguna vez os ha pasado que las imágenes dan vueltas en vuestras cabezas como si fuera un ataque en plena batalla, sólo que no duele, no duele, sino lo contrario?
¿Alguna vez os ha pasado que te miras en el espejo sin querer y notas que tienes aún esa sonrisita tonta?
¿Alguna vez os ha pasado que ganas una apuesta arriesgada que se pagaba cincuenta a uno y no podéis pensar otra cosa que volver a apostar?
¿Alguna vez os ha pasado que queréis escribir una entrada pero no podéis concentraros?
Vasos vacíos, Andrés Calamaro.
¿Alguna vez os ha pasado que las imágenes dan vueltas en vuestras cabezas como si fuera un ataque en plena batalla, sólo que no duele, no duele, sino lo contrario?
¿Alguna vez os ha pasado que te miras en el espejo sin querer y notas que tienes aún esa sonrisita tonta?
¿Alguna vez os ha pasado que ganas una apuesta arriesgada que se pagaba cincuenta a uno y no podéis pensar otra cosa que volver a apostar?
¿Alguna vez os ha pasado que queréis escribir una entrada pero no podéis concentraros?
Vasos vacíos, Andrés Calamaro.
sábado, 9 de enero de 2010
Lo mejor de las vacaciones
Lo mejor de las vacaciones:
-Volver a casa a la hora en que tendría que estar saliendo para ir a currar.
-Mirar el horizonte y ver que empieza a amanecer a lo lejos y pensar que te importa una mierda porque te vas a dormir.
-No poder comprar tabaco porque sólo te queda un billete y es grande.
-No poder coger un taxi a casa porque sólo te queda un billete y es grande.
-Ponerte la bufanda sobre las orejas y la cara para soportar el frío del camino a casa y al respirar notar que huele a... ¿él?
-Reírte, mientras caminas congelada de camino a casa, de lo bobo que es él y todos los él del mundo.
-Despertar, comer, entrar a internet, colgar esta entrada, darme un ducha y... ¡empezamos de nuevo!
Por una vez, sin ironía, feliz fin de semana.
-Volver a casa a la hora en que tendría que estar saliendo para ir a currar.
-Mirar el horizonte y ver que empieza a amanecer a lo lejos y pensar que te importa una mierda porque te vas a dormir.
-No poder comprar tabaco porque sólo te queda un billete y es grande.
-No poder coger un taxi a casa porque sólo te queda un billete y es grande.
-Ponerte la bufanda sobre las orejas y la cara para soportar el frío del camino a casa y al respirar notar que huele a... ¿él?
-Reírte, mientras caminas congelada de camino a casa, de lo bobo que es él y todos los él del mundo.
-Despertar, comer, entrar a internet, colgar esta entrada, darme un ducha y... ¡empezamos de nuevo!
Por una vez, sin ironía, feliz fin de semana.
lunes, 4 de enero de 2010
Vacaciones
En el curro me han dado vacaciones. Te las asignan cuando le apetece a la gente de turnos y o bien te las tomas o bien te metes en un remolino tempestuoso de trámites y papeleos para intentar ponerlas cuando te vengan bien y al final se quedan como están, y te las tomas.
Bueno, yo iba a hablar del trabajo, pero ahora mismo no me sale. Y cuando a esta chica no le sale algo, se pone música y deja que salga, que salga, lo que sea. Pero del trabajo no va a ser. Pausa. Música. Allá vamos.
Yo tengo la firme convicción de que lo que más importa y fragua nuestra vida es cómo nos tomamos lo que pasa. Lo que pasa y nos pasa. Sobre lo que sucede no siempre tenemos posibilidades de actuar, pero sobre cómo reaccionamos, sí, siempre.
Claro que, a veces, parece nublarse ese entendimiento. Y da la impresión de que no, que si algo está ahí y pretende dominarnos, no se puede hacer mucho, o nada. Pero yo creo que sí. Aunque a veces cuesta, sí señor.
