Algo se me escapa.
Yo no quería estar aquí, sentir esto. Lo juro. Quería seguir sonriendo y siendo el verano. Quería ser ligera y volar. Quería ser niebla y llenarlo todo.
Pero me pesan los pies como dos peces de plomo. Es fácil preferir no dar un paso más. Aunque no quiero estar aquí, es fácil preferir no dar un paso más.
No lo veo con claridad. No soy capaz de verlo. De ponerle nombre. Eso es lo que más me aturde. No poder señalar una causa.
No lo sé, no lo sé.
Algo se me escapa.
Lo único que se me ocurre tiene nombre y apellidos. Huele a gloria y a regaliz. Y no quiero que sea la causa.
Lo único que se me ocurre tenía que hacerme sonreír. Tenía que darme ganas de bailar y reír toda la noche. Tenía que darme ganas de todo.
Lo único que se me ocurre no podía, sobre todo, no podía importarme tanto. No debería asustarme tanto. Es desproporcionado. Es histriónico. Hay una trastorno mental que se llama así.
Por una confusión o una tontería, hubo un momento en que entendí que existía la posibilidad de dejar de oler tu pelo de gloria y regaliz. Y yo no estaba preparada para que me asustara tanto.
Pánico es la palabra que me vino a la mente. No tenía que ser así. Pero en un momento, por una confusión, por lo que sea, di un vistazo al futuro posible. No tenía que importarme tanto, pero es así. En el vistazo al futuro posible podías no estar. Y, no tenía que ser así, en mis planes no entraba eso, pero me asustó. Y entendí que si daba un paso en falso, quizá no volvería a oler tu pelo. Sí, el de regaliz.
Lo único que se me ocurre tiene nombre y apellidos. Llámame cobarde, porque lo soy. Porque me asusté tanto que no quiero dar ni un paso. Aunque tampoco me quiero quedar aquí. Mis pies pesan como dos peces de plomo.
Ahora estoy entumecida. Sé más sinónimos de paralizada: inmóvil, atascada, anquilosada.
Yo tenía que sonreír y tu tenías que darme ganas de bailar.
Pero tu pelo huele a regaliz. Y ayer me acerqué a tu oreja y te hablé bajito. Y dejé que mis labios rozaran sutilmente tu oreja. Y soy incapaz de leer tus señales. Y un día di un vistazo a un futuro posible donde no estabas. Y me asusté. Y no puedo dar ni un paso ahora.
Sé que no eres tú. No puedes ser tú. Soy yo siendo exagerada, desatando mis demonios, proyectando mis deseos. Sé que no eres tú. No puedes serlo. No debes serlo. Tú eras otra cosa. Ligera y con sabor a fruta. No eres tú, lo sé. Algo se me escapa. No me da la gana de que seas tú.
No eres tú. No puedes ser la causa. Y no eres real. El olor sí. Lo acepto, es real. Hueles a gloria, a regaliz, a río, a calles mojadas y a calor feliz.
Sé que no eres tú. Tú no eres real. Pero el olor sí. Es real. El olor, sí.
domingo, 1 de agosto de 2010
jueves, 22 de julio de 2010
Sonreír
Me he despertado temprano en la casa de la playa. Dentro, todos duermen. Son las personas que más me importan en el mundo. Yo me siento en el patio y tomo café mientras escribo esto. Y miro los tejados de las casas y el mar, el eterno e imparable mar. Y siento la brisa fresca de mi país.
En realidad creo que no necesito mucho para ser feliz.
Leí hace poco una entrevista a Andrés Calamaro. Decía que de todos es sabido que los poetas necesitan la fertilidad de la profunda decepción sentimental. Sí, lo he oído. A escritores profesionales, a aficionados; yo misma lo he sentido.
Qué fecundo es el dolor. Qué fácil salen las palabras cuando parece que en el propio cuerpo no cabe tanta amargura, cuando el dolor de un amor perdido te rompe en millares de astillas.
Creo que el amor es la más sublime invención cerebral para perpetuarnos. Es improbable escapar a los mandatos de nuestra genética, por más que sublimemos o racionalicemos nuestros instintos.
Es un misterio el amor. Y algo bastante serio, para mí. Prefiero casi siempre hablar de atracción. De todas formas ¿no es así como nace el amor?
A veces te encuentras con alguien que racionalmente parece tener todas las papeletas para traspasar la atracción. Pero no sucede. Puede que algún día se explique científicamente todo lo que sentimos. Pero mientras tanto, y creo que aún en ese momento, hay un punto inexplicable, un algo invisible, el pegamento que aglutina el resto de los componentes. Lo sientes en el estómago comprimido, en el corazón acelerado. Puedes racionalizarlo todo, verbalizarlo todo, menos eso. La chispa. La sientes o no la sientes.
La chispa no es, desde luego, amor. Pero es quizá una atracción que supera la conciencia. Es poderosa.
A veces te encuentras con alguien que parecería adecuado. Y te esfuerzas para que funcione. Y piensas: la chispa no es real, puedo vivir sin ella. Buscas ventajas, alicientes. Sustitutos, quizá. Aunque sientas que estás recompiendo un viejo matrimonio gastado, cuando lo que tendrías que estar haciendo es flotar. Yo lo he intentado, y no me sale. Si no hay chispa, no me sale.
Y sí, a veces la chispa surge en el lugar menos adecuado, con todo en contra, llena de improbabilidad. Y tienes algunas opciones que tomar. Puedes fingir que no está y barrerla bajo la alfombra. Pero no tiene intención de desaparacer, vuelve, siempre vuelve. Está ahí. Y puedes decidir ignorarla, o lanzarte a ella o mil opciones más. Pero está ahí.
Está ahí y te hace sonreír.
Yo no tengo ganas de sufrir la fertilidad de la fecunda decepción sentimental. Tampoco me apetece intentar arreglar algo donde no surge la chispa. De hecho, no tengo ningún plan.
Quizá, solo, sonreír.
En realidad creo que no necesito mucho para ser feliz.
Yearnin', de The Black Keys.
En realidad creo que no necesito mucho para ser feliz.
Leí hace poco una entrevista a Andrés Calamaro. Decía que de todos es sabido que los poetas necesitan la fertilidad de la profunda decepción sentimental. Sí, lo he oído. A escritores profesionales, a aficionados; yo misma lo he sentido.
Qué fecundo es el dolor. Qué fácil salen las palabras cuando parece que en el propio cuerpo no cabe tanta amargura, cuando el dolor de un amor perdido te rompe en millares de astillas.
Creo que el amor es la más sublime invención cerebral para perpetuarnos. Es improbable escapar a los mandatos de nuestra genética, por más que sublimemos o racionalicemos nuestros instintos.
Es un misterio el amor. Y algo bastante serio, para mí. Prefiero casi siempre hablar de atracción. De todas formas ¿no es así como nace el amor?
A veces te encuentras con alguien que racionalmente parece tener todas las papeletas para traspasar la atracción. Pero no sucede. Puede que algún día se explique científicamente todo lo que sentimos. Pero mientras tanto, y creo que aún en ese momento, hay un punto inexplicable, un algo invisible, el pegamento que aglutina el resto de los componentes. Lo sientes en el estómago comprimido, en el corazón acelerado. Puedes racionalizarlo todo, verbalizarlo todo, menos eso. La chispa. La sientes o no la sientes.
La chispa no es, desde luego, amor. Pero es quizá una atracción que supera la conciencia. Es poderosa.
A veces te encuentras con alguien que parecería adecuado. Y te esfuerzas para que funcione. Y piensas: la chispa no es real, puedo vivir sin ella. Buscas ventajas, alicientes. Sustitutos, quizá. Aunque sientas que estás recompiendo un viejo matrimonio gastado, cuando lo que tendrías que estar haciendo es flotar. Yo lo he intentado, y no me sale. Si no hay chispa, no me sale.
Y sí, a veces la chispa surge en el lugar menos adecuado, con todo en contra, llena de improbabilidad. Y tienes algunas opciones que tomar. Puedes fingir que no está y barrerla bajo la alfombra. Pero no tiene intención de desaparacer, vuelve, siempre vuelve. Está ahí. Y puedes decidir ignorarla, o lanzarte a ella o mil opciones más. Pero está ahí.
Está ahí y te hace sonreír.
Yo no tengo ganas de sufrir la fertilidad de la fecunda decepción sentimental. Tampoco me apetece intentar arreglar algo donde no surge la chispa. De hecho, no tengo ningún plan.
Quizá, solo, sonreír.
