Creo, sincera y llanamente, que solo hay una ley universal. Ha sido estudiada por grandes científicos y yo personalmente soy una muestra viviente e incesante de la misma. Como su nombre en latín es muy raro, la llamaremos Ley de la proporción indirecta entre lo pensado y lo posible.
Como digo, está plenamente demostrada y se basa en los siguientes principios:
a) Cualquier cosa que imagines, NO sucederá.
b) Lo que menos te esperas, siempre que no pienses uy, lo que menos me espero es... sucederá.
La ley se basa, entre otras, en una cuestión estadística. Pongamos que el sujeto A tiene un asunto en mente. Yo qué sé, cualquier cosa. Piensa en alguien, por ejemplo. Ese alguien le importa, le interesa y como sujeto A tiene una fantasía desbordante, piensa de vez en cuando en ese alguien: llamémosle sujeto B. Sujeto A tiene un tiempo muerto en el trabajo y piensa ¿cuándo veré a sujeto B? Un rato después camina hacia su casa y va pensando cuándo, cómo y dónde podría encontrarse a sujeto B. Más tarde, antes de dormir, le vuelve el tema a la cabeza y piensa ¿qué le diré a sujeto B cuando lo vea?
Sujeto A no lo sabe, pero por esta indiscutible ley, todas y cada una de las opciones con las que se recrea en su mente, por el solo hecho de ser concebidas, se difuminan de la vida real. Si ha pensado que quizá encuentre casualmente a sujeto B por la calle, ¡plaf! se borra la posibiblidad de que suceda. Si imagina que sujeto B le manda un correo casual ¡bum! nunca sucederá. Si cree de pronto que se verán en la fiesta de aquel amigo en común ¡cataplum! es una pena, era una buena idea, a sujeto A le encantaba pero... la pensó, está condenada.
Como decíamos, es una cuestión de estadística. Sujeto A piensa que piensa lo que podría pasar, pero las posibilidades de la vida real son muchísimo más intrincadas que cualquier cosa que A pueda pensar, y por tanto reducen sus supuestas posibilidades en tan nimios porcentajes que se diluyen hasta el olvido. Algunos le llaman azar, otros destino, pero es en verdad la vasta realidad que no encaja en nuestras perspectivas ni cabe en cajones ni entiende de deseos ni de sujetos. Que se mueve sin avisar, sin hacer ruido y a quien le sobran las causas. Que se mueve, en fin, mientras sujeto A, piensa.
La única posibilidad para no destruir nuestros deseos, solo por tenerlos, es no pensar. Por supuesto y, aunque cientos de laboratorios se afanan en la cuestión, no se ha encontrado aún la fórmula eficaz para ese remedio.
Porque sujeto A no se da cuenta de que justo en lo que no ha pensado es lo que está más cerca de suceder. ¿Qué sería lo más inesperado? ¿Un encuentro aquí con sujeto B, unas palabras allá? No, nada de eso.
Lo más inseperado aparece, por definición, de golpe y sin aviso. Llamémosle sujeto C.
Silvio Rodríguez, Causas y azares.
lunes, 26 de abril de 2010
domingo, 25 de abril de 2010
Una de apuestas
Hoy toca, o tocaba, o sigue tocando, irse a la cama pronto para trabajar mañana. Y, ya veis, aquí sigo. Para horror de mi amigo J, hace no mucho volví a verme a mí misma como en un capítulo de Sexo en Nueva York. Yo contaba algo a mis amigas y cada una de ellas me daba un punto de vista muy diferente e ilustrativo. Por supuesto que para seguir un consejo no sirve de una mierda que cada una te diga una cosa, pero yo no quiero que ellas me digan lo que hacer, sino saber qué piensan, qué ven ellas que yo me estoy perdiendo.
Era divertidísimo ver la diferencia entre los puntos de vista. Cada una de ellas, mujeres complejas, con distintas ocupaciones, objetivos, cotidianeidades y hasta nacionalidades, a la hora de hablar sobre el tema (hombres ¿qué iba a ser?) parecían tener una visión completa y clara que a mí, desde luego, suele faltarme. Suele faltarme con mi propios temas, seguro que con los suyos soy tan resolutiva como las demás.
Ahí, a la hora de hablar sobre lo que me pasaba a mí, salía el carácter, la experiencia, quizá los deseos de cada una. Y sí, de todo aprendo. A veces me riñen y otras me tienen un poco de paciencia, pero no suelen callarse. Eso me gusta. No se callan ni siquiera cuando no pregunto. Y eso me gusta.
Hoy me han reñido. Dulce, puntualmente. Me han reñido porque, creo, ellas creen que yo no me creo que puedo conseguir algo. Algo muy dulce y puntual (hombres ¿qué iba a ser?). Me riñen porque quieren que me lance, que lo intente. Debo decir que la última vez que seguí sus dulces y puntuales consejos, la cosa salió muy bien. Muy dulce, sí señor. Así que supongo que me lo pensaré. Porque, sí, sé que si no me lanzo es porque me da miedo el rechazo, porque me asusta lanzarme a las euforias cuando se está tan tranquilito sin ellas y porque no me acabo de creer que puedo conseguirlo. Pero si ellas, que me conocen tanto, dicen que sí...
Se abren las apuestas.
Era divertidísimo ver la diferencia entre los puntos de vista. Cada una de ellas, mujeres complejas, con distintas ocupaciones, objetivos, cotidianeidades y hasta nacionalidades, a la hora de hablar sobre el tema (hombres ¿qué iba a ser?) parecían tener una visión completa y clara que a mí, desde luego, suele faltarme. Suele faltarme con mi propios temas, seguro que con los suyos soy tan resolutiva como las demás.
Ahí, a la hora de hablar sobre lo que me pasaba a mí, salía el carácter, la experiencia, quizá los deseos de cada una. Y sí, de todo aprendo. A veces me riñen y otras me tienen un poco de paciencia, pero no suelen callarse. Eso me gusta. No se callan ni siquiera cuando no pregunto. Y eso me gusta.
Hoy me han reñido. Dulce, puntualmente. Me han reñido porque, creo, ellas creen que yo no me creo que puedo conseguir algo. Algo muy dulce y puntual (hombres ¿qué iba a ser?). Me riñen porque quieren que me lance, que lo intente. Debo decir que la última vez que seguí sus dulces y puntuales consejos, la cosa salió muy bien. Muy dulce, sí señor. Así que supongo que me lo pensaré. Porque, sí, sé que si no me lanzo es porque me da miedo el rechazo, porque me asusta lanzarme a las euforias cuando se está tan tranquilito sin ellas y porque no me acabo de creer que puedo conseguirlo. Pero si ellas, que me conocen tanto, dicen que sí...
Se abren las apuestas.
lunes, 19 de abril de 2010
Cuento de hadas
Había una vez en una república muy lejana una chica (sigamos llamándome chica aunque tenga 34 años, ¿vale?) que un día decidió aclarar una situación. Decidió reunirse con alguien y preguntar claramente lo que sentía.
Llegado el momento, a la chica no le apeteció preguntar. Le pareció que ella ya se había aclarado lo suficiente aun sin saber qué opinaba el otro. Quizá se acobardó un poco y eso influyó, pero también recordó los consejos de que esas preguntas no eran socialmente cómodas.
La chica sabe que si el caballero hubiera llegado en un blanco corcel se hubiera impresionado. Pero no siendo así, le quedó la realidad. Y la realidad, desde su lado de la mesa, era una chica aceptando que no existen los cuentos de hadas.
La chica tiene plena conciencia de que cuando siente chispas su mundo se trastorna. Le gustan. Pero sabe que en la vida real hace falta algo más que chispas.
Así que, sí, se hubiera dejado impresionar por el caballero del blanco corcel, porque las chispas la enganchan y se resiste todo lo que puede a dejarlas ir.
Ante el influjo de las chispas es capaz de pensar qué haría falta para no dejar de sentirlas. A veces incluso siente que podría cambiar, o callar, o ni siquiera sabe qué por mantenerlas cerca.
Le ha costado llegar al punto de entender que las chispas por sí solas no valen la pena. Sabe que es vulnerable a ellas, que sentirlas afecta su perspectiva. No quiere renunciar a ellas, pero en esta ocasión sabe que no tiene otra opción.
Le gustan tanto las chispas que a veces tiene la impresión de inventárselas. Y ahora piensa: para una vez que fueron reales, para una vez que las vemos juntos, para una vez que brindamos por ellas, para una vez que le importa un caballero, vaya final de mierda tiene este cuento de hadas.
Llegado el momento, a la chica no le apeteció preguntar. Le pareció que ella ya se había aclarado lo suficiente aun sin saber qué opinaba el otro. Quizá se acobardó un poco y eso influyó, pero también recordó los consejos de que esas preguntas no eran socialmente cómodas.
La chica sabe que si el caballero hubiera llegado en un blanco corcel se hubiera impresionado. Pero no siendo así, le quedó la realidad. Y la realidad, desde su lado de la mesa, era una chica aceptando que no existen los cuentos de hadas.
La chica tiene plena conciencia de que cuando siente chispas su mundo se trastorna. Le gustan. Pero sabe que en la vida real hace falta algo más que chispas.
Así que, sí, se hubiera dejado impresionar por el caballero del blanco corcel, porque las chispas la enganchan y se resiste todo lo que puede a dejarlas ir.
Ante el influjo de las chispas es capaz de pensar qué haría falta para no dejar de sentirlas. A veces incluso siente que podría cambiar, o callar, o ni siquiera sabe qué por mantenerlas cerca.
Le ha costado llegar al punto de entender que las chispas por sí solas no valen la pena. Sabe que es vulnerable a ellas, que sentirlas afecta su perspectiva. No quiere renunciar a ellas, pero en esta ocasión sabe que no tiene otra opción.
Le gustan tanto las chispas que a veces tiene la impresión de inventárselas. Y ahora piensa: para una vez que fueron reales, para una vez que las vemos juntos, para una vez que brindamos por ellas, para una vez que le importa un caballero, vaya final de mierda tiene este cuento de hadas.
lunes, 12 de abril de 2010
Lunes y ficción
Te regalo mis lunes. Son todos para ti. No te regalo mis sueños, ni mis ganas y desde luego no te doy mis versos. Pero sí mis lunes. Los he limpiado y adecentado, he escondido en cajas viejas de cartón sus miserias de llantos aburridos y he barrido de las esquinas el polvo de la nostalgia gastada. Eché por la ventana las dudas perennes, empujé bajo la alfombra las falsas certezas. Y disimulé todo lo que pude nuestras coincidencias luminosas.