La última vez que la gente de turnos me asignó vacaciones se sumaron una serie de acontecimientos jodidos. Y por más de uno, me dejé dominar más de la cuenta. Sí, de los errores se aprende, aunque a menudo no tan rápido cómo quisiéramos. Y así, haciendo resumen, me estropeé las vacaciones.
Eso de dejarme llevar es una antigua costumbre contra la que lucho, que me envuelve, cuando me dejo, en una vorágine eufórico-depresiva, que me hace pupa, me desequilibra, y de la que luego recojo malamente los pedazos.
Ansío mucho mis vacaciones porque, sé que suena mal pero detesto mi trabajo. Sí, tiene algunas cosas buenas, como cobrar y tal. Pero no me gusta. Y estas vacaciones no las quiero desperdiciar.
Así que mañana por la mañana (si no se rompe la noche) me voy al sitio de los cruasanes ricos con mi libreta a escribir ese cuento que tengo pendiente. Más tarde iré a la biblioteca. Puede que vaya al cine. Saldré por la noche el cinco de enero y podré disfrutar, así, sin comillas, la resaca del miércoles. Veré a mis sobrinos abrir sus regalos. Recibiré alguno. Escucharé música. Invitaré a una amiga a tomar un café. Me iré de cena con mis compañeros.
Las cosas no siempre resultan como queremos, eso ya se sabe. Pero de esta vorágine eufórica-depresiva voy a pasar, si a nadie le importa. Lo intentaré al menos con bastante paciencia y tiempo. Mientras haya libros, películas, sobrinos, vacaciones.
Vacaciones de veraaaaano... ¿qué? ¿que viene un temporal, bajan las temperaturas e igual nieva a nivel del mar? Eh... bueno, pues vacaciones de invierno. Vacaciones de antiguas costumbres. Pero vacaciones.
Bueno, yo iba a hablar del trabajo, pero ahora mismo no me sale. Y cuando a esta chica no le sale algo, se pone música y deja que salga, que salga, lo que sea. Pero del trabajo no va a ser. Pausa. Música. Allá vamos.
Yo tengo la firme convicción de que lo que más importa y fragua nuestra vida es cómo nos tomamos lo que pasa. Lo que pasa y nos pasa. Sobre lo que sucede no siempre tenemos posibilidades de actuar, pero sobre cómo reaccionamos, sí, siempre.
Claro que, a veces, parece nublarse ese entendimiento. Y da la impresión de que no, que si algo está ahí y pretende dominarnos, no se puede hacer mucho, o nada. Pero yo creo que sí. Aunque a veces cuesta, sí señor.
La última vez que la gente de turnos me asignó vacaciones se sumaron una serie de acontecimientos jodidos. Y por más de uno, me dejé dominar más de la cuenta. Sí, de los errores se aprende, aunque a menudo no tan rápido cómo quisiéramos. Y así, haciendo resumen, me estropeé las vacaciones.
Eso de dejarme llevar es una antigua costumbre contra la que lucho, que me envuelve, cuando me dejo, en una vorágine eufórico-depresiva, que me hace pupa, me desequilibra, y de la que luego recojo malamente los pedazos.
Ansío mucho mis vacaciones porque, sé que suena mal pero detesto mi trabajo. Sí, tiene algunas cosas buenas, como cobrar y tal. Pero no me gusta. Y estas vacaciones no las quiero desperdiciar.
Así que mañana por la mañana (si no se rompe la noche) me voy al sitio de los cruasanes ricos con mi libreta a escribir ese cuento que tengo pendiente. Más tarde iré a la biblioteca. Puede que vaya al cine. Saldré por la noche el cinco de enero y podré disfrutar, así, sin comillas, la resaca del miércoles. Veré a mis sobrinos abrir sus regalos. Recibiré alguno. Escucharé música. Invitaré a una amiga a tomar un café. Me iré de cena con mis compañeros.