En realidad creo que no necesito mucho para ser feliz.
Yearnin', de The Black Keys.
viernes, 16 de julio de 2010
O empezar
El verano es un estado mental que a veces no acaba de llegar. Pero uno se va olvidando del invierno, de que te pasas meses con el paraguas en la mano y con medias gruesas bajo los pantalones.
Hoy me voy de festival. Polvo, cubatas malos, música. Y podré escuchar en vivo lo que abajo adjunto. Hace dos años los iba a ver por primera vez. Inaguraba este blog y lo hacía con otra canción suya. Ayer, que más bien fue hoy temprano, cerraron con esta canción el sitio ese donde uno va cuando cierran todos los bares. Era el fin de fiesta. Encendieron las luces y ¡ala! Copenhague. Nunca fue mi canción favorita de ellos pero ayer, encendieron las luces y sonó. Miré a mi alrededor. Uno nunca sabe nada, de nada. No sabe nada de la gente, especialmente de la que tiene cerca. Pero yo estaba ahí, con las luces encendidas y Copenhague sonando. Me agarré a una espalda amistosa y bailé. Coño, cómo me gusta bailar pegados. Y apoyé mi cabeza en su pecho mientras sonreía y cantaba Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar. O empezar.
El verano es tiempo de hacer lo que dé la gana. De que no haya obstáculos ni miedos ni dudas. Es sol, y agua helada. Son chicos jóvenes bailando en la pista mientras yo los observo. Son esos que tenía al lado, todos hermosos, todos luminosos, todos míos sólo por ese instante.
Si os contara mi noche os reirías mucho conmigo. Me lo pasé pipa. Dios, el que no existe, sabe que lo merecía. Merecía esas confesiones, merecía mandar a la mierda al guaperas ese (tres veces), merecía cantar Ojalá a voz viva. Y bailar sentada a Lady Gagá. Merecía reencontrarme esa mirada, la de aquella vez. Y volver a ver una vez más a esa otra, la de siempre, la de nunca. Merecía vestirme con esa camiseta amarilla de las rebajas que me sienta como dios, el que no existe. Merecía morirme de hambre y que aquel sitio estuviera cerrado. Merecía pensar "quiero que me mires ahora" y girarme, y ver que me veía. Merecía preguntar ¿conoces a este chico? Merecía esos dos besazos de despedida. Merecía que lloviera y ser la única con paraguas. Merecía dar un regalo. Merecía Copenhague. Merecía que se encendieran las luces y sonara esa canción. Merecía mirar a mi alrededor y saber que todos esos que tenía al lado, todos hermosos, todos luminosos, eran míos por ese instante. Merecía bailar agarrada.
El verano es un estado mental. Mi verano se parece a Copenhague. Mi verano es ese instante preciso. Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar. O empezar.
Mi verano empezó ayer.
Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar. O empezar.
O empezar.
Copenhague, Vetusta Morla.
Hoy me voy de festival. Polvo, cubatas malos, música. Y podré escuchar en vivo lo que abajo adjunto. Hace dos años los iba a ver por primera vez. Inaguraba este blog y lo hacía con otra canción suya. Ayer, que más bien fue hoy temprano, cerraron con esta canción el sitio ese donde uno va cuando cierran todos los bares. Era el fin de fiesta. Encendieron las luces y ¡ala! Copenhague. Nunca fue mi canción favorita de ellos pero ayer, encendieron las luces y sonó. Miré a mi alrededor. Uno nunca sabe nada, de nada. No sabe nada de la gente, especialmente de la que tiene cerca. Pero yo estaba ahí, con las luces encendidas y Copenhague sonando. Me agarré a una espalda amistosa y bailé. Coño, cómo me gusta bailar pegados. Y apoyé mi cabeza en su pecho mientras sonreía y cantaba Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar. O empezar.
El verano es tiempo de hacer lo que dé la gana. De que no haya obstáculos ni miedos ni dudas. Es sol, y agua helada. Son chicos jóvenes bailando en la pista mientras yo los observo. Son esos que tenía al lado, todos hermosos, todos luminosos, todos míos sólo por ese instante.
Si os contara mi noche os reirías mucho conmigo. Me lo pasé pipa. Dios, el que no existe, sabe que lo merecía. Merecía esas confesiones, merecía mandar a la mierda al guaperas ese (tres veces), merecía cantar Ojalá a voz viva. Y bailar sentada a Lady Gagá. Merecía reencontrarme esa mirada, la de aquella vez. Y volver a ver una vez más a esa otra, la de siempre, la de nunca. Merecía vestirme con esa camiseta amarilla de las rebajas que me sienta como dios, el que no existe. Merecía morirme de hambre y que aquel sitio estuviera cerrado. Merecía pensar "quiero que me mires ahora" y girarme, y ver que me veía. Merecía preguntar ¿conoces a este chico? Merecía esos dos besazos de despedida. Merecía que lloviera y ser la única con paraguas. Merecía dar un regalo. Merecía Copenhague. Merecía que se encendieran las luces y sonara esa canción. Merecía mirar a mi alrededor y saber que todos esos que tenía al lado, todos hermosos, todos luminosos, eran míos por ese instante. Merecía bailar agarrada.
El verano es un estado mental. Mi verano se parece a Copenhague. Mi verano es ese instante preciso. Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar. O empezar.
Mi verano empezó ayer.
Dejarse llevar suena demasiado bien, jugar al azar, nunca saber dónde puedes terminar. O empezar.
O empezar.
Copenhague, Vetusta Morla.
lunes, 12 de julio de 2010
Estar vivo
Huele a hierba mojada. Y a mar. Me estoy tomando un café en el chiringuito de la playa con una vista espectacular de fondo. Y pienso: Esto es el puto paraíso. (Lo siento, soy un poco malhablada. En casa me llamaban camionera).

A veces me han reprochado no ser clara en este blog. En lugar de escribir: Hoy me he quemado un dedo, y duele un poco, soy más de ir directamente al duele un poco y claro, no siempre se entiende por qué. O lo qué. Imagino que es una cuestión de estilo o un modo de contar. O quizá es simplemente vergüenza.
Yo supongo que las cosas, aunque empiecen mal, pueden acabar bien. O empezar bien y terminar regular. No sé. No creo en las señales, en el destino o en los dioses, ni siquiera estoy segura de creer en la suerte o saber lo que es el azar. Así que supongo que cualquier combinación es posible.
Pero lo cierto es que hace poco me despedí de alguien con quien las cosas empezaron, en un primer y glorioso estallido, bien, más que bien; en seguida, cuando empezaron de verdad, mal, muy mal; y ahora, terminaron. No sé si terminaron bien o mal, la verdad, solo que terminaron.
No basta, desde luego, con querer que las cosas vayan bien.
El amor es una cosa bastante extraña. Enamorarse. Después ya vendrá la vida real con sus compromisos, sus pactos, la convivencia, yo qué sé. Pero primero, está enamorarse.
Enamorarse. Perder la cabeza. No caber en las razones. Que el tiempo se detenga. Que el deseo te condene. Que el mundo brille. Que tú brilles con él. Que cada pequeña cosa encaje. Que todo parezca posible. Que atisbes por un segundo el equilibrio del universo. Que creas que nunca nadie ha podido sentirse así. Que sientas que has nacido para ese momento. Que todo valga la pena, que todo tenga sentido. Enamorarse.
Después vendrá lo demás, pero primero, enamorarse. Enamorarse es todo magia. Ajeno a cualquier explicación. Aunque no sea más que química cerebral y patrones incoscientes. Enamorarse es milagro. Es impalpable como la niebla. Inasible.
Pero a veces no basta con querer que las cosas vayan bien. Con creer que todo irá mejor. A veces, no es así. A veces, quieres que todo vaya bien, pero no va. Y cuando no va, sabes lo que hay que hacer. Y sabes que dolerá. Y sabes también que ese dolor pasará.
Hoy, es verdad, me he quemado un dedo.
También me he despedido de alguien.
Y duele, sí señor, duele un poco.
Es lo que tiene estar vivo.

A veces me han reprochado no ser clara en este blog. En lugar de escribir: Hoy me he quemado un dedo, y duele un poco, soy más de ir directamente al duele un poco y claro, no siempre se entiende por qué. O lo qué. Imagino que es una cuestión de estilo o un modo de contar. O quizá es simplemente vergüenza.