Acicalados y relucientes, te regalo mis lunes.
Haz con ellos lo que te apetezca. No preguntes, no pidas permiso. Les he puesto una etiqueta con tu nombre. Una de esas viejas franjas de plástico de colores, con que todas las niñas de mi clase, menos yo, ostentaban sus pertenencias.
No es que yo no los quiera, que conste. Me gustan mis lunes y me gustan mucho. Es por eso que te los regalo. Porque aunque no te enteres, o aunque no lo sepas, que suena mejor, quiero que tengas algo mío.
No hay dramas ni euforias. Solo hay lunes. Nuevos, vacíos, por estrenar. Todos mis lunes. No me preguntes por qué, pero quiero que sean tuyos.
Puede que te resulte absurdo, como tantas otras cosas de mí. No te preocupes, que, como tantas otras cosas de mí, si no los quieres no tienes más que mirar para otro lado. O cerrar los ojos. O fingir que no están.
Total, a eso ya nos estamos acostumbrando.
-
Hoy me tomé un café con mi amigo J. Al saludarlo me preguntó ¿Cómo estás? y yo dije Bien. Me miró sonriendo: ¿Te has fijado? Has respondido bien y has movido la cabeza como si te comieras el mundo. Me reí. Es que estoy bien, pero bien bien. Sigo sin motivos de esos obvios y sigue siendo estupendo.
Tras el café fui a la última sesión de mi taller literario. Una pena que se acabe. Queda, por supuesto, lo vivido, lo escuchado, lo aprendido, lo encontrado. Hoy un compañero definía a la gente que escribe como enamorados de las mentiras. Es así. Fingimos estar locos de amor o heridos de muerte, o que regalamos lunes, pero es todo ficción. O casi todo Yo, por ejemplo, desde mi sospechosísimo estado de serenidad, sigo escribiendo sobre la tristeza. Los desencuentros, los acaboses.
Es como ser un actor, representar un papel, crear un mundo nuevo, cambiar de piel. Quería contar esto tras la entrada, que ya había escrito. Porque en mi blog no suele haber ficción, más allá de mis propios dramas. Así que a riesgo de recordar aquello de Excusatio non petita, acusatio manifiesta, hoy copié algo escrito en ese taller. Todo ficción. O casi todo.
martes, 6 de abril de 2010
Supernova
Nunca había hecho una lista de pros y contras. Hace unos días me obligué a hacer la primera de mi vida. Ya sabéis, una decisión por tomar, una confusión considerable. Tenía claro algunos puntos a favor y otros en contra.
La verdad es que los pros me salieron con mucha fluidez, de golpe, en racha. Luego me esforcé en los contras. Busqué, encontré y busqué más. En medio de los contras me asaltaba cada tanto un pro que anotar en la otra columna. Y volvía a buscar contras. Había, sí, pero salían con menos facilidad.
Al final, ganaron los contras. En cantidad. Los contras, la columna de la derecha, era claramente más larga. Así que ya está, ganaron.
Luego pensé si no habría que dar una nota a cada concepto, a cada pro y cada contra. Este pro vale un siete, este un seis, este es un diez y este contra un cuatro, un dos. Y sumar. O algo así. Es que, de pronto, la columna más larga parecía más ligera. Y los pros se hicieron cada vez más pesados. Había uno, dos, tres pros, que se tragaban sin miramientos la mitad de los contras de un bocado. Había especialmente un pro, uno que brillaba sobre el folio como una puñetera supernova.
La cuestión de la cantidad empezó a perder fuerza. Así que sí, ganaban los contras. Y luego estaba ese pro.
No sé para qué coño hace la gente estas listas. Desde luego a mí no me sirvió para aclararme.
O, sí. Quizá, sí. Puñetera supernova.
La verdad es que los pros me salieron con mucha fluidez, de golpe, en racha. Luego me esforcé en los contras. Busqué, encontré y busqué más. En medio de los contras me asaltaba cada tanto un pro que anotar en la otra columna. Y volvía a buscar contras. Había, sí, pero salían con menos facilidad.
Al final, ganaron los contras. En cantidad. Los contras, la columna de la derecha, era claramente más larga. Así que ya está, ganaron.
Luego pensé si no habría que dar una nota a cada concepto, a cada pro y cada contra. Este pro vale un siete, este un seis, este es un diez y este contra un cuatro, un dos. Y sumar. O algo así. Es que, de pronto, la columna más larga parecía más ligera. Y los pros se hicieron cada vez más pesados. Había uno, dos, tres pros, que se tragaban sin miramientos la mitad de los contras de un bocado. Había especialmente un pro, uno que brillaba sobre el folio como una puñetera supernova.
La cuestión de la cantidad empezó a perder fuerza. Así que sí, ganaban los contras. Y luego estaba ese pro.
No sé para qué coño hace la gente estas listas. Desde luego a mí no me sirvió para aclararme.
O, sí. Quizá, sí. Puñetera supernova.
sábado, 3 de abril de 2010
El trabajo dignifica
Hoy en el trabajo no hubo muchas llamadas. Supongo que la gente feliz está de vacaciones. Ya tendrán tiempo de volver y descubrir que sus interneses no funcionan, pero eso les tocará a los que vayan el lunes.
Tuve tiempos muertos, así que me puse a leer blogs. Como hago normalmente, fui a los blogs que sigue la gente que yo sigo y así y así . Al final estuve todo el día leyendo el mismo, tirando de entradas antiguas. Me divertí mucho y me puse a pensar que mi blog no es nada divertido. Vamos, que no cuento cosas graciosas y tal. Y eso que yo en vivo tengo mi gracia ¿eh?
Creo que uso el blog como desahogo y al final, ya sabeis, acabo escupiendo mis frustraciones aquí.
Y es que escribo más de lo que siento que de lo que me pasa. Y bueno, creo que eso acaba aburriendo. Al menos creo que llega a aburrirme a mí.
Así que hoy escribamos solo dos líneas sobre lo que siento. Tengo un pequeño lío mental que, creyendo que iba a deshacer, enredé más. Supongo que tiraré de la punta a ver qué pasa.
Y un poco más sobre las cosas que me pasan. Hoy un cliente me ha llamado histérica. Así como lo oyen/leen. En un año que llevo como teleoperadora (por dios ¡un añooooo! próximo post: depresión laboral) solo me han dicho tres cosas del estilo. Y no puedo no decir que suelo ser muy comprensiva con mis clientes y además tengo la capacidad para tranquilizarlos cuando están nerviositos y por lo menos una vez al día me dicen que soy un encanto y cosas mejores. Dicho esto:
1)Yo, de malas. Él, de malísimas. Reproduzco diálogo:
Él: El servicio es una mieeeeeeerda (bla bla bla tres minutos) y estoy harto y quiero el número de bajas ya y que me arregles esto. ¡Arréglamelo ya y daaaame el número de bajaaaaas!
Yo: ¿Quiere que se lo arregle o que le dé el número de bajas?
Él: ¡Eres una caradura!
Colgó. No sé, a mí me parecía una pregunta muy válida.
2)Casi las diez de la noche, terminando la jornada y el último bus que me lleva a mi ciudad sale en veinte minutos. El cliente parece un adolescente descentrado, no hace nada de lo que le pido, me habla de tú sin parar aunque yo siga llamándole don Jonhatan y no veo manera de salir de esa llamada e irme a mi casa sin tener que caminar veintiocho kilómetros. Le pido que pulse tal tecla.
Don Jonhatan: ¿Cuál tecla dices?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan.
Don Jonhatan: Espérate tantito. (Tantito después) Ya, ¿qué me decías? ¿Qué tecla quieres que pulse?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan, la de la izquierda.
Don Jonhantan: Oye ¿estás estresada?
Yo: Pues he tenido días peores ¿podría, por favor don Jonhatan pulsar la tecla de la izquierda?
Al final creo que no le arreglé nada, pero pude irme a casa en bus.
3)El señor de hoy. Que el router no sirve no sirve y no sirve porque su ordenador no detecta la red inalámbrica. Le pregunto si detecta alguna red. Dice que no, no detecta ninguna. Le pregunto si tiene activado el wifi de su ordenador (la gente se pone muy nerviosa en cuanto insinúas que algo puede ser culpa de su ordenador) y me dice en efecto:
El tío de hoy: Señorita, no puede ser de mi ordenador porque es nuevo.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, ¿pero antes detectaba redes?
El tío de hoy: Sí, pero este cacharro vuestro se estropeó porque ya no detecta nada.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, pero si se estropeara el router ¿no cree que su ordenador seguiría detectando otras redes?
El tío de hoy: ¡Le digo que no es de mi ordenador porque es nuevo!
Yo: Pero, señor de hoy, si antes detectaba muchas redes y ahora ninguna ¿no podría considerar que no sea el router? porque si fuera el router seguirían apareciendo...
El tío de hoy: ¡No te pongas histérica!
Con el mismo tono calmo y normal con que le estaba hablando, sólo pude responderle:
Yo: Señor de hoy, francamente no creo que me esté comportando de modo histérico, le intento explicar algo con mucha lógica y que puede resolver su problema, pero si no le gusta la manera en que lo atiendo puede poner una queja y volver a llamar, así le atenderá otra persona.
El señor de hoy me pidió perdón y yo fingí no escucharlo y seguí con la conversación. Por supuesto que no le arreglé nada. Entre nosotros, el problema está en su ordenador. O no, pero a mí me dieron una formación de dos semanas y hago lo que puedo.
Tres en un año no me parece tan mal. Luego están los que te dicen ya sé que tú no tienes la culpa y se hartan de insultar a la empresa, pero la verdad que a mí esos no me ofenden.
Conozco compañeros a los que les han insultado en serio y muy personalmente. La gente puede estar muy enfadada cuando les falla la tecnología, lo entiendo. Así que, no sé, lo mío no me parece tan grave. Y, por otro lado, un poquito caradura, estresada e histérica sí que soy.
Y si no me creen, esperen a que vuelva a escribir sobre lo que siento en lugar de sobre lo que me pasa.
Saludos, y si os falla mañana internet, hacedme un favor: no llaméis hasta el lunes, que quiero seguir leyendo blogs.