Las cosas no siempre resultan como queremos, eso ya se sabe. Pero de esta vorágine eufórica-depresiva voy a pasar, si a nadie le importa. Lo intentaré al menos con bastante paciencia y tiempo. Mientras haya libros, películas, sobrinos, vacaciones.
Vacaciones de veraaaaano... ¿qué? ¿que viene un temporal, bajan las temperaturas e igual nieva a nivel del mar? Eh... bueno, pues vacaciones de invierno. Vacaciones de antiguas costumbres. Pero vacaciones.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Las uvas
Desde la última entrada publicada he escrito varias, pero no he podido colgarlas. Hace una semana os deseaba una feliz cena y os contaba que no me interesa en absoluto la celebración del 24 y 25 de diciembre pero que tratándose de comida, regalos, días libres, brindis y fiesta, me apunto encantada.
Nochevieja es otra historia. Sé que cambiar de año no es más que una convención y que nada es nuevo ni comienza en realidad al día siguiente. Pero un festejo como este me parece necesario y tan pagano que da gusto.
Me parece adecuado celebrar la renovación. O su posibilidad. Y, en mi caso, me parece adecuado celebrarlo junto a la gente que más me importa en el mundo. Al menos, una buena parte de ella.
No hago propósitos de año nuevo, pero sí pido deseos con cada uva. No son distintos de los que pueda tener cada día, para mí, para mi familia y para mis muy muy pocos y muy muy buenos amigos. Pero no todos los días esos deseos se hacen conscientes y mucho menos verbales. Y me parece bien que haya un día en que sí lo son.
Hace trescientos sesenta y cinco días escribí la primer entrada del año hablando sobre el dios romano Jano, que tiene dos caras para poder mirar hacia adelante y hacia atrás, dios de comienzos, finales y cambios. Quien haya tenido la paciencia de leer este blog sabrá que se me ha llenado este año de miedos, de culpas, de luchas, de rendiciones, de euforias, de alegrías, de dudas, de ganas. Vuelvo a invocar a Jano ahora, al traspasar de nuevo el umbral.
Este año he vivido. Tengo la sensación curiosa y un poco cinematográfica de que este ha sido el primer año del resto de mi vida.
Este año he cosechado y también he recogido frutos, algunos inesperados. Me he preguntado, me he perdonado, me he escuchado, me he cuestionado. Nunca me he sentido más yo. Nunca me he sentido más libre. Y nunca me he gustado tanto. A pesar de todo.
Este año he viajado mucho. Un par de veces, por el mundo, y la mayoría por mí misma. He visto paisajes nuevos y he podido ver los de siempre con ojos renovados.
He sabido decir no. He sentido el calor del cariño. He ido a un funeral triste y absurdo. He brindado con mis amigos presentes y por mis amigos ausentes. He mirado de reojo la mínima esencia de lo que, hoy y aquí, quiero. He llorado. Me he equivocado. He saldado sin ganadores algunas cuentas pendientes.
Este año he vivido. Solo quiero seguir haciéndolo.
Hoy, una uva será por vosotros. Porque me sigue pareciendo increíble que alguien decida pasar por aquí cada tanto.
Gracias. Y feliz año nuevo.
Nochevieja es otra historia. Sé que cambiar de año no es más que una convención y que nada es nuevo ni comienza en realidad al día siguiente. Pero un festejo como este me parece necesario y tan pagano que da gusto.
Me parece adecuado celebrar la renovación. O su posibilidad. Y, en mi caso, me parece adecuado celebrarlo junto a la gente que más me importa en el mundo. Al menos, una buena parte de ella.
No hago propósitos de año nuevo, pero sí pido deseos con cada uva. No son distintos de los que pueda tener cada día, para mí, para mi familia y para mis muy muy pocos y muy muy buenos amigos. Pero no todos los días esos deseos se hacen conscientes y mucho menos verbales. Y me parece bien que haya un día en que sí lo son.