Yo supongo que las cosas, aunque empiecen mal, pueden acabar bien. O empezar bien y terminar regular. No sé. No creo en las señales, en el destino o en los dioses, ni siquiera estoy segura de creer en la suerte o saber lo que es el azar. Así que supongo que cualquier combinación es posible.
Pero lo cierto es que hace poco me despedí de alguien con quien las cosas empezaron, en un primer y glorioso estallido, bien, más que bien; en seguida, cuando empezaron de verdad, mal, muy mal; y ahora, terminaron. No sé si terminaron bien o mal, la verdad, solo que terminaron.
No basta, desde luego, con querer que las cosas vayan bien.
El amor es una cosa bastante extraña. Enamorarse. Después ya vendrá la vida real con sus compromisos, sus pactos, la convivencia, yo qué sé. Pero primero, está enamorarse.
Enamorarse. Perder la cabeza. No caber en las razones. Que el tiempo se detenga. Que el deseo te condene. Que el mundo brille. Que tú brilles con él. Que cada pequeña cosa encaje. Que todo parezca posible. Que atisbes por un segundo el equilibrio del universo. Que creas que nunca nadie ha podido sentirse así. Que sientas que has nacido para ese momento. Que todo valga la pena, que todo tenga sentido. Enamorarse.
Después vendrá lo demás, pero primero, enamorarse. Enamorarse es todo magia. Ajeno a cualquier explicación. Aunque no sea más que química cerebral y patrones incoscientes. Enamorarse es milagro. Es impalpable como la niebla. Inasible.
Pero a veces no basta con querer que las cosas vayan bien. Con creer que todo irá mejor. A veces, no es así. A veces, quieres que todo vaya bien, pero no va. Y cuando no va, sabes lo que hay que hacer. Y sabes que dolerá. Y sabes también que ese dolor pasará.
Hoy, es verdad, me he quemado un dedo.
También me he despedido de alguien.
Y duele, sí señor, duele un poco.
Es lo que tiene estar vivo.
jueves, 8 de julio de 2010
Nada
Se abrazaban en la cama. Empezaron a hablar de aquella primera vez en que se conocieron y todo salió muy mal. Muchos malentendidos, unos sobre otro como un castillo de naipes que al menor viento se derribó llevándose también la posibilidad de forjar algo. Un tiempo después se reencontraron y pudieron aclarar lo que había sucedido. Ahora se abrazaban en la cama y hablaban de aquella vez.
Ella le contaba que, quizá por aquel mal comienzo, tenía un poco de miedo. A que las cosas fueran de nuevo mal, a que reinaran otra vez los malentendidos. Miedo a que las cosas no funcionaran.
¿Qué puede pasar?- dijo él, seguro, tranquilo, con la serenidad de aquel que, quizá, nunca ha sido verdaderamente herido.
¿Qué puede pasar?- dijo él.
¿Qué puede pasar? repitió ella en su mente mientras miraba sus ojos dulces. ¿Que qué puede pasar? Puede pasar que me conozcas, que me conozcas de verdad y dejes de querer estar conmigo. Puede pasar que no me atreva a ser yo, que busque formas de mostrarte un yo mejorado. Puede pasar que yo sienta mariposas en el estómago cuando voy a verte y tú no. Puede pasar que te des cuenta de que no soy tan graciosa ni tan interesante como te parecía antes. Puede pasar que un día te hartes de mis manías, o yo de las tuyas. Puede pasar que de pronto, simplemente se agote la magia. Puede pasar que dejes de desearme. Puede pasar que yo empiece a desear a alguien más. Puede pasar que un día te pregunte si me quieres y no digas que sí. Puede pasar que no seamos el uno para el otro, y que nos hagamos daño mientras lo descubrimos.
¿Qué puede pasar?- dijo él, sereno, tranquilo, con una leve sonrisa, mientras la abrazaba en la cama.
Y ella, mirando sus ojos dulces, mientras apoyaba la cabeza en su pecho, le respondió: Nada.
Ella le contaba que, quizá por aquel mal comienzo, tenía un poco de miedo. A que las cosas fueran de nuevo mal, a que reinaran otra vez los malentendidos. Miedo a que las cosas no funcionaran.
¿Qué puede pasar?- dijo él, seguro, tranquilo, con la serenidad de aquel que, quizá, nunca ha sido verdaderamente herido.
¿Qué puede pasar?- dijo él.
¿Qué puede pasar? repitió ella en su mente mientras miraba sus ojos dulces. ¿Que qué puede pasar? Puede pasar que me conozcas, que me conozcas de verdad y dejes de querer estar conmigo. Puede pasar que no me atreva a ser yo, que busque formas de mostrarte un yo mejorado. Puede pasar que yo sienta mariposas en el estómago cuando voy a verte y tú no. Puede pasar que te des cuenta de que no soy tan graciosa ni tan interesante como te parecía antes. Puede pasar que un día te hartes de mis manías, o yo de las tuyas. Puede pasar que de pronto, simplemente se agote la magia. Puede pasar que dejes de desearme. Puede pasar que yo empiece a desear a alguien más. Puede pasar que un día te pregunte si me quieres y no digas que sí. Puede pasar que no seamos el uno para el otro, y que nos hagamos daño mientras lo descubrimos.
¿Qué puede pasar?- dijo él, sereno, tranquilo, con una leve sonrisa, mientras la abrazaba en la cama.
Y ella, mirando sus ojos dulces, mientras apoyaba la cabeza en su pecho, le respondió: Nada.
sábado, 3 de julio de 2010
Nostalgia
Hoy he salido de juerga. He vuelto pronto. Hay días en que lo que te apetece se encierra en las paredes de lo que llamas tu casa. Hay días que se cubren con la prolongación de tu nostalgia.
La RAE dice que la nostalgia es la tristeza melancólica por verse ausente de la patria o de los amigos. Qué cortas son las palabras, qué poco alcanzan a explicar.
Hoy he vuelto pronto a casa y he seguido ese consejo para no tener resaca (una rodaja de limón y dos vasos de agua). Estoy en pijama, uno viejo y cómodo, de esos que nunca me pongo cuando estás tú. La nostalgia de lo que se anhela, de lo que quizá se necesita para no caer en un error, no se llama nostalgia. Pero la RAE no me sabe explicar lo que yo misma desconozco.
A veces la nostalgia informe, la que no cabe en el diccionario, se te presenta como una mantita de invierno que te envuelve con suavidad. A veces es un respingo, que se aparece de pronto al tener cerca esa mirada cálida, cómoda, que parece empeñada en encerrar siempre tus dudas, en recordártelas. Que te hace volver a preguntarte si te equivocaste.
Hoy me ha salido una arruga nueva. En la frente. Quizá son los treinta y cinco. O quizá los días y días que llevo de juerga festejándolos. O quizá la nostalgia. No la de la patria ni la de los amigos. La otra. La nostalgia de tus palabras.
En la esquina inferior izquierda de la pantalla de mi móvil se pinta una flecha roja cuando llega un mensaje. Hoy no había ninguna.
Hay días en que todo cuadra. Salen las cuentas, las cosas marchan. Y hay días que no. Días en que aparece un reborde, una arista. En esos días la nostalgia te abraza como una amiga, y tú te dejas. Y sabes que lo que quizá necesitas es esa palabra que no llega. Una muestra, una evidencia. Algo que te haga sentir que no te equivocaste.
Porque mientras esas palabras no llegan y te dejas abrazar por la nostalgia, a veces, se acerca esa mirada dulce, tan dulce. Y tienes miedo de haberte equivocado. Y tienes miedo de equivocarte ahora. Y tienes miedo de que aquellas palabras no lleguen.
Y decides irte a casa. Pronto. Abrazando a tu nostalgia.
La RAE dice que la nostalgia es la tristeza melancólica por verse ausente de la patria o de los amigos. Qué cortas son las palabras, qué poco alcanzan a explicar.
Hoy he vuelto pronto a casa y he seguido ese consejo para no tener resaca (una rodaja de limón y dos vasos de agua). Estoy en pijama, uno viejo y cómodo, de esos que nunca me pongo cuando estás tú. La nostalgia de lo que se anhela, de lo que quizá se necesita para no caer en un error, no se llama nostalgia. Pero la RAE no me sabe explicar lo que yo misma desconozco.
A veces la nostalgia informe, la que no cabe en el diccionario, se te presenta como una mantita de invierno que te envuelve con suavidad. A veces es un respingo, que se aparece de pronto al tener cerca esa mirada cálida, cómoda, que parece empeñada en encerrar siempre tus dudas, en recordártelas. Que te hace volver a preguntarte si te equivocaste.