Tuve tiempos muertos, así que me puse a leer blogs. Como hago normalmente, fui a los blogs que sigue la gente que yo sigo y así y así . Al final estuve todo el día leyendo el mismo, tirando de entradas antiguas. Me divertí mucho y me puse a pensar que mi blog no es nada divertido. Vamos, que no cuento cosas graciosas y tal. Y eso que yo en vivo tengo mi gracia ¿eh?
Creo que uso el blog como desahogo y al final, ya sabeis, acabo escupiendo mis frustraciones aquí.
Y es que escribo más de lo que siento que de lo que me pasa. Y bueno, creo que eso acaba aburriendo. Al menos creo que llega a aburrirme a mí.
Así que hoy escribamos solo dos líneas sobre lo que siento. Tengo un pequeño lío mental que, creyendo que iba a deshacer, enredé más. Supongo que tiraré de la punta a ver qué pasa.
Y un poco más sobre las cosas que me pasan. Hoy un cliente me ha llamado histérica. Así como lo oyen/leen. En un año que llevo como teleoperadora (por dios ¡un añooooo! próximo post: depresión laboral) solo me han dicho tres cosas del estilo. Y no puedo no decir que suelo ser muy comprensiva con mis clientes y además tengo la capacidad para tranquilizarlos cuando están nerviositos y por lo menos una vez al día me dicen que soy un encanto y cosas mejores. Dicho esto:
1)Yo, de malas. Él, de malísimas. Reproduzco diálogo:
Él: El servicio es una mieeeeeeerda (bla bla bla tres minutos) y estoy harto y quiero el número de bajas ya y que me arregles esto. ¡Arréglamelo ya y daaaame el número de bajaaaaas!
Yo: ¿Quiere que se lo arregle o que le dé el número de bajas?
Él: ¡Eres una caradura!
Colgó. No sé, a mí me parecía una pregunta muy válida.
2)Casi las diez de la noche, terminando la jornada y el último bus que me lleva a mi ciudad sale en veinte minutos. El cliente parece un adolescente descentrado, no hace nada de lo que le pido, me habla de tú sin parar aunque yo siga llamándole don Jonhatan y no veo manera de salir de esa llamada e irme a mi casa sin tener que caminar veintiocho kilómetros. Le pido que pulse tal tecla.
Don Jonhatan: ¿Cuál tecla dices?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan.
Don Jonhatan: Espérate tantito. (Tantito después) Ya, ¿qué me decías? ¿Qué tecla quieres que pulse?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan, la de la izquierda.
Don Jonhantan: Oye ¿estás estresada?
Yo: Pues he tenido días peores ¿podría, por favor don Jonhatan pulsar la tecla de la izquierda?
Al final creo que no le arreglé nada, pero pude irme a casa en bus.
3)El señor de hoy. Que el router no sirve no sirve y no sirve porque su ordenador no detecta la red inalámbrica. Le pregunto si detecta alguna red. Dice que no, no detecta ninguna. Le pregunto si tiene activado el wifi de su ordenador (la gente se pone muy nerviosa en cuanto insinúas que algo puede ser culpa de su ordenador) y me dice en efecto:
El tío de hoy: Señorita, no puede ser de mi ordenador porque es nuevo.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, ¿pero antes detectaba redes?
El tío de hoy: Sí, pero este cacharro vuestro se estropeó porque ya no detecta nada.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, pero si se estropeara el router ¿no cree que su ordenador seguiría detectando otras redes?
El tío de hoy: ¡Le digo que no es de mi ordenador porque es nuevo!
Yo: Pero, señor de hoy, si antes detectaba muchas redes y ahora ninguna ¿no podría considerar que no sea el router? porque si fuera el router seguirían apareciendo...
El tío de hoy: ¡No te pongas histérica!
Con el mismo tono calmo y normal con que le estaba hablando, sólo pude responderle:
Yo: Señor de hoy, francamente no creo que me esté comportando de modo histérico, le intento explicar algo con mucha lógica y que puede resolver su problema, pero si no le gusta la manera en que lo atiendo puede poner una queja y volver a llamar, así le atenderá otra persona.
El señor de hoy me pidió perdón y yo fingí no escucharlo y seguí con la conversación. Por supuesto que no le arreglé nada. Entre nosotros, el problema está en su ordenador. O no, pero a mí me dieron una formación de dos semanas y hago lo que puedo.
Tres en un año no me parece tan mal. Luego están los que te dicen ya sé que tú no tienes la culpa y se hartan de insultar a la empresa, pero la verdad que a mí esos no me ofenden.
Conozco compañeros a los que les han insultado en serio y muy personalmente. La gente puede estar muy enfadada cuando les falla la tecnología, lo entiendo. Así que, no sé, lo mío no me parece tan grave. Y, por otro lado, un poquito caradura, estresada e histérica sí que soy.
Y si no me creen, esperen a que vuelva a escribir sobre lo que siento en lugar de sobre lo que me pasa.
Saludos, y si os falla mañana internet, hacedme un favor: no llaméis hasta el lunes, que quiero seguir leyendo blogs.
jueves, 1 de abril de 2010
Demonios
Sí: ser feliz por nada es fantástico. De eso hablaba la entrada anterior.
Y la verdad es que ese estado de equilibrio me es tan ajeno que me resulta sospechoso, pero intento disfrutarlo. Voy a contar un secreto. De la vida, como de todo lo que implique, he aprendido bien poco. Quizá sólo que no hay certezas, y que en la poesía cabe todo. Pero hay algo que se me aparece cada tanto: cuando sufro, cuando algo me duele, cuando estoy mal, se manifiesta. Es como un baremo. Sí, esto duele, pupa, caca, vaya mierda, pero. Pero. Pero es la clave.
Las cosas me duelen, entre lo sensiblona que soy y lo dramática, por supuesto que las cosas me duelen. Pero incluso cuando me duelen, incluso en el momento de abandono a ese mal estar sé que no es para tanto. A veces incluso sonrío. Y en más de una ocasión se lo he dicho a mis amigos: me duele, sí, pero también me hace gracia este sufrir. Tengo un par de dolores históricos particulares que han alcanzado grados tales que simplemente dejan a los nuevos en el estado que se merecen. Duele, sí, pero no es para tanto.
Y si cuento esto es porque en medio de mi bienestar soyfelizpornadayesfantástico, de pronto, por nada, o por algo, o por algo que es nada, sucede. Mis demonios se escapan. Pero no son esos grandes demonios, los de ese par de dolores particulares que me rompieron en dos. O en mil. Esos deben estar ya aplacados, porque no aparecen hace un tiempo. Pero aparecen otros. Unos pequeños demonios tontos, pero que duelen; superficiales seguramente, pero que joden; probablemente irreales, pero que meten el dedo en la llaga.
Y esos demonios de segunda me han confesado que yo también soy una cobarde. Llevo semanas quejándome en silencio de la cobardía, del no atreverse a mirar más allá, del no tener cojones a intentar lo que puede valer la pena. Y de repente, soy yo la que no se atreve. Y mis demonios ni siquiera tienen la delicadeza de ser misteriosos. Son groseramente claros: soy cobarde. Me da miedo el rechazo. El rechazo, eso sí, más superficial y banal. Pero me da miedo. Más del que me da estar aquí, ahora, sola.
Hoy no quería estar aquí, ahora, sola. Pero al final, cobarde, lo preferí. Mis demonios salieron a pasear y se tomaron una copa conmigo. Y yo, que no sé en qué centrarme, que no sé de qué prefiero olvidarme, yo, que hago listas de pros y contras y ganan los segundos, no debería decir nada por si acaso. Por si acaso vienes y me lees. Por si acaso te sigo acojonando. Por si acaso cada paso que doy te sigue pareciendo inasumible.
Y sí, esta entrada podría ahorrármela. Por si acaso. Pero no quiero. Porque si no quieres asumir lo que soy, ahora mismo, aquí y ahora, y ayer y mañana, sé que no vale la pena. Y me dan todas las ganas del mundo de olvidar que no vale la pena. Pero lo he visto tan claro que ni siquiera yo, aquí y ahora puedo fingir que no.
Ojalá me leyerás y supieras que yo soy todo esto. Y todo lo que has entendido y lo que has intuído y lo que no te ha dado tiempo o ganas. Ojalá entedieras que yo saltaría, yo lo haría. Pero sólo si tú lo hicieras conmigo. Y eso no va a pasar ¿no? Porque yo necesito que me convenzas de que vale la pena, de que no te has acobardado. Y eso no va a pasar. Y por eso debería callarme, o ahorrame esta entrada.
Pero hace un rato, cuando empezaron a salir a pasear mis demonios y no supe cómo explicarlo, alguien me dijo: escríbelo.
Y eso hago.
Y la verdad es que ese estado de equilibrio me es tan ajeno que me resulta sospechoso, pero intento disfrutarlo. Voy a contar un secreto. De la vida, como de todo lo que implique, he aprendido bien poco. Quizá sólo que no hay certezas, y que en la poesía cabe todo. Pero hay algo que se me aparece cada tanto: cuando sufro, cuando algo me duele, cuando estoy mal, se manifiesta. Es como un baremo. Sí, esto duele, pupa, caca, vaya mierda, pero. Pero. Pero es la clave.
Las cosas me duelen, entre lo sensiblona que soy y lo dramática, por supuesto que las cosas me duelen. Pero incluso cuando me duelen, incluso en el momento de abandono a ese mal estar sé que no es para tanto. A veces incluso sonrío. Y en más de una ocasión se lo he dicho a mis amigos: me duele, sí, pero también me hace gracia este sufrir. Tengo un par de dolores históricos particulares que han alcanzado grados tales que simplemente dejan a los nuevos en el estado que se merecen. Duele, sí, pero no es para tanto.
Y si cuento esto es porque en medio de mi bienestar soyfelizpornadayesfantástico, de pronto, por nada, o por algo, o por algo que es nada, sucede. Mis demonios se escapan. Pero no son esos grandes demonios, los de ese par de dolores particulares que me rompieron en dos. O en mil. Esos deben estar ya aplacados, porque no aparecen hace un tiempo. Pero aparecen otros. Unos pequeños demonios tontos, pero que duelen; superficiales seguramente, pero que joden; probablemente irreales, pero que meten el dedo en la llaga.