Hace trescientos sesenta y cinco días escribí la primer entrada del año hablando sobre el dios romano Jano, que tiene dos caras para poder mirar hacia adelante y hacia atrás, dios de comienzos, finales y cambios. Quien haya tenido la paciencia de leer este blog sabrá que se me ha llenado este año de miedos, de culpas, de luchas, de rendiciones, de euforias, de alegrías, de dudas, de ganas. Vuelvo a invocar a Jano ahora, al traspasar de nuevo el umbral.
Este año he vivido. Tengo la sensación curiosa y un poco cinematográfica de que este ha sido el primer año del resto de mi vida.
Este año he cosechado y también he recogido frutos, algunos inesperados. Me he preguntado, me he perdonado, me he escuchado, me he cuestionado. Nunca me he sentido más yo. Nunca me he sentido más libre. Y nunca me he gustado tanto. A pesar de todo.
Este año he viajado mucho. Un par de veces, por el mundo, y la mayoría por mí misma. He visto paisajes nuevos y he podido ver los de siempre con ojos renovados.
He sabido decir no. He sentido el calor del cariño. He ido a un funeral triste y absurdo. He brindado con mis amigos presentes y por mis amigos ausentes. He mirado de reojo la mínima esencia de lo que, hoy y aquí, quiero. He llorado. Me he equivocado. He saldado sin ganadores algunas cuentas pendientes.
Este año he vivido. Solo quiero seguir haciéndolo.
Hoy, una uva será por vosotros. Porque me sigue pareciendo increíble que alguien decida pasar por aquí cada tanto.
Gracias. Y feliz año nuevo.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Poderosa
Como la última entrega me quedó en plan novela de folletín, espere usted la próxima entrada, hablaré del sábado noche.
Para mí, una noche estupenda, es-tu-pen-da, entre amigas. Pero, sobre el asunto cincuenta a uno no pude resolver nada. Que no es que me haya acobardado, sino que no pude, sonrisa de medio lado y yo no coincidimos en el espacio, vamos, que sólo le vi un segundo por la espalda.
Ya habrá otras noches, para sonrisa de medio lado y para todo lo demás. Entre los amables comentarios a la entrada anterior (gracias, gracias, gracias) mi querida Merce dijo que tomar la decisión de arriesgar te hace poderosa y es en sí un logro. Poderosa. Esa es la palabra.
Me siento bien. Los horas previas al no encuentro fueron muy divertidas. Ese cosquilleo no tiene precio. Pero cosquilleos, sonrisas, encuentros, son accesorios. Sí señor.
Heme aquí con un dolor de garganta de aúpa, toses varias, estornudos y de más. Heme aquí. Prefiero muchas cosas. Prefiero las sonrisas de medio lado, prefiero las sonrisas en general, prefiero las noches de amigas, prefiero los sábados noche, prefiero el calor, prefiero el mar, prefiero el sol. Pero sólo lo prefiero, no lo necesito. No lo necesito para ser. Lo prefiero e intentaré tenerlo cerca. Sin duda. Pero no lo necesito. La diferencia, si bien sutil, es fundamental.
Lo único que necesito está aquí, encerrado en un cuerpecillo petit que hoy tiene un dolor de garganta de aúpa. Dispuesta a apostar y también a pasar de todo. A renunciar y a arriesgar. Dispuesta a cuestionar y a sentir. Poderosa.
Poderosa.
Nos vemos los sábados por la noche. Todos los sábados por la noche.
Valiente, Vetusta Morla.
"No perdí, no perdí, porque ser valiente no es sólo cuestión de verte". Qué majetes estos chicos.
Para mí, una noche estupenda, es-tu-pen-da, entre amigas. Pero, sobre el asunto cincuenta a uno no pude resolver nada. Que no es que me haya acobardado, sino que no pude, sonrisa de medio lado y yo no coincidimos en el espacio, vamos, que sólo le vi un segundo por la espalda.