Hoy me ha salido una arruga nueva. En la frente. Quizá son los treinta y cinco. O quizá los días y días que llevo de juerga festejándolos. O quizá la nostalgia. No la de la patria ni la de los amigos. La otra. La nostalgia de tus palabras.
En la esquina inferior izquierda de la pantalla de mi móvil se pinta una flecha roja cuando llega un mensaje. Hoy no había ninguna.
Hay días en que todo cuadra. Salen las cuentas, las cosas marchan. Y hay días que no. Días en que aparece un reborde, una arista. En esos días la nostalgia te abraza como una amiga, y tú te dejas. Y sabes que lo que quizá necesitas es esa palabra que no llega. Una muestra, una evidencia. Algo que te haga sentir que no te equivocaste.
Porque mientras esas palabras no llegan y te dejas abrazar por la nostalgia, a veces, se acerca esa mirada dulce, tan dulce. Y tienes miedo de haberte equivocado. Y tienes miedo de equivocarte ahora. Y tienes miedo de que aquellas palabras no lleguen.
Y decides irte a casa. Pronto. Abrazando a tu nostalgia.
lunes, 28 de junio de 2010
Que siga la fiesta
Me gusta viajar. Me encanta conocer sitios nuevos y reconocerme en ellos. Viajar me supone momentos de toda índole, internos y externos, que me construyen en una manera que me resulta deliciosa. Pero todo eso es para otro post. Para este, el punto es que me encanta viajar, pero este verano, no me apetece.
Pronto, prontito, prontísimo, será mi cumpleaños. Me preguntó una colega el otro día qué deseos tenía para este cumple. De esos que se piden al soplar las velitas. Me quedé sin saber qué decir.
Desde luego que podría pedir un montonal de cosas, desde una camiseta de las rebajas hasta una casa. O perder de vista a alguien o ver más de cerca a alguien más. O que me saque la lotería o no gane el mundial Alemania.
Pero no, me quedé en silencio. No sé, dije al final, quizá un mejor trabajo.
Este invierno ha sido tan largo que apenas me he enterado de que ya casi empieza julio. Mi cumpleaños me cayó como de golpe, como de sopresa. Me di un homenaje improvisado de juerga, festejando jueves, viernes y sábado; y el domingo comida con mi familia.
Mañana toca el último festejo. Imagino que no habrá tarta y velas. Sí las hubo en la comida familiar y no las soplé. Como tampoco fui a saltar hogueras en San Juan. A la mierda los ritos. A la mierda los deseos de cumpleaños. Que venga pura, brutal y sorprendente, la realidad.
A la mierda las expectativas, a la mierda los planes. A la mierda el qué será. Que venga lo que sea.
Creo que por eso este año no viajo. Porque no me apetece organizarlo y saber dónde estaré de tal a tal día. No tengo ganas de decidir y elegir y tenerlo todo claro. Volveré a viajar, porque es parte de lo que soy y de lo que quiero. Volveré a elegir destinos con ilusión y a mirar fotos falsas de hoteles, a comparar precios y buscar mapas. Pero este verano, no.
No es una lección, no es una consigna, no es un esfuerzo. Simplemente así me siento ahora. ¿Qué haré este verano? Ni puta idea. Que venga lo que sea. ¿Que qué deseos tengo para este cumple? Pues ese: que venga lo que sea, que el mundo gire, que la vida siga, que el universo me sorprenda. Que no pase nada, que pase todo.
Cumplo años, señores. Treinta y cinco. Que siga la fiesta.
Pronto, prontito, prontísimo, será mi cumpleaños. Me preguntó una colega el otro día qué deseos tenía para este cumple. De esos que se piden al soplar las velitas. Me quedé sin saber qué decir.
Desde luego que podría pedir un montonal de cosas, desde una camiseta de las rebajas hasta una casa. O perder de vista a alguien o ver más de cerca a alguien más. O que me saque la lotería o no gane el mundial Alemania.
Pero no, me quedé en silencio. No sé, dije al final, quizá un mejor trabajo.
Este invierno ha sido tan largo que apenas me he enterado de que ya casi empieza julio. Mi cumpleaños me cayó como de golpe, como de sopresa. Me di un homenaje improvisado de juerga, festejando jueves, viernes y sábado; y el domingo comida con mi familia.
Mañana toca el último festejo. Imagino que no habrá tarta y velas. Sí las hubo en la comida familiar y no las soplé. Como tampoco fui a saltar hogueras en San Juan. A la mierda los ritos. A la mierda los deseos de cumpleaños. Que venga pura, brutal y sorprendente, la realidad.
A la mierda las expectativas, a la mierda los planes. A la mierda el qué será. Que venga lo que sea.
Creo que por eso este año no viajo. Porque no me apetece organizarlo y saber dónde estaré de tal a tal día. No tengo ganas de decidir y elegir y tenerlo todo claro. Volveré a viajar, porque es parte de lo que soy y de lo que quiero. Volveré a elegir destinos con ilusión y a mirar fotos falsas de hoteles, a comparar precios y buscar mapas. Pero este verano, no.
No es una lección, no es una consigna, no es un esfuerzo. Simplemente así me siento ahora. ¿Qué haré este verano? Ni puta idea. Que venga lo que sea. ¿Que qué deseos tengo para este cumple? Pues ese: que venga lo que sea, que el mundo gire, que la vida siga, que el universo me sorprenda. Que no pase nada, que pase todo.
Cumplo años, señores. Treinta y cinco. Que siga la fiesta.
lunes, 14 de junio de 2010
El crimen
Hoy tuve un sueño brutal. Una pesadilla en toda regla. Me da vergüenza contarlo, pero ahí va. Al principio del sueño, estaba en mi trabajo, atendiendo una llamada, cuando notaba que se había ido la luz. Nadie trabajaba, excepto yo. Sin razón aparente comenzaban a llegar antiguos compañeros. Me saludaban, y yo estaba contenta de verlos, pero me estresaba porque tenía que seguir con la llamada. Finalmente resolvía el problema del cliente pero dejaba de escucharlo.
Al salir del trabajo caminaba con algunas compañeras hasta que encontrábamos una construcción circular. Algunas de las compañeras entraban ahí. Yo me asomaba y veía que participaban en una especie de rito satánico. Me enfrentaba al jefe y él se abalanzaba sobre mí. Yo me defendía, apretaba su cuello con mis manos. Él no se resistía, yo seguía apretando hasta que la cabeza desapareció y manó sangre. Sangre fresca, roja, viva, en mis manos. Me asustaba, me limpiaba las manos en algo y me iba.
Mis compañeras, que estaban en el rito aquel, me seguían. Tenía miedo de que me mataran. No me hacían nada, no me decían nada, pero llegaban conmigo hasta casa. Y no sólo ellas, empezaba a llegar gente, muchísima gente. Conocidos, desconocidos. Era como una fiesta. Yo me daba cuenta de que ellas habían invitado a toda esa gente que yo no quería en mi casa, para vengarse. Se me ocurría decirle a la gente que la fiesta se había terminado, pero no me hacían caso. Algunos amigos me ayudaban con el plan, pero no funcionaba.
Pensaba en llamar a la polícía, pero entonces veía que las chicas tenían un pequeño perro blanco manchado de sangre y yo entendía que había limpiado mis manos en él, que no podía llamar a la polícía para que echaran a la gente porque yo era culpable de un crimen. Entonces tomaba conciencia de que había matado a un hombre.
Más o menos a esa altura del sueño me desperté. Me alivié al ver que no había gente, que se habían ido. Y me asusté al darme cuenta de que eso no borraba el hecho de que había matado a un hombre.
Supongo que entonces me desperté de verdad.
Acepto interpretaciones, aunque ya he hecho las mías. Y no tengáis piedad conmigo. Creedme, yo no la tengo.
Al salir del trabajo caminaba con algunas compañeras hasta que encontrábamos una construcción circular. Algunas de las compañeras entraban ahí. Yo me asomaba y veía que participaban en una especie de rito satánico. Me enfrentaba al jefe y él se abalanzaba sobre mí. Yo me defendía, apretaba su cuello con mis manos. Él no se resistía, yo seguía apretando hasta que la cabeza desapareció y manó sangre. Sangre fresca, roja, viva, en mis manos. Me asustaba, me limpiaba las manos en algo y me iba.