Y esos demonios de segunda me han confesado que yo también soy una cobarde. Llevo semanas quejándome en silencio de la cobardía, del no atreverse a mirar más allá, del no tener cojones a intentar lo que puede valer la pena. Y de repente, soy yo la que no se atreve. Y mis demonios ni siquiera tienen la delicadeza de ser misteriosos. Son groseramente claros: soy cobarde. Me da miedo el rechazo. El rechazo, eso sí, más superficial y banal. Pero me da miedo. Más del que me da estar aquí, ahora, sola.
Hoy no quería estar aquí, ahora, sola. Pero al final, cobarde, lo preferí. Mis demonios salieron a pasear y se tomaron una copa conmigo. Y yo, que no sé en qué centrarme, que no sé de qué prefiero olvidarme, yo, que hago listas de pros y contras y ganan los segundos, no debería decir nada por si acaso. Por si acaso vienes y me lees. Por si acaso te sigo acojonando. Por si acaso cada paso que doy te sigue pareciendo inasumible.
Y sí, esta entrada podría ahorrármela. Por si acaso. Pero no quiero. Porque si no quieres asumir lo que soy, ahora mismo, aquí y ahora, y ayer y mañana, sé que no vale la pena. Y me dan todas las ganas del mundo de olvidar que no vale la pena. Pero lo he visto tan claro que ni siquiera yo, aquí y ahora puedo fingir que no.
Ojalá me leyerás y supieras que yo soy todo esto. Y todo lo que has entendido y lo que has intuído y lo que no te ha dado tiempo o ganas. Ojalá entedieras que yo saltaría, yo lo haría. Pero sólo si tú lo hicieras conmigo. Y eso no va a pasar ¿no? Porque yo necesito que me convenzas de que vale la pena, de que no te has acobardado. Y eso no va a pasar. Y por eso debería callarme, o ahorrame esta entrada.
Pero hace un rato, cuando empezaron a salir a pasear mis demonios y no supe cómo explicarlo, alguien me dijo: escríbelo.
Y eso hago.
martes, 30 de marzo de 2010
Por nada
Hoy me di el día libre. No sólo por aquello de trabajar sábado y domingo, sino porque estos días estoy sola en casa y me encanta. Y eso que con mi compañera de piso me llevo muy bien, la quiero muchísimo y me gusta estar con ella. Pero pronto, además, tendré en casa una visita inevitable que me desequilibra mucho, así que al menos hoy he disfrutado de mi soledad con gran énfasis.
Me desperté tarde, muy tarde y me vestí sólo para cruzar la calle y tomarme dos cafés mientras leía una revista ñoña. Luego, en contra de mis costumbres, dediqué una hora en hacerme una deliciosa comida. Tras tres postres exquisitos me dediqué a ver capítulo tras capítulo de series viejas y ñoñas en la tele, interrumpidas por una hora de conversación telefónica con una amiga de la que podría decir que vive lejos, pero la verdad es que está muy cerca de mí.
Hice un test en la revista ñoña y el resultado fue: Mayoría de C, eres una mujer realista. Decía algo así como que disfruto los buenos momentos siendo muy consciente de ellos y que así, en los malos, puedo recordar que existen otros mejores y relativizar cuando las cosas no van bien. La verdad que la última parte me sacó una sonrisa porque con lo dramática que suelo ser, relativizar no es lo mío. Y sin embargo de cierto modo es cierto, las cosas se acaban colocando en su sitio. Y sobre todo, sí, disfruto de los buenos momentos, los que yo me procuro, no -sólo- en forma de caprichos sino cuidándome de verdad.
Tras mis último coqueteos con el drama, llevo días y días y días sientiéndome muy bien. Por nada, por nada en especial. Todo es igual que antes, las cosas buenas, las regulares, las visitas que me desequilibran, el trabajo quemante, los inesquivables problemas de dinero, el futuro inciertísimo en todos los campos que imaginemos, los malentendidos, la impotencia, las dudas. Todo igual que hace un mes y tres y seis. Pero yo me siento bien.
Me siento bien y cuándo me pregunto por qué me respondo: por nada. Y es fantástico.
Y luego leí esa frase en un blog que sigo y recomiendo: Ser feliz por nada es fantástico.
Sí, lo es.
Me desperté tarde, muy tarde y me vestí sólo para cruzar la calle y tomarme dos cafés mientras leía una revista ñoña. Luego, en contra de mis costumbres, dediqué una hora en hacerme una deliciosa comida. Tras tres postres exquisitos me dediqué a ver capítulo tras capítulo de series viejas y ñoñas en la tele, interrumpidas por una hora de conversación telefónica con una amiga de la que podría decir que vive lejos, pero la verdad es que está muy cerca de mí.
Hice un test en la revista ñoña y el resultado fue: Mayoría de C, eres una mujer realista. Decía algo así como que disfruto los buenos momentos siendo muy consciente de ellos y que así, en los malos, puedo recordar que existen otros mejores y relativizar cuando las cosas no van bien. La verdad que la última parte me sacó una sonrisa porque con lo dramática que suelo ser, relativizar no es lo mío. Y sin embargo de cierto modo es cierto, las cosas se acaban colocando en su sitio. Y sobre todo, sí, disfruto de los buenos momentos, los que yo me procuro, no -sólo- en forma de caprichos sino cuidándome de verdad.
Tras mis último coqueteos con el drama, llevo días y días y días sientiéndome muy bien. Por nada, por nada en especial. Todo es igual que antes, las cosas buenas, las regulares, las visitas que me desequilibran, el trabajo quemante, los inesquivables problemas de dinero, el futuro inciertísimo en todos los campos que imaginemos, los malentendidos, la impotencia, las dudas. Todo igual que hace un mes y tres y seis. Pero yo me siento bien.
Me siento bien y cuándo me pregunto por qué me respondo: por nada. Y es fantástico.
Y luego leí esa frase en un blog que sigo y recomiendo: Ser feliz por nada es fantástico.
Sí, lo es.
lunes, 22 de marzo de 2010
Poesía última o la entrada fantasma
Ayer borré una entrada ya publicada. Fue la última, que colgué el sábado y borré el domingo. Sé que la gente con blog hace estas cosas, pero yo nunca lo había hecho. Sí, es mi primera vez.
¿Que por qué lo hice? No sé. Contenía lenguaje soez, sí. Confidencias sexuales, sí. Declaraciones de intenciones falseadas, afirmaciones de promesas futuras, proclamas de arrepentimientos pasados, sí, sí, sí. Preguntas obvias, sí. Reflexiones sin sentido, sí. Frases hechas, chabacanas, cutres y aburridas, sí, sí, sí y sí. Vamos, como cualquier otra entrada.
Supongo que cuando la releí me di cuenta de que no decía en absoluto lo que yo quería. Es el riesgo que se corre cuando quieres hablar de algo sin nombrarlo. Las palabras, de por sí, ya encaminan al caos, así que prescindir a posta de las más importantes no mejora las cosas. Pero creo que tampoco es buena idea contarlo todo.
Si intentara contarlo todo sobre aquello que no quiero nombrar, me temo que la entrada tendría forma de gran pataleta, terrible berrinche descontrolado, histérico griterío. Sería una entrada informe e incomprensible llena de erratas y borrones, manchas de tinta y cercos de taza de café. Una entrada-carcajada avergonzante. Una entrada-caída-traspiés.
O quizá no, quizá si intentara decirlo todo lo que haría sería escribir una poesía. En la poesía no narramos, solo sentimos. No hay justificaciones, solo contexto, emoción. Lo malo es que la única poesía que he escrito últimamente se refiere precisamente a aquello que no quiero nombrar. Así que elijo a Lois Pereiro, un poeta gallego, para decir nada de lo que yo quiero decir, y decir todo lo que quepa en sus palabras. Para quien no hable gallego, me remito a Luis Tosar en los Goya: creo que se entiende.
A inmersión no silencio é o que distingue
aos que aman con espírito suicida
dos que somentes son
un soño breve.
Na viaxe nocturna que emprendemos
polo interior dun corpo diferente
un acto de amor é un fluído urxente
de suor bágoas e esperma
contra o medo
palabras desarmadas
desexos que se perden
na néboa de mil noites
entre as sabas revoltas
polo feroz presente
de dous corpos que esquecen.
¿Que por qué lo hice? No sé. Contenía lenguaje soez, sí. Confidencias sexuales, sí. Declaraciones de intenciones falseadas, afirmaciones de promesas futuras, proclamas de arrepentimientos pasados, sí, sí, sí. Preguntas obvias, sí. Reflexiones sin sentido, sí. Frases hechas, chabacanas, cutres y aburridas, sí, sí, sí y sí. Vamos, como cualquier otra entrada.
Supongo que cuando la releí me di cuenta de que no decía en absoluto lo que yo quería. Es el riesgo que se corre cuando quieres hablar de algo sin nombrarlo. Las palabras, de por sí, ya encaminan al caos, así que prescindir a posta de las más importantes no mejora las cosas. Pero creo que tampoco es buena idea contarlo todo.
Si intentara contarlo todo sobre aquello que no quiero nombrar, me temo que la entrada tendría forma de gran pataleta, terrible berrinche descontrolado, histérico griterío. Sería una entrada informe e incomprensible llena de erratas y borrones, manchas de tinta y cercos de taza de café. Una entrada-carcajada avergonzante. Una entrada-caída-traspiés.
O quizá no, quizá si intentara decirlo todo lo que haría sería escribir una poesía. En la poesía no narramos, solo sentimos. No hay justificaciones, solo contexto, emoción. Lo malo es que la única poesía que he escrito últimamente se refiere precisamente a aquello que no quiero nombrar. Así que elijo a Lois Pereiro, un poeta gallego, para decir nada de lo que yo quiero decir, y decir todo lo que quepa en sus palabras. Para quien no hable gallego, me remito a Luis Tosar en los Goya: creo que se entiende.
A inmersión no silencio é o que distingue
aos que aman con espírito suicida
dos que somentes son
un soño breve.
Na viaxe nocturna que emprendemos
polo interior dun corpo diferente
un acto de amor é un fluído urxente
de suor bágoas e esperma
contra o medo
palabras desarmadas
desexos que se perden
na néboa de mil noites
entre as sabas revoltas
polo feroz presente
de dous corpos que esquecen.
Lois Pereiro, Poesía última de amor e enfermidade
miércoles, 17 de marzo de 2010
De nuevo la primavera
He escrito en mi mente y en papel varias entradas sobre gente de la que quería hablar aquí.