Ya habrá otras noches, para sonrisa de medio lado y para todo lo demás. Entre los amables comentarios a la entrada anterior (gracias, gracias, gracias) mi querida Merce dijo que tomar la decisión de arriesgar te hace poderosa y es en sí un logro. Poderosa. Esa es la palabra.
Me siento bien. Los horas previas al no encuentro fueron muy divertidas. Ese cosquilleo no tiene precio. Pero cosquilleos, sonrisas, encuentros, son accesorios. Sí señor.
Heme aquí con un dolor de garganta de aúpa, toses varias, estornudos y de más. Heme aquí. Prefiero muchas cosas. Prefiero las sonrisas de medio lado, prefiero las sonrisas en general, prefiero las noches de amigas, prefiero los sábados noche, prefiero el calor, prefiero el mar, prefiero el sol. Pero sólo lo prefiero, no lo necesito. No lo necesito para ser. Lo prefiero e intentaré tenerlo cerca. Sin duda. Pero no lo necesito. La diferencia, si bien sutil, es fundamental.
Lo único que necesito está aquí, encerrado en un cuerpecillo petit que hoy tiene un dolor de garganta de aúpa. Dispuesta a apostar y también a pasar de todo. A renunciar y a arriesgar. Dispuesta a cuestionar y a sentir. Poderosa.
Poderosa.
Nos vemos los sábados por la noche. Todos los sábados por la noche.
Valiente, Vetusta Morla.
"No perdí, no perdí, porque ser valiente no es sólo cuestión de verte". Qué majetes estos chicos.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Apuesta
Me dijo hace poco una amiga, muy reflexiva ella, que para conseguir algo que nunca has tenido, quizás debas hacer algo que nunca has hecho.
Me acordé de eso el sábado por la noche.
Muchos campos de la vida se guían por rutinas o patrones, la mayoría de ellos inconscientes. Cada tanto y por diversos motivos aparecen campos, situaciones nuevas, a las que no se está acostumbrado y que no se sabe cómo manejar. Y no digo que a los viejos campos sí se sepa cómo, pero en ellos se siente al menos la comodidad de la experiencia, cosa que no nos libera de equivocarnos, por cierto y faltaba más.
Pero en los nuevos uno tiene que buscar su manera, pensar hasta dónde se quiere llegar, cuáles son los costes, qué se está dispuesto a arriesgar.
Sábado por la noche. Para conseguir algo que nunca has tenido, quizás debas hacer algo que nunca has hecho.
Uno piensa en el peor de los escenarios. Los de siempre, ya saben, el fracaso, el rechazo. Con suerte no mencionamos la humillación pública.
Y como cuando se escoge un mal caballo, te das cuenta que las apuestas están en cincuenta a uno.
Cincuenta probabilidades del peor escenario contra una que ni siquiera sabes qué es.
Y uno sabe que cincuenta contra uno no es un buen pronóstico.
Pero si el uno tiene esa sonrisa de medio lado, te hace plantearte esas cincuenta.
Cincuenta contra uno es una apuesta arriesgada. Pero quizá sea hora de hacer algo que nunca he hecho.
Cincuenta contra uno. Nos vemos este sábado.
Me acordé de eso el sábado por la noche.
Muchos campos de la vida se guían por rutinas o patrones, la mayoría de ellos inconscientes. Cada tanto y por diversos motivos aparecen campos, situaciones nuevas, a las que no se está acostumbrado y que no se sabe cómo manejar. Y no digo que a los viejos campos sí se sepa cómo, pero en ellos se siente al menos la comodidad de la experiencia, cosa que no nos libera de equivocarnos, por cierto y faltaba más.
Pero en los nuevos uno tiene que buscar su manera, pensar hasta dónde se quiere llegar, cuáles son los costes, qué se está dispuesto a arriesgar.
Sábado por la noche. Para conseguir algo que nunca has tenido, quizás debas hacer algo que nunca has hecho.