Mis compañeras, que estaban en el rito aquel, me seguían. Tenía miedo de que me mataran. No me hacían nada, no me decían nada, pero llegaban conmigo hasta casa. Y no sólo ellas, empezaba a llegar gente, muchísima gente. Conocidos, desconocidos. Era como una fiesta. Yo me daba cuenta de que ellas habían invitado a toda esa gente que yo no quería en mi casa, para vengarse. Se me ocurría decirle a la gente que la fiesta se había terminado, pero no me hacían caso. Algunos amigos me ayudaban con el plan, pero no funcionaba.
Pensaba en llamar a la polícía, pero entonces veía que las chicas tenían un pequeño perro blanco manchado de sangre y yo entendía que había limpiado mis manos en él, que no podía llamar a la polícía para que echaran a la gente porque yo era culpable de un crimen. Entonces tomaba conciencia de que había matado a un hombre.
Más o menos a esa altura del sueño me desperté. Me alivié al ver que no había gente, que se habían ido. Y me asusté al darme cuenta de que eso no borraba el hecho de que había matado a un hombre.
Supongo que entonces me desperté de verdad.
Acepto interpretaciones, aunque ya he hecho las mías. Y no tengáis piedad conmigo. Creedme, yo no la tengo.
jueves, 3 de junio de 2010
Lo que sea
Más allá de que se me caiga o no el pelo, es cierto que pienso demasiado. Aunque, quizá lo que haga es pensar de menos. Es decir, pienso en muchas cosas, excepto en las que debería pensar.
Estaba en la cama, escuchando a Punset y entonces me lié dos pitillos y me vine a escribir para contar que hoy tengo una desazón.
No le encuentro una razón objetiva y cuándo pienso por qué, creo que pienso de todo, excepto lo que realmente me acerca a saberlo.
En ese pensar de más se instalan muy alegremente mis más arraigadas inseguridades, los miedos profundos con los que poco me apetece convivir, algunos demonios que encontraron el momento preciso para hacerse notar.
No pienses, entonces, sería un buen consejo. Pero la desazón sigue ahí.
Y pienso en mi viejo conocido, el miedo al cambio. Sí, señores, a veces soy densa, pesada y complicada. Mi atávico e ilógico miedo al cambio. Miedo al cambio incluso cuando el cambio es deseable y deseado, gozoso, feliz.
La primera vez que hablé seriamente sobre cambiar el país donde vivía, lloré. Ese cambiar de país era mi mayor ilusión, el sueño de mi vida. Y lloré. Porque tenía miedo. Miedo al cambio.
Dice Punset que la ansiedad es buena, te pone en alerta para cualquier situación que lo amerite. El miedo no. El miedo paraliza.
Aquel miedo al cambio encerraba la tristeza de dejar a mis amigos, mis costumbres, el mundo que conocía.
Éste, el de ahora, quizá encierra la duda de si sabré hacerlo bien, la de si repetiré los mismos errores, la de si me aguantarás cuando me ponga así, densa, pesada y complicada. La de si me volverán a romper el corazón.
Lo bueno de pensar es que a veces das en el clavo. Y comprendes algo. Y entonces vas y lo escribes y lo ordenas y lo confirmas. Y entiendes que tus miedos probablemente están justificados, pero eso no significa que sean justos. Porque en la partida que juegas hoy todo es dulce y luminoso. Y que sí, que te da miedo hacerte vulnerable, pero lo haces porque confías. Y es bueno confiar. Y volver a arriesgarse. Y dejar de sentirte pesada y densa y complicada. Y sonreír.
Y entonces sientes como se diluye esa desazón. Y te das cuenta de que tienes sueño. Y te fumas el segundo pitillo mientras pinchas el botón de "Publicar entrada". Y dejas de pensar y solo recuerdas. Ese abrazo. Las sonrisas. Las arruguitas junto a los ojos. La ternura. Las ganas. La valentía. Lo que dices, como de paso, y que es simple y llanamente tan bonito. Lo que queda por delante. Lo que sea. Lo que sea.
Buenas noches.
Estaba en la cama, escuchando a Punset y entonces me lié dos pitillos y me vine a escribir para contar que hoy tengo una desazón.
No le encuentro una razón objetiva y cuándo pienso por qué, creo que pienso de todo, excepto lo que realmente me acerca a saberlo.
En ese pensar de más se instalan muy alegremente mis más arraigadas inseguridades, los miedos profundos con los que poco me apetece convivir, algunos demonios que encontraron el momento preciso para hacerse notar.
No pienses, entonces, sería un buen consejo. Pero la desazón sigue ahí.
Y pienso en mi viejo conocido, el miedo al cambio. Sí, señores, a veces soy densa, pesada y complicada. Mi atávico e ilógico miedo al cambio. Miedo al cambio incluso cuando el cambio es deseable y deseado, gozoso, feliz.
La primera vez que hablé seriamente sobre cambiar el país donde vivía, lloré. Ese cambiar de país era mi mayor ilusión, el sueño de mi vida. Y lloré. Porque tenía miedo. Miedo al cambio.
Dice Punset que la ansiedad es buena, te pone en alerta para cualquier situación que lo amerite. El miedo no. El miedo paraliza.
Aquel miedo al cambio encerraba la tristeza de dejar a mis amigos, mis costumbres, el mundo que conocía.
Éste, el de ahora, quizá encierra la duda de si sabré hacerlo bien, la de si repetiré los mismos errores, la de si me aguantarás cuando me ponga así, densa, pesada y complicada. La de si me volverán a romper el corazón.
Lo bueno de pensar es que a veces das en el clavo. Y comprendes algo. Y entonces vas y lo escribes y lo ordenas y lo confirmas. Y entiendes que tus miedos probablemente están justificados, pero eso no significa que sean justos. Porque en la partida que juegas hoy todo es dulce y luminoso. Y que sí, que te da miedo hacerte vulnerable, pero lo haces porque confías. Y es bueno confiar. Y volver a arriesgarse. Y dejar de sentirte pesada y densa y complicada. Y sonreír.
Y entonces sientes como se diluye esa desazón. Y te das cuenta de que tienes sueño. Y te fumas el segundo pitillo mientras pinchas el botón de "Publicar entrada". Y dejas de pensar y solo recuerdas. Ese abrazo. Las sonrisas. Las arruguitas junto a los ojos. La ternura. Las ganas. La valentía. Lo que dices, como de paso, y que es simple y llanamente tan bonito. Lo que queda por delante. Lo que sea. Lo que sea.
Buenas noches.
miércoles, 26 de mayo de 2010
Sabiduría popular
"Tú vas al psicólogo ¿verdad?"
¿Eiiin?
Estaba yo en la peluquería (lo que en la ciudad donde me crié solía llamarse salón de belleza o estética, pero era lo mismo) cuando se me ocurrió comentarle a mi peluquera que últimamente me daba la impresión de que el pelo se me caía más que de costumbre.
"Ajá"
Dijo ella, como sin hacerme caso y empezó a tocar y observar cuidadosamente lo que viene a ser mi cuero cabelludo (poquitas palabras me daban más risa cuando era niña), oséase, mi dura cabezota.
"No"
Dijo después de un rato. Tuve dos revelaciones en ese momento. 1) Realmente no debo de tener ningún problema si, en lugar de intentar venderme algún producto, me dice que no tengo un problema. Y 2) ¡Mi peluquera tiene el día lacónico! Dios la bendiga.
Me equivoqué en ambas. Comenzó por decirme que aunque no parecía tener un problema, podía venderme una serie de productos que evitasen que tal problema llegase algún día. Que una no sé qué para reforzar el no sé cuánto y así. En cuanto llegamos al asunto del precio se terminó ese tema. Pero llegó el otro. Y me espetó:
"Tú vas al psicólogo ¿verdad?"
"Eh... bueno -dije yo- sí que voy, aunque no creo que te lo haya comentado"
"Me parece -y así empezó el soliloquio- que tú le das muchas vueltas a las cosas. Que te obsesionas -pero si sólo pregunté sí...-. No sé cómo te vaya con tu psicóloga -no es una chica, no es una chica- pero a veces no hacen más que enredar a la gente. Y a menudo lo mejor es no pensar. Lo que tú deberías hacer es olvidarte de todo, no pensar en nada, ni en el pelo ni en nada. Vete a caminar por la playa, date un chapuzón en el mar, ve al cine, lee un libro ¿te gusta leer?, corta los pensamientos, no te obsesiones, pensar es muy malo. Si tu psicóloga -no es una chica, no es una chica- hace que le des más vueltas a las cosas, mándala a la mierda. Procura no pensar. No pienses"
Y entonces, la gloriosa frase final:
"Pensar demasiado hace que se caiga el pelo"
Palabra de peluquera.