Uno era mi profe, que cada vez que leo uno de mis textos tiene la vana esperanza de que esta vez sí triunfe el amor en ellos.
Otro era J, porque por un segundo pensé en dejar pasar mi último tren a casa por seguir escuchando su dulce pedantería y comiendo pollo pakora.
Y luego está F. Esta la escribí en papel y era una una larga y aburrida disquisición acerca de la naturaleza y la transformación de los afectos y de lo bien que sienta pasar horas muertas al lado de alguien brutalmente amable, cariñoso, generosísimo, sensible y con el acento más dulce del mundo. Y que toque el piano para ti también ayuda.
Y también podría hablar de la primavera, que se venía anunciando y hoy llegó, con su aire cálido cargado de olores felices y promesas conocidas.
Pero en verdad quiero hablar de mí. De mí, la que a veces utiliza este blog como basurero para vomitar su mierda.
De mí, la que cuando algo le duele, con razón o sin ella, sufre. Y en ese sufrir a veces se equivoca y se arrepiente.
De mí, la que necesita hablar y escribir para poner ese dolor en su lugar adecuado.
De mí, la que decide escaparse aterrorizada de estar perdiendo una oportunidad.
De mí, la que no es capaz de reprimir lo que le duele y más bien se repliega para sentirlo a fondo.
De mí, la que con paciencia o sin ella sabe que todo pasa.
De mí, la que patalea y manotea sin elegancia, pero con certeza cuando ha aprendido lo necesario de ese dolor y le toca salir.
De mí, la que sigue prefiriendo arriesgarse a todo eso antes que permanecer inmóvil.
De mí, la que no se avergüenza de llorar ni sufrir porque sabe que de eso se aprenden lecciones que no se borran, aunque no sea inmediato ni evidente.
De mí, la que nunca se sintió más libre, también para equivocarse y arrepentirse. Y para perdonarse. Porque a veces parece que son los otros los que se equivocan y a quienes hay que perdonar. Pero solo tienes que perdonarte a ti misma.
Hoy, como cada año, y aunque parece a veces que no lo hará, llegó la primavera. Hoy este no será mi blog basura. Hoy estoy reconciliada y me perdono y me gusto. Hoy me acuerdo de que estoy viva y me vuelvo a entender a mí en el epicentro. Hoy estoy donde quiero estar.
Si vierais lo guapa que estoy hoy. Será la primavera.
Bella, de Jovanotti. Suave y sin estridencias, que estamos de ese humor.
Uno era mi profe, que cada vez que leo uno de mis textos tiene la vana esperanza de que esta vez sí triunfe el amor en ellos.
Otro era J, porque por un segundo pensé en dejar pasar mi último tren a casa por seguir escuchando su dulce pedantería y comiendo pollo pakora.
Y luego está F. Esta la escribí en papel y era una una larga y aburrida disquisición acerca de la naturaleza y la transformación de los afectos y de lo bien que sienta pasar horas muertas al lado de alguien brutalmente amable, cariñoso, generosísimo, sensible y con el acento más dulce del mundo. Y que toque el piano para ti también ayuda.
Y también podría hablar de la primavera, que se venía anunciando y hoy llegó, con su aire cálido cargado de olores felices y promesas conocidas.
Pero en verdad quiero hablar de mí. De mí, la que a veces utiliza este blog como basurero para vomitar su mierda.
De mí, la que cuando algo le duele, con razón o sin ella, sufre. Y en ese sufrir a veces se equivoca y se arrepiente.
De mí, la que necesita hablar y escribir para poner ese dolor en su lugar adecuado.
De mí, la que decide escaparse aterrorizada de estar perdiendo una oportunidad.
De mí, la que no es capaz de reprimir lo que le duele y más bien se repliega para sentirlo a fondo.
De mí, la que con paciencia o sin ella sabe que todo pasa.
De mí, la que patalea y manotea sin elegancia, pero con certeza cuando ha aprendido lo necesario de ese dolor y le toca salir.
De mí, la que sigue prefiriendo arriesgarse a todo eso antes que permanecer inmóvil.
De mí, la que no se avergüenza de llorar ni sufrir porque sabe que de eso se aprenden lecciones que no se borran, aunque no sea inmediato ni evidente.
De mí, la que nunca se sintió más libre, también para equivocarse y arrepentirse. Y para perdonarse. Porque a veces parece que son los otros los que se equivocan y a quienes hay que perdonar. Pero solo tienes que perdonarte a ti misma.
Hoy, como cada año, y aunque parece a veces que no lo hará, llegó la primavera. Hoy este no será mi blog basura. Hoy estoy reconciliada y me perdono y me gusto. Hoy me acuerdo de que estoy viva y me vuelvo a entender a mí en el epicentro. Hoy estoy donde quiero estar.
Si vierais lo guapa que estoy hoy. Será la primavera.
Bella, de Jovanotti. Suave y sin estridencias, que estamos de ese humor.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Escapar
Somos nuestras decisiones. Nuestra historia es la historia de nuestras decisiones.
Me gusta viajar, lo he dicho más veces. A cualquier sitio, cercano o lejano, conocido o novedoso. Suelo planear con tiempo y mimo mis viajes. Pero esta vez lo que he hecho, me parece, es una escapada. Sin planes ni tiempo ni apenas pretextos.
Al irme de mis ámbitos cotidianos siempre se me asoman con crudeza las preguntas. Básicamente es una: ¿qué vine a buscar?
Lo mismo que en casa, en mi mar, solo que en paisajes distintos se hace más evidente. Sé lo que vengo a buscar y soy yo misma. Ya sé que suena cursi y forzado, tendréis que perdonarme pero hoy tengo la sensación de estarme equivocando y se me abre un agujerito en el corazón que no tengo ni idea de cómo cerrar.
Me gusta estar sola para buscarme. Voy al cine sola, paseo sola, viajo sola. Pero también me gusta, no, tengo que decir, me gustaría buscarme cuando no estoy sola. En otro, en ese incomprensible, inalcanzable, inaprehensible otro.
Yo, como dice Cioran, no sé lo que está bien ni lo que está mal, lo que está permitido y lo que no lo está.
Sé que me escapo, y me busco, y a veces no me gusta lo que encuentro. Y supongo que no me queda otra opción que esperar que cierre ese agujerito en el corazón.
Sé bien que el tiempo lo cura todo. Las escapadas, muy a mi pesar, no.
Me gusta viajar, lo he dicho más veces. A cualquier sitio, cercano o lejano, conocido o novedoso. Suelo planear con tiempo y mimo mis viajes. Pero esta vez lo que he hecho, me parece, es una escapada. Sin planes ni tiempo ni apenas pretextos.
Al irme de mis ámbitos cotidianos siempre se me asoman con crudeza las preguntas. Básicamente es una: ¿qué vine a buscar?
Lo mismo que en casa, en mi mar, solo que en paisajes distintos se hace más evidente. Sé lo que vengo a buscar y soy yo misma. Ya sé que suena cursi y forzado, tendréis que perdonarme pero hoy tengo la sensación de estarme equivocando y se me abre un agujerito en el corazón que no tengo ni idea de cómo cerrar.
Me gusta estar sola para buscarme. Voy al cine sola, paseo sola, viajo sola. Pero también me gusta, no, tengo que decir, me gustaría buscarme cuando no estoy sola. En otro, en ese incomprensible, inalcanzable, inaprehensible otro.
Yo, como dice Cioran, no sé lo que está bien ni lo que está mal, lo que está permitido y lo que no lo está.
Sé que me escapo, y me busco, y a veces no me gusta lo que encuentro. Y supongo que no me queda otra opción que esperar que cierre ese agujerito en el corazón.
Sé bien que el tiempo lo cura todo. Las escapadas, muy a mi pesar, no.
domingo, 7 de marzo de 2010
Drama, flores y Sexo (en Nueva York)
Qué fácil es equivocarse. Que raro es no arrepentirse. Hace demasiados días que no escribo aquí y es simplemente porque no sabía qué decir. Cuando te quedas sin palabras por una gran sorpresa, algo que no esperabas, algo que no acabas de entender y todo esto sin el factor alegría que algunas hechos del estilo conllevan. Yo soy lenta. Para entender ciertas cosas, soy lenta. Para encajarlas. Los grandes temas me han costado mucho tiempo. Y los pequeños, pues me cuestan un poquito. Pero me cuestan.
El jueves fue un día precioso y estuve en la calle todo el día. Tenía la sensación de que el tiempo se había detenido en mi ciudad. Y escribí en mi mente un post para colgar aquí que hablaba de eso. Y de Sexo en Nueva York y como toda mi educación emocional parece estar reflejada en sus capítulos. Y de cómo las últimas semanas vivo a la par que sus guiones y aunque la serie sea vieja y la haya visto acabar diez veces, me pasa lo mismo que a Carrie. Pero luego ella al final del capítulo tiene un final feliz ¿adivinais quién no?
También iba a hablar en ese post de unas flores preciosas que me compre. Hacía mucho que no lo hacía, me resultan caras para mi actual presupuesto. Me compré el ramo más barato, el del color más bonito, lo arreglé un poco y lo puse en mi habitación. Luego recordé que a Carrie le regalaron las mismas flores hace unos capítulos. Ah, mira, ese sí que acabó mal, sus flores terminaron por el suelo tras un manotazo, y las mías siguen en su florero minimalista.
También iba hablar de que a veces creo que busco el drama. Además de tender naturalmente a él, me parece que a veces me enredo en pequeños dramas que no tendrían que serlo. Y la medida para saber si estoy creando el drama es cuando se lo cuento a mi hermana. Ella, que es mucho más racional que yo, característica que admiro y envidio profundamente, siempre me dice cosas claras y puntuales. No digo que siempre tenga la razón, pero cuando la tiene ¡oh, dios! la tiene. Y esta semana la tuvo. Y de una bocanada de palabras me hizo el favor de quitarme todo el drama que me había colgado encima.
Mi drama en este caso fue asumir culpas que no eran mías. Como si las decisiones de los demás dependieran de mí, de mis actos, de mi pasado, de mi historia, ergo son mi culpa. Drama, drama, drama. Si es mi culpa, sigo siendo el centro de la historia. Pero no lo soy. Ya me gustaría, pero no lo soy. Tu historia es tu historia y la mía es la mía. Tus decisiones son tuyas y nada más. Y sí, quizá prefiero creer que es mi culpa porque así podría hacer algo para cambiar esas decisiones que no entiendo y no me gustan. Pero no, chico, no. Despedirme de la culpa probablemente sea despedirme de mis esperanzas, aceptar mis ganas frustradas, decir un poquito adiós. Pero no es mi culpa.