Uno piensa en el peor de los escenarios. Los de siempre, ya saben, el fracaso, el rechazo. Con suerte no mencionamos la humillación pública.
Y como cuando se escoge un mal caballo, te das cuenta que las apuestas están en cincuenta a uno.
Cincuenta probabilidades del peor escenario contra una que ni siquiera sabes qué es.
Y uno sabe que cincuenta contra uno no es un buen pronóstico.
Pero si el uno tiene esa sonrisa de medio lado, te hace plantearte esas cincuenta.
Cincuenta contra uno es una apuesta arriesgada. Pero quizá sea hora de hacer algo que nunca he hecho.
Cincuenta contra uno. Nos vemos este sábado.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Un par de metros
Hoy por la madrugada se ha despertado al escuchar un grito. La habitación a obscuras, el sueño que se escapa. Otro grito. Éste, ahogado. Ahora reconoce de dónde provienen. El piso de arriba. La habitación que está justo encima de su habitación. Ese recinto de donde provienen ruidos vagos y no del todo definidos casi todas las noches. Casi siempre el agua que corre en el baño, el teléfono que suena, algunas conversaciones donde no se acaban de distinguir palabras (a menos que haya gritos, que alguna vez sucede), también la televisión cada tanto y una vez, sólo una pero inolvidable, un polvazo maratoniano.
Esta noche la despierta un grito ahogado. Una palabra, dos. Venga, no. Son lamentos. Oye los pasos, que parecen ir y volver, como sin saber a dónde dirigirse. Venga. Y llanto. Pasos hacia el baño, agua que corre, pasos hacia la cama. Sí, la misma cama que está justo encima de la de ella, que escucha.
Llanto. No. Venga. O eso parece. Una voz más serena al teléfono, datos, la dirección. Muy poco tiempo después, el timbre de la calle, el ascensor, el timbre de casa, pasos hasta la cama. Un voz nueva.
Ella escucha en su cama, sola, en la obscuridad de la habitación. Se tapa los oídos con las manos. No quiere oír.
Va a tardar en volver a dormir y escuchará muchos más pasos, más voces y llantos.
Reconstruye la escena, asustada y sintiendo más que nunca la soledad de su habitación obscura.
Sabe lo que ha sucedido. Sabe que la muerte ha pasado hoy y a esta hora, a un par de metros de su cabeza.
Al final deja de escuchar cualquier sonido. Y, probablemente, ese sea el peor momento.
Ella se queda sola y a obscuras, en silencio.
Hoy es un día para quedarse en casa fumando y con una bata de franela encima.
Hay días que empiezan raro.
Esta noche la despierta un grito ahogado. Una palabra, dos. Venga, no. Son lamentos. Oye los pasos, que parecen ir y volver, como sin saber a dónde dirigirse. Venga. Y llanto. Pasos hacia el baño, agua que corre, pasos hacia la cama. Sí, la misma cama que está justo encima de la de ella, que escucha.
Llanto. No. Venga. O eso parece. Una voz más serena al teléfono, datos, la dirección. Muy poco tiempo después, el timbre de la calle, el ascensor, el timbre de casa, pasos hasta la cama. Un voz nueva.
Ella escucha en su cama, sola, en la obscuridad de la habitación. Se tapa los oídos con las manos. No quiere oír.
Va a tardar en volver a dormir y escuchará muchos más pasos, más voces y llantos.
Reconstruye la escena, asustada y sintiendo más que nunca la soledad de su habitación obscura.
Sabe lo que ha sucedido. Sabe que la muerte ha pasado hoy y a esta hora, a un par de metros de su cabeza.
Al final deja de escuchar cualquier sonido. Y, probablemente, ese sea el peor momento.
Ella se queda sola y a obscuras, en silencio.
Hoy es un día para quedarse en casa fumando y con una bata de franela encima.
Hay días que empiezan raro.
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