¿Eiiin?
Estaba yo en la peluquería (lo que en la ciudad donde me crié solía llamarse salón de belleza o estética, pero era lo mismo) cuando se me ocurrió comentarle a mi peluquera que últimamente me daba la impresión de que el pelo se me caía más que de costumbre.
"Ajá"
Dijo ella, como sin hacerme caso y empezó a tocar y observar cuidadosamente lo que viene a ser mi cuero cabelludo (poquitas palabras me daban más risa cuando era niña), oséase, mi dura cabezota.
"No"
Dijo después de un rato. Tuve dos revelaciones en ese momento. 1) Realmente no debo de tener ningún problema si, en lugar de intentar venderme algún producto, me dice que no tengo un problema. Y 2) ¡Mi peluquera tiene el día lacónico! Dios la bendiga.
Me equivoqué en ambas. Comenzó por decirme que aunque no parecía tener un problema, podía venderme una serie de productos que evitasen que tal problema llegase algún día. Que una no sé qué para reforzar el no sé cuánto y así. En cuanto llegamos al asunto del precio se terminó ese tema. Pero llegó el otro. Y me espetó:
"Tú vas al psicólogo ¿verdad?"
"Eh... bueno -dije yo- sí que voy, aunque no creo que te lo haya comentado"
"Me parece -y así empezó el soliloquio- que tú le das muchas vueltas a las cosas. Que te obsesionas -pero si sólo pregunté sí...-. No sé cómo te vaya con tu psicóloga -no es una chica, no es una chica- pero a veces no hacen más que enredar a la gente. Y a menudo lo mejor es no pensar. Lo que tú deberías hacer es olvidarte de todo, no pensar en nada, ni en el pelo ni en nada. Vete a caminar por la playa, date un chapuzón en el mar, ve al cine, lee un libro ¿te gusta leer?, corta los pensamientos, no te obsesiones, pensar es muy malo. Si tu psicóloga -no es una chica, no es una chica- hace que le des más vueltas a las cosas, mándala a la mierda. Procura no pensar. No pienses"
Y entonces, la gloriosa frase final:
"Pensar demasiado hace que se caiga el pelo"
Palabra de peluquera.
lunes, 24 de mayo de 2010
Versiones
Pasan los martes, vienen y se van los jueves, los sábados y los domingos vuelan.
Si tienes un blog, tienes una manera de medir el tiempo. Es parecido a cuando tienes un sobrino. Es una monada que empieza a caminar y decir ga-ga-pu-pu. Te entretienes con un par de cositas y cuando te das cuenta mide un metro ochenta y se va los fines de semana a dormir a casa de su novia rubia. Pues un blog, lo mismo, pero en pequeñito.
Siempre entro a mi blog, porque desde aquí leo los blogs que tengo enlazados y que sigo, pero un día entras y ves la fecha de la última entrada y dices ¿tanto tiempo?
Soy muy pero que muy buena para poner pretextos y en un minuto haría una lista explicando por qué no he escrito últimamente. Pero el único cierto seguro que no lo pondría ahí. Y es que, ya lo he dicho, escribo sobre lo que vivo, sobre lo que siento y no estoy segura de si quiero poner eso en letras ahora mismo.
Supongo, solo supongo, que ese mutismo se relaciona con el respeto que me supone escribir. A pesar de la ingente y continua cantidad de chorradas que aquí escribo, hacerlo significa no obviarlas. Darles peso, forma, consistencia. Traerlas a la realidad. Lo que escribo, es.
Y ahora mismo no necesito esa contundencia. Y, entiéndanme, yo soy mucho de contundencias. De sentirme cómoda con las certezas (siempre falsas, siempre falsas), con los (supuestos) planes. Por eso me requiere un esfuerzo liberarme de todo ello. Ahora mismo no necesito definiciones, esquemas. Necesito vivir sin expectativas por difícil que me resulte. O si no difícil, al menos sí poco natural. No necesito cortapisas, no quiero aferrarme (otra vez) a lo que debe ser (si es que eso existe) y ni siquiera a lo que yo quiero que sea (si es que algún día me entero).
Intento acoplarme a esa serie de frases que nunca me fueron naturales como que me sorprenda la vida, a ver qué pasa, mejor no hacer planes, no hay nada escrito.
No hay nada escrito. O al menos no quiero escribirlo yo. Dice Vetusta Morla en una canción Dejarse llevar suena demasiado bien... Y me cuesta, pero supongo, solo supongo, que puede merecer la pena. Cuando inaguré este blog lo hice con otra canción de Vetusta. Hace unos días alguien me descubrió otra versión de la misma canción. Mismo grupo, misma canción. Otro ritmo, palabras parecidas. Otra versión. Es igual, pero distinta. La misma pero no del todo.
Versiones. A veces salen bien y otras no. Pero no está mal intentarlo.
No hay nada escrito.
Agostados, de Vetusta Morla.
Si tienes un blog, tienes una manera de medir el tiempo. Es parecido a cuando tienes un sobrino. Es una monada que empieza a caminar y decir ga-ga-pu-pu. Te entretienes con un par de cositas y cuando te das cuenta mide un metro ochenta y se va los fines de semana a dormir a casa de su novia rubia. Pues un blog, lo mismo, pero en pequeñito.
Siempre entro a mi blog, porque desde aquí leo los blogs que tengo enlazados y que sigo, pero un día entras y ves la fecha de la última entrada y dices ¿tanto tiempo?
Soy muy pero que muy buena para poner pretextos y en un minuto haría una lista explicando por qué no he escrito últimamente. Pero el único cierto seguro que no lo pondría ahí. Y es que, ya lo he dicho, escribo sobre lo que vivo, sobre lo que siento y no estoy segura de si quiero poner eso en letras ahora mismo.
Supongo, solo supongo, que ese mutismo se relaciona con el respeto que me supone escribir. A pesar de la ingente y continua cantidad de chorradas que aquí escribo, hacerlo significa no obviarlas. Darles peso, forma, consistencia. Traerlas a la realidad. Lo que escribo, es.
Y ahora mismo no necesito esa contundencia. Y, entiéndanme, yo soy mucho de contundencias. De sentirme cómoda con las certezas (siempre falsas, siempre falsas), con los (supuestos) planes. Por eso me requiere un esfuerzo liberarme de todo ello. Ahora mismo no necesito definiciones, esquemas. Necesito vivir sin expectativas por difícil que me resulte. O si no difícil, al menos sí poco natural. No necesito cortapisas, no quiero aferrarme (otra vez) a lo que debe ser (si es que eso existe) y ni siquiera a lo que yo quiero que sea (si es que algún día me entero).
Intento acoplarme a esa serie de frases que nunca me fueron naturales como que me sorprenda la vida, a ver qué pasa, mejor no hacer planes, no hay nada escrito.
No hay nada escrito. O al menos no quiero escribirlo yo. Dice Vetusta Morla en una canción Dejarse llevar suena demasiado bien... Y me cuesta, pero supongo, solo supongo, que puede merecer la pena. Cuando inaguré este blog lo hice con otra canción de Vetusta. Hace unos días alguien me descubrió otra versión de la misma canción. Mismo grupo, misma canción. Otro ritmo, palabras parecidas. Otra versión. Es igual, pero distinta. La misma pero no del todo.
Versiones. A veces salen bien y otras no. Pero no está mal intentarlo.
No hay nada escrito.
Agostados, de Vetusta Morla.
martes, 11 de mayo de 2010
El atardecer
A veces el atardecer se pone bonito.
A veces estás mirando a través de la ventana, escuchando el televisor de fondo y pensando, cuando notas que el atardecer se ha puesto bonito. Que las luces de la ciudad se han ido encendiendo y el cielo tiene ese color que siempre dura tan poco, y que además de cansado parece tranquilo, parece sereno, parece justo.
A veces estás mirando a través de la ventana casi sin querer, pensando. O casi sin pensar, viendo desfilar tus pensamientos como si no tuvieran que ver contigo. Salen de paseo sin esfuerzo, naturales. Los ves pasar como un carrousel, un tíovivo. Como si dieran vueltas, giraran y volvieran a pasar delante de tus ojos. Una y otra vez.