Así que chao culpa, chao drama. Y bienvenidas las flores. Y el Sexo (en Nueva York).
El jueves fue un día precioso y estuve en la calle todo el día. Tenía la sensación de que el tiempo se había detenido en mi ciudad. Y escribí en mi mente un post para colgar aquí que hablaba de eso. Y de Sexo en Nueva York y como toda mi educación emocional parece estar reflejada en sus capítulos. Y de cómo las últimas semanas vivo a la par que sus guiones y aunque la serie sea vieja y la haya visto acabar diez veces, me pasa lo mismo que a Carrie. Pero luego ella al final del capítulo tiene un final feliz ¿adivinais quién no?
También iba a hablar en ese post de unas flores preciosas que me compre. Hacía mucho que no lo hacía, me resultan caras para mi actual presupuesto. Me compré el ramo más barato, el del color más bonito, lo arreglé un poco y lo puse en mi habitación. Luego recordé que a Carrie le regalaron las mismas flores hace unos capítulos. Ah, mira, ese sí que acabó mal, sus flores terminaron por el suelo tras un manotazo, y las mías siguen en su florero minimalista.
También iba hablar de que a veces creo que busco el drama. Además de tender naturalmente a él, me parece que a veces me enredo en pequeños dramas que no tendrían que serlo. Y la medida para saber si estoy creando el drama es cuando se lo cuento a mi hermana. Ella, que es mucho más racional que yo, característica que admiro y envidio profundamente, siempre me dice cosas claras y puntuales. No digo que siempre tenga la razón, pero cuando la tiene ¡oh, dios! la tiene. Y esta semana la tuvo. Y de una bocanada de palabras me hizo el favor de quitarme todo el drama que me había colgado encima.
Mi drama en este caso fue asumir culpas que no eran mías. Como si las decisiones de los demás dependieran de mí, de mis actos, de mi pasado, de mi historia, ergo son mi culpa. Drama, drama, drama. Si es mi culpa, sigo siendo el centro de la historia. Pero no lo soy. Ya me gustaría, pero no lo soy. Tu historia es tu historia y la mía es la mía. Tus decisiones son tuyas y nada más. Y sí, quizá prefiero creer que es mi culpa porque así podría hacer algo para cambiar esas decisiones que no entiendo y no me gustan. Pero no, chico, no. Despedirme de la culpa probablemente sea despedirme de mis esperanzas, aceptar mis ganas frustradas, decir un poquito adiós. Pero no es mi culpa.
Así que chao culpa, chao drama. Y bienvenidas las flores. Y el Sexo (en Nueva York).
viernes, 26 de febrero de 2010
Magia
La verdad es que hace un día raro. Hay temporal. Aunque ahora mismo no llueve. Siempre hablo del clima para no hablar de otras cosas, supongo. Tuve un sueño un poco raro. Algo que creí que me iba a hacer feliz, materializado en el sueño bajo cierta sonrisa de medio lado, no me hacía feliz. Algo que creí que quería, perdía su magia.
Hay unas cuantas cosas de la vida real que podrían caber en esa descripción, ser el origen del sueño, el mensaje escondido. Algo que te hacía ilusión, ahora, ya no te hace. Algo que se supone que tenía que hacerte sentir bien, simplemente ya no.
Túzara, me ha llamado un amigo. Otro me ha dicho que soy cruel conmigo misma. Me gusta que mis amigos me digan esas cosas, por que entonces sé que me conocen. Sé que saben que puedo ser túzara y cruel conmigo misma. Soy muchas cosas y gran parte de ellas contradictorias. Odio cuando mis amigos, y no lo pongo en cursiva porque me da pereza, se creen la parte más obvia de mí. Odio cuando me tienen ahí, a la mano, y no se toman la molestia de indagar mi lado obscuro. Odio cuando se creen a la mujer libre, independiente, sin complejos, culta, divertida, inteligente, interesante que soy a veces y no se toman la molestia de conocer también a la chica asustada, indecisa, herida, confusa que también soy.
Odio que se crean a la mujer estupenda. Sé que es la parte que más muestro, la que verá el chico de los ojos verdes que mira desde el otro lado del bar y el camarero cachondo, y en definitiva la otra no va a mostrarse con cualquiera. Por eso odio cuando alguien se cree a la mujer estupenda y decide quedarse con eso. Supongo que es más fácil no adentrarse más. Pero yo no soy esa. No soy solo esa. Y si te quedas de ese lado, amigo, no sabes quién soy. Si te quedas de ese lado, amigo, no me extraña que se pierda la magia.
Y luego soy yo la que tiene esos sueños.
Hay unas cuantas cosas de la vida real que podrían caber en esa descripción, ser el origen del sueño, el mensaje escondido. Algo que te hacía ilusión, ahora, ya no te hace. Algo que se supone que tenía que hacerte sentir bien, simplemente ya no.
Túzara, me ha llamado un amigo. Otro me ha dicho que soy cruel conmigo misma. Me gusta que mis amigos me digan esas cosas, por que entonces sé que me conocen. Sé que saben que puedo ser túzara y cruel conmigo misma. Soy muchas cosas y gran parte de ellas contradictorias. Odio cuando mis amigos, y no lo pongo en cursiva porque me da pereza, se creen la parte más obvia de mí. Odio cuando me tienen ahí, a la mano, y no se toman la molestia de indagar mi lado obscuro. Odio cuando se creen a la mujer libre, independiente, sin complejos, culta, divertida, inteligente, interesante que soy a veces y no se toman la molestia de conocer también a la chica asustada, indecisa, herida, confusa que también soy.
Odio que se crean a la mujer estupenda. Sé que es la parte que más muestro, la que verá el chico de los ojos verdes que mira desde el otro lado del bar y el camarero cachondo, y en definitiva la otra no va a mostrarse con cualquiera. Por eso odio cuando alguien se cree a la mujer estupenda y decide quedarse con eso. Supongo que es más fácil no adentrarse más. Pero yo no soy esa. No soy solo esa. Y si te quedas de ese lado, amigo, no sabes quién soy. Si te quedas de ese lado, amigo, no me extraña que se pierda la magia.
Y luego soy yo la que tiene esos sueños.
jueves, 25 de febrero de 2010
Granizo
La cosa fue así: tenía media hora antes de entrar al taller. En lugar de tomar otro café, decido caminar hasta el puerto. Llueve un poco, hace mucho viento, me tapo con una gorra ridícula pero efectiva. Camino por un puente de madera hasta un muro, la última frontera antes del mar.
El mar está ahí, con sus olas, su espuma, su olor. Me siento en el muro y enciendo un cigarrillo. Me gusta estar ahí. De pronto la lluvia va aumentando su potencia. Un claro y contundente chaparrón. Yo me quedo en mi sitio, sonriendo. No suelo mojarme, tengo una salud discutible y evito esos riesgos innecesarios (si has crecido con una madre que te dice cada día que si caminas desclaza por la casa te van a tener que operar de la garganta, esas cosas pasan).
En mi muro, mirando el mar, fumando (el pitillo, increíblemente, sobrevive) y de pronto: granizo. Granizo de verdad. El granizo y la niebla, quizá porque en la ciudad en la que me crié eran improbables, siempre me han fascinado. Granizo. Yo ahí, con el mar, en mi muro, fumando y sobre mí, granizo. Sonrío. Ni siquiera hago el amago de irme.
Unos segundos después, para el granizo. Y sale el sol. Era hermoso. Me giré para verlo, para sentirlo en la cara. Y cuando vuelvo la vista al mar, el arcoiris. Yo sonrío, fumo, miro al mar, la lluvia, el granizo, el sol, el arcoiris. Yo sonrío.
A menudo hay tantas palabras que intuyes no son sinceras, palabras que se dicen en lugar de otras, palabras sobre las que quieres preguntar y no te atreves, palabras que no son lo que son, palabras que se corrompen, palabras que nacen muertas, palabras que se alimentan de la confusión, palabras que te suenan a palabras que te suenan.
Y por eso un momento así, tan mudo de palabras, resulta tan grato.
A mí, supongo que no es un secreto, me gustan las palabras.
Pero cierro los ojos y vuelvo al muro, al mar, al viento, a la lluvia, al granizo, al sol, al arcoiris, a mi sonrisa.
Y entonces sólo se me ocurre una cosa, con perdón: a la mierda las palabras.
El mar está ahí, con sus olas, su espuma, su olor. Me siento en el muro y enciendo un cigarrillo. Me gusta estar ahí. De pronto la lluvia va aumentando su potencia. Un claro y contundente chaparrón. Yo me quedo en mi sitio, sonriendo. No suelo mojarme, tengo una salud discutible y evito esos riesgos innecesarios (si has crecido con una madre que te dice cada día que si caminas desclaza por la casa te van a tener que operar de la garganta, esas cosas pasan).
En mi muro, mirando el mar, fumando (el pitillo, increíblemente, sobrevive) y de pronto: granizo. Granizo de verdad. El granizo y la niebla, quizá porque en la ciudad en la que me crié eran improbables, siempre me han fascinado. Granizo. Yo ahí, con el mar, en mi muro, fumando y sobre mí, granizo. Sonrío. Ni siquiera hago el amago de irme.
Unos segundos después, para el granizo. Y sale el sol. Era hermoso. Me giré para verlo, para sentirlo en la cara. Y cuando vuelvo la vista al mar, el arcoiris. Yo sonrío, fumo, miro al mar, la lluvia, el granizo, el sol, el arcoiris. Yo sonrío.
A menudo hay tantas palabras que intuyes no son sinceras, palabras que se dicen en lugar de otras, palabras sobre las que quieres preguntar y no te atreves, palabras que no son lo que son, palabras que se corrompen, palabras que nacen muertas, palabras que se alimentan de la confusión, palabras que te suenan a palabras que te suenan.
Y por eso un momento así, tan mudo de palabras, resulta tan grato.
A mí, supongo que no es un secreto, me gustan las palabras.
Pero cierro los ojos y vuelvo al muro, al mar, al viento, a la lluvia, al granizo, al sol, al arcoiris, a mi sonrisa.