A veces estás mirando a través de la ventana casi sin querer, viendo sin ver. Parece que está todo ahí. Tu Aleph particular. Está la otra noche cuando no entendiste lo que te estaban diciendo sin palabras. Y tú hubieras querido entenderlo, tanto, tanto. Y está la otra vez en que sí sonaron las palabras y ya no sabes si eran una provocación o una declaración, ni si era de amor o de guerra. Está esa mirada en la que ya no ves el brillo que solía iluminarte. Está la sensación de que la valentía te ha abandonado y ya no te quedan monedas para apostar. Está esa confusión tan curiosa de sentir al mismo tiempo miedo y ganas, curiosidad y rechazo, orgullo y vergüenza. Está la duda de hasta dónde piensas llegar y sobre todo, la duda del por qué lo harías. Está ahí, la ves, brillando como una puñetera supernova la intuición de equivocarte y te preguntas por qué solo aparece a la distancia y nunca cuando sus ojos te están mirando. Y confirmas que nunca, nada, sale como lo esperas y aunque entiendes que exageras, te asusta un poco.
Y ni siquiera sabes el tiempo que está pasando, porque aparecen en un mismo segundo, las sonrisas, los ojos, los juegos, los hartazgos. Te preguntas mientras lo miras, todo a la vez, si en esta ocasión serás capaz de dar el acento justo, si los demonios se aplacarán, si te estás escapando, si te estás escondiendo, si eres incapaz de olvidar el drama, si aún crees en la magia, si te equivocas de cuento de hadas, todo al mismo tiempo, todo delante de tus ojos, todo girando como un tíovivo que vuelve y vuelve y vuelve a girar.
Y entonces te das cuenta de que estás mirando por la ventana, que las luces se han ido encendiendo allá fuera y que el cielo se va apagando con ese color que dura siempre tan poco y que parece sereno, que parece justo.
Se pone bonito a veces el atardecer.
A veces estás mirando a través de la ventana, escuchando el televisor de fondo y pensando, cuando notas que el atardecer se ha puesto bonito. Que las luces de la ciudad se han ido encendiendo y el cielo tiene ese color que siempre dura tan poco, y que además de cansado parece tranquilo, parece sereno, parece justo.
A veces estás mirando a través de la ventana casi sin querer, pensando. O casi sin pensar, viendo desfilar tus pensamientos como si no tuvieran que ver contigo. Salen de paseo sin esfuerzo, naturales. Los ves pasar como un carrousel, un tíovivo. Como si dieran vueltas, giraran y volvieran a pasar delante de tus ojos. Una y otra vez.
A veces estás mirando a través de la ventana casi sin querer, viendo sin ver. Parece que está todo ahí. Tu Aleph particular. Está la otra noche cuando no entendiste lo que te estaban diciendo sin palabras. Y tú hubieras querido entenderlo, tanto, tanto. Y está la otra vez en que sí sonaron las palabras y ya no sabes si eran una provocación o una declaración, ni si era de amor o de guerra. Está esa mirada en la que ya no ves el brillo que solía iluminarte. Está la sensación de que la valentía te ha abandonado y ya no te quedan monedas para apostar. Está esa confusión tan curiosa de sentir al mismo tiempo miedo y ganas, curiosidad y rechazo, orgullo y vergüenza. Está la duda de hasta dónde piensas llegar y sobre todo, la duda del por qué lo harías. Está ahí, la ves, brillando como una puñetera supernova la intuición de equivocarte y te preguntas por qué solo aparece a la distancia y nunca cuando sus ojos te están mirando. Y confirmas que nunca, nada, sale como lo esperas y aunque entiendes que exageras, te asusta un poco.
Y ni siquiera sabes el tiempo que está pasando, porque aparecen en un mismo segundo, las sonrisas, los ojos, los juegos, los hartazgos. Te preguntas mientras lo miras, todo a la vez, si en esta ocasión serás capaz de dar el acento justo, si los demonios se aplacarán, si te estás escapando, si te estás escondiendo, si eres incapaz de olvidar el drama, si aún crees en la magia, si te equivocas de cuento de hadas, todo al mismo tiempo, todo delante de tus ojos, todo girando como un tíovivo que vuelve y vuelve y vuelve a girar.
Y entonces te das cuenta de que estás mirando por la ventana, que las luces se han ido encendiendo allá fuera y que el cielo se va apagando con ese color que dura siempre tan poco y que parece sereno, que parece justo.
Se pone bonito a veces el atardecer.
lunes, 3 de mayo de 2010
Me gustaría
A mí me gustaría
que los párpados no me pesaran
creerme de vez en cuando los consuelos
tener alguna fe aunque fuera endeble y absurda
Me gustaría
tener claridad para leer las señales
caminar sobre suelo seguro
jugar sólo a los juegos que sé jugar
Me gustaría
no tener nombres ni apellidos
que estas palabras tampoco los tuvieran
no tener anclas
que no me nazcan las penas por un par de silencios
Me gustaría
que deje de crecerme la ilusión por un par de palabras
que el mundo entero no sea más que barro
prescindir de Maslow
no creerme los cuentos
A mí me gustaría
no tener que pensar en nada
ser capaz de pensar en nadie
y encontrar un gusto en ello
Me gustaría
que no me importara no importar
ni que en realidad debiera escribir importarte
y tener una balanza para acomodar mis importancias sin esfuerzos
y me gustaría no tener que recordar cada vez que no le importé
a alguien que a mí me importaba
Me gustaría fumarme el último cigarro
e irme a dormir
en lugar de fumar uno tras otro pensando
que no quiero irme a la cama
A mí me gustaría
ser la que soy cuando estoy sola y estoy lejos
vacía, por estrenar
ser la que soy cuando todo me sobra
pletórica
ser la que soy cuando nada me importa
reducida
Me gustaría
escribir mejor
para encontrar una frase
que proclame la certeza de que estas cosas no me hacen llorar
y creérmela yo
Me gustaría
acostumbrarme al olvido
y a la inconsistencia y a la incoherencia y a la inconstancia
acostumbrarme a lo humano
y a lo brutal y a lo efímero
A mí me gustaría
reencontrar principios y abrazar finales
ponderar historias y, aunque no me salve nunca
aunque lo siga intentando
aunque vuelva y vuelva y vuelva
porque no sé hacer otra cosa
porque no quiero hacer otra cosa
porque no quiero salvarme nunca
me gustaría
por poco que fuera
aprender
que los párpados no me pesaran
creerme de vez en cuando los consuelos
tener alguna fe aunque fuera endeble y absurda
Me gustaría
tener claridad para leer las señales
caminar sobre suelo seguro
jugar sólo a los juegos que sé jugar
Me gustaría
no tener nombres ni apellidos
que estas palabras tampoco los tuvieran
no tener anclas
que no me nazcan las penas por un par de silencios
Me gustaría
que deje de crecerme la ilusión por un par de palabras
que el mundo entero no sea más que barro
prescindir de Maslow
no creerme los cuentos
A mí me gustaría
no tener que pensar en nada
ser capaz de pensar en nadie
y encontrar un gusto en ello
Me gustaría
que no me importara no importar
ni que en realidad debiera escribir importarte
y tener una balanza para acomodar mis importancias sin esfuerzos
y me gustaría no tener que recordar cada vez que no le importé
a alguien que a mí me importaba
Me gustaría fumarme el último cigarro
e irme a dormir
en lugar de fumar uno tras otro pensando
que no quiero irme a la cama
A mí me gustaría
ser la que soy cuando estoy sola y estoy lejos
vacía, por estrenar
ser la que soy cuando todo me sobra
pletórica
ser la que soy cuando nada me importa
reducida
Me gustaría
escribir mejor
para encontrar una frase
que proclame la certeza de que estas cosas no me hacen llorar
y creérmela yo
Me gustaría
acostumbrarme al olvido
y a la inconsistencia y a la incoherencia y a la inconstancia
acostumbrarme a lo humano
y a lo brutal y a lo efímero
A mí me gustaría
reencontrar principios y abrazar finales
ponderar historias y, aunque no me salve nunca
aunque lo siga intentando
aunque vuelva y vuelva y vuelva
porque no sé hacer otra cosa
porque no quiero hacer otra cosa
porque no quiero salvarme nunca
me gustaría
por poco que fuera
aprender
lunes, 26 de abril de 2010
Causas, azares
Creo, sincera y llanamente, que solo hay una ley universal. Ha sido estudiada por grandes científicos y yo personalmente soy una muestra viviente e incesante de la misma. Como su nombre en latín es muy raro, la llamaremos Ley de la proporción indirecta entre lo pensado y lo posible.
Como digo, está plenamente demostrada y se basa en los siguientes principios:
a) Cualquier cosa que imagines, NO sucederá.
b) Lo que menos te esperas, siempre que no pienses uy, lo que menos me espero es... sucederá.