Y entonces sólo se me ocurre una cosa, con perdón: a la mierda las palabras.
viernes, 19 de febrero de 2010
A dormir
Últimamente aquí no hay mayor novedad. Para vosotros, que leeis sin más, no para mí, agonizante entre teclas y copas que parecen no querer irse de mi espíritu. Sí, señores, una vez más, hoy es mi sábado. Y lo he pasado como los últimos, como todos, como si no tuviera memoria ni vergüenza. Sí: del otro lado de la barra.
Tendríais que entenderme. Soy mayor y soy un encanto. Lo que no soy es paciente. Así que tengo que esperar a que venga el jueves por la noche para constatar que no. Que no, y de nuevo no, y que sí pero luego no. Y algo os digo: es peor un SÍ pero luego no, que un no. O quizá no es peor, sólo se hace más largo.
Yo, últimamente, no sé que escribir aquí. Porque, estúpida que soy, dirigí a alguien a estos pagos, y no debí. No debí. Si venía, tenía que ser por voluntad. No debí contarle lo que esto me explicaba, lo que me significaba. No debí. Pero caí y lo hice. Ahora, sí, me arrepiento, porque no sé si viene, si no, si va o vuelve. Bueno, ya sabeis, cosas de chicos.
Y mientras se decide, o me decido, tampoco lo sé, intento distraerme, y no me sale. No me sale lo bien que me salía hace nada. Y me molesta. Porque yo quiero volar y dormir y cantar y bailar y no ser de nadie.
Pero a fin de cuentas, no me sale. No me sale cagarla, no me sale mandarle a la mierda, no me sale contarle que no me sale nada. Y sólo sale ahora porque es mi sábado por la noche. Mi sábado-frustrado-de-pretextos por la noche.
A mí pretextos me sobran. Faltaba más. Y de la más alta calidad. Lo que me faltan son ganas. Ganas de no dormir sola este jueves, y el otro y el otro. Chico, me da igual que trabajes mañana.
Ya está, ya lo he dicho.
Que descanseis. Yo, es que entre una cosa y la otra, lo tengo jodido.
Tendríais que entenderme. Soy mayor y soy un encanto. Lo que no soy es paciente. Así que tengo que esperar a que venga el jueves por la noche para constatar que no. Que no, y de nuevo no, y que sí pero luego no. Y algo os digo: es peor un SÍ pero luego no, que un no. O quizá no es peor, sólo se hace más largo.
Yo, últimamente, no sé que escribir aquí. Porque, estúpida que soy, dirigí a alguien a estos pagos, y no debí. No debí. Si venía, tenía que ser por voluntad. No debí contarle lo que esto me explicaba, lo que me significaba. No debí. Pero caí y lo hice. Ahora, sí, me arrepiento, porque no sé si viene, si no, si va o vuelve. Bueno, ya sabeis, cosas de chicos.
Y mientras se decide, o me decido, tampoco lo sé, intento distraerme, y no me sale. No me sale lo bien que me salía hace nada. Y me molesta. Porque yo quiero volar y dormir y cantar y bailar y no ser de nadie.
Pero a fin de cuentas, no me sale. No me sale cagarla, no me sale mandarle a la mierda, no me sale contarle que no me sale nada. Y sólo sale ahora porque es mi sábado por la noche. Mi sábado-frustrado-de-pretextos por la noche.
A mí pretextos me sobran. Faltaba más. Y de la más alta calidad. Lo que me faltan son ganas. Ganas de no dormir sola este jueves, y el otro y el otro. Chico, me da igual que trabajes mañana.
Ya está, ya lo he dicho.
Que descanseis. Yo, es que entre una cosa y la otra, lo tengo jodido.
lunes, 15 de febrero de 2010
Ojos
Ayer fue un día curioso en el trabajo. Casi no hubo llamadas. La gente estaría en la cama durmiendo el carnaval, supongo, que es justo lo que yo hubiera hecho si pudiera. Me gustan mis compañeros de trabajo y en días así se puede hablar un poco con ellos. Aunque es cierto que yo estaba más dormida que despierta.
No sé por qué, tenía un humor curioso, como el día de trabajo. Ya he hablado de mi problema con la euforia. Ayer tenía suficientes, muchos más que suficientes motivos para estar eufórica. Y no lo estaba. Es verdad que el sueño ayuda, pero no sólo.
No sé qué pasa esta vez, pero no tengo prisa. Al menos no tanta. No tengo euforia. Al menos no tanto. Estoy tranquila, aunque nerviosa. Contenta. Tengo ganas de saber más, de conocer más. Tengo ganas de mirar tranquilamente a los ojos. Es bonito. Me gusta.
Y entre siestas y llamadas pensé que aunque vivas algo con alguien, nunca vives lo mismo.
Da igual a qué punto llegues, siempre llevarás contigo todo aquello que se te ha ido acomodando sobre los hombros durante el camino. Lo que sabes y lo que no.
Da igual si llegas a cierto punto a la vez que alguien más, de la mano de alguien más, con alguien más. Todo lo que se ha acumulado irremediablemente sobre tus hombros y todo lo que el otro haya acumulado, hará que en verdad nunca, nunca, se llegue al mismo punto.
Un día preciso, una hora precisa, un beso preciso. Nunca es el mismo para cada uno.
Y por eso nunca estás seguro de qué piensa el otro, qué quiere el otro. Y supongo que eso es lo que hace las cosas interesantes.
Y por eso te dan ganas de seguir mirando esos ojos.
No sé por qué, tenía un humor curioso, como el día de trabajo. Ya he hablado de mi problema con la euforia. Ayer tenía suficientes, muchos más que suficientes motivos para estar eufórica. Y no lo estaba. Es verdad que el sueño ayuda, pero no sólo.
No sé qué pasa esta vez, pero no tengo prisa. Al menos no tanta. No tengo euforia. Al menos no tanto. Estoy tranquila, aunque nerviosa. Contenta. Tengo ganas de saber más, de conocer más. Tengo ganas de mirar tranquilamente a los ojos. Es bonito. Me gusta.
Y entre siestas y llamadas pensé que aunque vivas algo con alguien, nunca vives lo mismo.
Da igual a qué punto llegues, siempre llevarás contigo todo aquello que se te ha ido acomodando sobre los hombros durante el camino. Lo que sabes y lo que no.
Da igual si llegas a cierto punto a la vez que alguien más, de la mano de alguien más, con alguien más. Todo lo que se ha acumulado irremediablemente sobre tus hombros y todo lo que el otro haya acumulado, hará que en verdad nunca, nunca, se llegue al mismo punto.
Un día preciso, una hora precisa, un beso preciso. Nunca es el mismo para cada uno.
Y por eso nunca estás seguro de qué piensa el otro, qué quiere el otro. Y supongo que eso es lo que hace las cosas interesantes.
Y por eso te dan ganas de seguir mirando esos ojos.
miércoles, 10 de febrero de 2010
El peso de los párpados
Me estoy tomando el segundo café con leche y dios sabe que lo necesito.
Escribo sólo porque físicamente resulta más fácil que leer en estos momentos. Aunque lo que en verdad resultaría fácil sería apoyar el codo en la mesa, la mano en la barbilla y esperar a que la cafeína haga su trabajo.
Se supone que en este blog hablo de mi vida. A veces me pregunto qué entiende de mí la gente que pasa por aquí cada tanto.
Supongo que en este año y medio de blog he ido soltando unos cuantos datos objetivos sobre mí. He dicho que tengo 34 años, que estoy trabajando en algo que no me interesa, que mi jornada laboral actual ocupa mis sábados y domingos. Que hago yoga también lo he dicho.
Que estoy soltera. Single, me llamarían los modernos. Que no tengo claro mi futuro laboral y por tanto tampoco el económico y eso me asusta. Que vivo en Pontevedra y es justo donde quiero estar. Que me crié en México. Que fumo. Que dejé de fumar dos años. Que me gusta cierta música, ciertas canciones que a veces cuelgo aquí. Que me gusta escribir. Que decir me gusta escribir no hace justicia a lo que escribir es realmente para mí. Y que, por tanto, escribo.
Enumeración. Enumeración de hechos objetivos, si es que tal cosa existe.
Me pesan los brazos casi tanto como los párpados.
Hoy, como veis, no tengo ni una pizca de ingenio, ni de retranca, ni de cualquiera que sea la razón por la que a veces pasais por aquí.
Pero bueno, ésta también soy yo. La misma de las dudas, de los dramas existencia-hormonales. De las ganas abruptamente inconclusas. De las revelaciones inútiles. De los esfuerzos divangantes. De las vueltas y revueltas. De las glorias y miserias. De la impaciencia. De las euforias desconfiables y sus resacas insostenibles.
Sueño. Tengo mucho sueño. Me pesan los ojos y los brazos. Me ha salido un post de mierda. Hoy no me importa.
Es que hoy no quepo aquí. No quepo en un blog, no quepo en un folio, no quepo en una canción. A veces ni siquiera quepo en mí. Ni en mis voluntades ni en mis fracasos ni en mis intentos.
Y aún con la escasita capacidad de unir ideas que tengo hoy, sé que eso está bien. Está bien no caber.
Porque entonces sólo se puede seguir.
Y bajo todas las circunstancias, eso es lo único que quiero. De una y otra y otra y otras mil maneras. Pero al final, todo es lo mismo: Seguir.
P.D. Pensaba colgar aquí el vídeo de una canción de los Lunnis que dice: Sueeeeeño, tengo muchísimo sueeeeeño... pero me dio pereza buscarla.
Escribo sólo porque físicamente resulta más fácil que leer en estos momentos. Aunque lo que en verdad resultaría fácil sería apoyar el codo en la mesa, la mano en la barbilla y esperar a que la cafeína haga su trabajo.
Se supone que en este blog hablo de mi vida. A veces me pregunto qué entiende de mí la gente que pasa por aquí cada tanto.
Supongo que en este año y medio de blog he ido soltando unos cuantos datos objetivos sobre mí. He dicho que tengo 34 años, que estoy trabajando en algo que no me interesa, que mi jornada laboral actual ocupa mis sábados y domingos. Que hago yoga también lo he dicho.
Que estoy soltera. Single, me llamarían los modernos. Que no tengo claro mi futuro laboral y por tanto tampoco el económico y eso me asusta. Que vivo en Pontevedra y es justo donde quiero estar. Que me crié en México. Que fumo. Que dejé de fumar dos años. Que me gusta cierta música, ciertas canciones que a veces cuelgo aquí. Que me gusta escribir. Que decir me gusta escribir no hace justicia a lo que escribir es realmente para mí. Y que, por tanto, escribo.
Enumeración. Enumeración de hechos objetivos, si es que tal cosa existe.
Me pesan los brazos casi tanto como los párpados.
Hoy, como veis, no tengo ni una pizca de ingenio, ni de retranca, ni de cualquiera que sea la razón por la que a veces pasais por aquí.
Pero bueno, ésta también soy yo. La misma de las dudas, de los dramas existencia-hormonales. De las ganas abruptamente inconclusas. De las revelaciones inútiles. De los esfuerzos divangantes. De las vueltas y revueltas. De las glorias y miserias. De la impaciencia. De las euforias desconfiables y sus resacas insostenibles.
Sueño. Tengo mucho sueño. Me pesan los ojos y los brazos. Me ha salido un post de mierda. Hoy no me importa.
Es que hoy no quepo aquí. No quepo en un blog, no quepo en un folio, no quepo en una canción. A veces ni siquiera quepo en mí. Ni en mis voluntades ni en mis fracasos ni en mis intentos.
Y aún con la escasita capacidad de unir ideas que tengo hoy, sé que eso está bien. Está bien no caber.
Porque entonces sólo se puede seguir.
Y bajo todas las circunstancias, eso es lo único que quiero. De una y otra y otra y otras mil maneras. Pero al final, todo es lo mismo: Seguir.
P.D. Pensaba colgar aquí el vídeo de una canción de los Lunnis que dice: Sueeeeeño, tengo muchísimo sueeeeeño... pero me dio pereza buscarla.
jueves, 4 de febrero de 2010
Tiempos
Estoy en un taller literario y mi profe ha animado a crear un blog a los que aún no lo tienen. Hablando de eso nos decía que si algo es fundamental es tener una clara estabilidad temporal. Que si actualizo cada día, que si cada semana, que si martes y viernes. Pero siempre la misma. Una cuestión de respeto para los posibles lectores, supongo.
Yo muy constante con eso no soy, procuro actualizar, no sé, un par de veces por semana. La verdad es que el objetivo que me guía no es temporal. Actualizo cuando quiero contar algo. Y no me gusta la sensación de no escribir, digamos, en más de una semana.
La última entrada la escribí hace seis días. Y supongo que para curarme de ese sentimiento que no sé qué es pero no me gusta, estoy escribiendo esto ahora. Para decir que ahora mismo no puedo escribir. Que en cuarenta horas o seis días sentiré otra cosa, pero ahora mismo no puedo.
Y que amo mi blog y me sigue sorprendiendo que la gente pase por aquí, como digo a menudo. Pero que estoy buscando una pequeña cosita que se me perdió y no encuentro. Y no quiero/puedo hablar aquí de ello. Y como soy de hablar de lo que siento, si de lo que siento no quiero/puedo escribir, pues que mejor no escribo.
Solo os lo quería contar.
Nos vemos pronto.
Yo muy constante con eso no soy, procuro actualizar, no sé, un par de veces por semana. La verdad es que el objetivo que me guía no es temporal. Actualizo cuando quiero contar algo. Y no me gusta la sensación de no escribir, digamos, en más de una semana.
La última entrada la escribí hace seis días. Y supongo que para curarme de ese sentimiento que no sé qué es pero no me gusta, estoy escribiendo esto ahora. Para decir que ahora mismo no puedo escribir. Que en cuarenta horas o seis días sentiré otra cosa, pero ahora mismo no puedo.
Y que amo mi blog y me sigue sorprendiendo que la gente pase por aquí, como digo a menudo. Pero que estoy buscando una pequeña cosita que se me perdió y no encuentro. Y no quiero/puedo hablar aquí de ello. Y como soy de hablar de lo que siento, si de lo que siento no quiero/puedo escribir, pues que mejor no escribo.
Solo os lo quería contar.
Nos vemos pronto.
viernes, 29 de enero de 2010
Punto numero uno: sigo sin acentos. Y no tengo ganas de convertirlos en cursivas.
Punto numero dos: son las siete y media de la mañana. La gente de bien se estara levantando. Yo no puedo dormir. Tengo un terrible frio en los pies. Si, digamos que esa es la causa.
Digamos que el terrible frio en los pies es la causa por la cual no puedo dormir. Digamos que es por eso. Digamos que un blog sirve para contar cuando tienes tal frio en los pies que no te deja dormir. Digamos que estas en tu cama y dices "coño, tengo tal frio en los pies que no puedo dormir". Digamos que te levantas y decides que lo unico que puedes hacer es escribir en tu blog para contar el terrible frio en los pies que tienes. Digamos que tu semana ha sido una mierda y lo unico que puedes escribir es que no puedes dormir porque tienes un frio de mierda en los pies.
Digamos que son las siete y media de la mañana e intentas dormir y no puedes. Digamos que siempre que escribes en este blog intentas ser austera y no dejarte llevar. Digamos que disfrazas las situaciones para intentar hacerlas menos dramaticas cada vez que escribes algo. Digamos que son las siete y media de la mañana y como no puedes dormir decides abrir el ordenador para contar que no puedes dormir porque tienes un frio en los pies que te cagas.
Digamos que llevas una semana de mierda. Digamos que las cosas que siempre te hacen sentir bien no te han ayudado. Digamos que odias sentirte así. Digamos que odias entender, suponer, que no tienes control sobre lo que sientes. Digamos que es viernes por la mañana, has vuelto a casa hace un rato y no puedes dormir. Digamos que es porque tienes un terrible frio en los pies.
Digamos que eres una mujer adulta y que se supone que controlas lo que sientes. Digamos que vives sola y te haces cargo de tus gastos y de tu vida. Digamos que no puedes resistirlo, has vuelto a poner esa canción, aunque sean las siete y media de la mañana. Digamos que llevas demasiados días diciendo no importa, mañana sera otro dia.
Digamos que hay cosas que no entiendes. Digamos que hay cosas que entiendes y no quieres entender. Detestas entender. Fragil, borracha, sin acentos. Os reto a encontrar una falta de ortografia en este texto sin contar los acentos y a pesar de los Havana 3 con coca cola light en vaso ancho y con una rodaja de limon.
A veces es simplemente dificil. Dificil. A veces simplemente no encuentro como.
A veces simplemente no puedo.
Simplemente no puedo.
Simplemente, no.
No.
Punto numero dos: son las siete y media de la mañana. La gente de bien se estara levantando. Yo no puedo dormir. Tengo un terrible frio en los pies. Si, digamos que esa es la causa.
Digamos que el terrible frio en los pies es la causa por la cual no puedo dormir. Digamos que es por eso. Digamos que un blog sirve para contar cuando tienes tal frio en los pies que no te deja dormir. Digamos que estas en tu cama y dices "coño, tengo tal frio en los pies que no puedo dormir". Digamos que te levantas y decides que lo unico que puedes hacer es escribir en tu blog para contar el terrible frio en los pies que tienes. Digamos que tu semana ha sido una mierda y lo unico que puedes escribir es que no puedes dormir porque tienes un frio de mierda en los pies.
Digamos que son las siete y media de la mañana e intentas dormir y no puedes. Digamos que siempre que escribes en este blog intentas ser austera y no dejarte llevar. Digamos que disfrazas las situaciones para intentar hacerlas menos dramaticas cada vez que escribes algo. Digamos que son las siete y media de la mañana y como no puedes dormir decides abrir el ordenador para contar que no puedes dormir porque tienes un frio en los pies que te cagas.
Digamos que llevas una semana de mierda. Digamos que las cosas que siempre te hacen sentir bien no te han ayudado. Digamos que odias sentirte así. Digamos que odias entender, suponer, que no tienes control sobre lo que sientes. Digamos que es viernes por la mañana, has vuelto a casa hace un rato y no puedes dormir. Digamos que es porque tienes un terrible frio en los pies.
Digamos que eres una mujer adulta y que se supone que controlas lo que sientes. Digamos que vives sola y te haces cargo de tus gastos y de tu vida. Digamos que no puedes resistirlo, has vuelto a poner esa canción, aunque sean las siete y media de la mañana. Digamos que llevas demasiados días diciendo no importa, mañana sera otro dia.
Digamos que hay cosas que no entiendes. Digamos que hay cosas que entiendes y no quieres entender. Detestas entender. Fragil, borracha, sin acentos. Os reto a encontrar una falta de ortografia en este texto sin contar los acentos y a pesar de los Havana 3 con coca cola light en vaso ancho y con una rodaja de limon.
A veces es simplemente dificil. Dificil. A veces simplemente no encuentro como.
A veces simplemente no puedo.
Simplemente no puedo.
Simplemente, no.
No.
miércoles, 27 de enero de 2010
Parque
Es como una ausencia. Como una distancia. Como si las cosas, el mundo, te pasaran de lado. De reojo. Es como un silencio.
Ayer lleve al parque a mi sobrino M. No habia muchos niños, supongo que por el frio.
Me sente en un banco donde daba un rayo de sol. Desde ahi veia a M montado con otros niños en ese aparato que da vueltas y vueltas.
Yo veia la escena y era eso: una escena. El ultimo y enfermizo rayo de sol de una tarde helada, los niños girando a camara lenta, como la unica excepcion de un mundo que se habia detendio. Y el silencio.
Era la escena de una pelicula sin sonido. Yo, espectadora.
Yo, al margen.
Yo, de lado.
Yo, de reojo.
Yo, el banco, el rayo de sol, el viento frio, los niños girando, el silencio.
Y luego, el mundo.
O no.
Ayer lleve al parque a mi sobrino M. No habia muchos niños, supongo que por el frio.
Me sente en un banco donde daba un rayo de sol. Desde ahi veia a M montado con otros niños en ese aparato que da vueltas y vueltas.
Yo veia la escena y era eso: una escena. El ultimo y enfermizo rayo de sol de una tarde helada, los niños girando a camara lenta, como la unica excepcion de un mundo que se habia detendio. Y el silencio.
Era la escena de una pelicula sin sonido. Yo, espectadora.
Yo, al margen.
Yo, de lado.
Yo, de reojo.
Yo, el banco, el rayo de sol, el viento frio, los niños girando, el silencio.
Y luego, el mundo.
O no.
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