La ley se basa, entre otras, en una cuestión estadística. Pongamos que el sujeto A tiene un asunto en mente. Yo qué sé, cualquier cosa. Piensa en alguien, por ejemplo. Ese alguien le importa, le interesa y como sujeto A tiene una fantasía desbordante, piensa de vez en cuando en ese alguien: llamémosle sujeto B. Sujeto A tiene un tiempo muerto en el trabajo y piensa ¿cuándo veré a sujeto B? Un rato después camina hacia su casa y va pensando cuándo, cómo y dónde podría encontrarse a sujeto B. Más tarde, antes de dormir, le vuelve el tema a la cabeza y piensa ¿qué le diré a sujeto B cuando lo vea?
Sujeto A no lo sabe, pero por esta indiscutible ley, todas y cada una de las opciones con las que se recrea en su mente, por el solo hecho de ser concebidas, se difuminan de la vida real. Si ha pensado que quizá encuentre casualmente a sujeto B por la calle, ¡plaf! se borra la posibiblidad de que suceda. Si imagina que sujeto B le manda un correo casual ¡bum! nunca sucederá. Si cree de pronto que se verán en la fiesta de aquel amigo en común ¡cataplum! es una pena, era una buena idea, a sujeto A le encantaba pero... la pensó, está condenada.
Como decíamos, es una cuestión de estadística. Sujeto A piensa que piensa lo que podría pasar, pero las posibilidades de la vida real son muchísimo más intrincadas que cualquier cosa que A pueda pensar, y por tanto reducen sus supuestas posibilidades en tan nimios porcentajes que se diluyen hasta el olvido. Algunos le llaman azar, otros destino, pero es en verdad la vasta realidad que no encaja en nuestras perspectivas ni cabe en cajones ni entiende de deseos ni de sujetos. Que se mueve sin avisar, sin hacer ruido y a quien le sobran las causas. Que se mueve, en fin, mientras sujeto A, piensa.
La única posibilidad para no destruir nuestros deseos, solo por tenerlos, es no pensar. Por supuesto y, aunque cientos de laboratorios se afanan en la cuestión, no se ha encontrado aún la fórmula eficaz para ese remedio.
Porque sujeto A no se da cuenta de que justo en lo que no ha pensado es lo que está más cerca de suceder. ¿Qué sería lo más inesperado? ¿Un encuentro aquí con sujeto B, unas palabras allá? No, nada de eso.
Lo más inseperado aparece, por definición, de golpe y sin aviso. Llamémosle sujeto C.
Silvio Rodríguez, Causas y azares.
Como digo, está plenamente demostrada y se basa en los siguientes principios:
a) Cualquier cosa que imagines, NO sucederá.
b) Lo que menos te esperas, siempre que no pienses uy, lo que menos me espero es... sucederá.
La ley se basa, entre otras, en una cuestión estadística. Pongamos que el sujeto A tiene un asunto en mente. Yo qué sé, cualquier cosa. Piensa en alguien, por ejemplo. Ese alguien le importa, le interesa y como sujeto A tiene una fantasía desbordante, piensa de vez en cuando en ese alguien: llamémosle sujeto B. Sujeto A tiene un tiempo muerto en el trabajo y piensa ¿cuándo veré a sujeto B? Un rato después camina hacia su casa y va pensando cuándo, cómo y dónde podría encontrarse a sujeto B. Más tarde, antes de dormir, le vuelve el tema a la cabeza y piensa ¿qué le diré a sujeto B cuando lo vea?
Sujeto A no lo sabe, pero por esta indiscutible ley, todas y cada una de las opciones con las que se recrea en su mente, por el solo hecho de ser concebidas, se difuminan de la vida real. Si ha pensado que quizá encuentre casualmente a sujeto B por la calle, ¡plaf! se borra la posibiblidad de que suceda. Si imagina que sujeto B le manda un correo casual ¡bum! nunca sucederá. Si cree de pronto que se verán en la fiesta de aquel amigo en común ¡cataplum! es una pena, era una buena idea, a sujeto A le encantaba pero... la pensó, está condenada.
Como decíamos, es una cuestión de estadística. Sujeto A piensa que piensa lo que podría pasar, pero las posibilidades de la vida real son muchísimo más intrincadas que cualquier cosa que A pueda pensar, y por tanto reducen sus supuestas posibilidades en tan nimios porcentajes que se diluyen hasta el olvido. Algunos le llaman azar, otros destino, pero es en verdad la vasta realidad que no encaja en nuestras perspectivas ni cabe en cajones ni entiende de deseos ni de sujetos. Que se mueve sin avisar, sin hacer ruido y a quien le sobran las causas. Que se mueve, en fin, mientras sujeto A, piensa.
La única posibilidad para no destruir nuestros deseos, solo por tenerlos, es no pensar. Por supuesto y, aunque cientos de laboratorios se afanan en la cuestión, no se ha encontrado aún la fórmula eficaz para ese remedio.
Porque sujeto A no se da cuenta de que justo en lo que no ha pensado es lo que está más cerca de suceder. ¿Qué sería lo más inesperado? ¿Un encuentro aquí con sujeto B, unas palabras allá? No, nada de eso.
Lo más inseperado aparece, por definición, de golpe y sin aviso. Llamémosle sujeto C.
Silvio Rodríguez, Causas y azares.
domingo, 25 de abril de 2010
Una de apuestas
Hoy toca, o tocaba, o sigue tocando, irse a la cama pronto para trabajar mañana. Y, ya veis, aquí sigo. Para horror de mi amigo J, hace no mucho volví a verme a mí misma como en un capítulo de Sexo en Nueva York. Yo contaba algo a mis amigas y cada una de ellas me daba un punto de vista muy diferente e ilustrativo. Por supuesto que para seguir un consejo no sirve de una mierda que cada una te diga una cosa, pero yo no quiero que ellas me digan lo que hacer, sino saber qué piensan, qué ven ellas que yo me estoy perdiendo.
Era divertidísimo ver la diferencia entre los puntos de vista. Cada una de ellas, mujeres complejas, con distintas ocupaciones, objetivos, cotidianeidades y hasta nacionalidades, a la hora de hablar sobre el tema (hombres ¿qué iba a ser?) parecían tener una visión completa y clara que a mí, desde luego, suele faltarme. Suele faltarme con mi propios temas, seguro que con los suyos soy tan resolutiva como las demás.
Ahí, a la hora de hablar sobre lo que me pasaba a mí, salía el carácter, la experiencia, quizá los deseos de cada una. Y sí, de todo aprendo. A veces me riñen y otras me tienen un poco de paciencia, pero no suelen callarse. Eso me gusta. No se callan ni siquiera cuando no pregunto. Y eso me gusta.
Hoy me han reñido. Dulce, puntualmente. Me han reñido porque, creo, ellas creen que yo no me creo que puedo conseguir algo. Algo muy dulce y puntual (hombres ¿qué iba a ser?). Me riñen porque quieren que me lance, que lo intente. Debo decir que la última vez que seguí sus dulces y puntuales consejos, la cosa salió muy bien. Muy dulce, sí señor. Así que supongo que me lo pensaré. Porque, sí, sé que si no me lanzo es porque me da miedo el rechazo, porque me asusta lanzarme a las euforias cuando se está tan tranquilito sin ellas y porque no me acabo de creer que puedo conseguirlo. Pero si ellas, que me conocen tanto, dicen que sí...
Se abren las apuestas.
Era divertidísimo ver la diferencia entre los puntos de vista. Cada una de ellas, mujeres complejas, con distintas ocupaciones, objetivos, cotidianeidades y hasta nacionalidades, a la hora de hablar sobre el tema (hombres ¿qué iba a ser?) parecían tener una visión completa y clara que a mí, desde luego, suele faltarme. Suele faltarme con mi propios temas, seguro que con los suyos soy tan resolutiva como las demás.
Ahí, a la hora de hablar sobre lo que me pasaba a mí, salía el carácter, la experiencia, quizá los deseos de cada una. Y sí, de todo aprendo. A veces me riñen y otras me tienen un poco de paciencia, pero no suelen callarse. Eso me gusta. No se callan ni siquiera cuando no pregunto. Y eso me gusta.
Hoy me han reñido. Dulce, puntualmente. Me han reñido porque, creo, ellas creen que yo no me creo que puedo conseguir algo. Algo muy dulce y puntual (hombres ¿qué iba a ser?). Me riñen porque quieren que me lance, que lo intente. Debo decir que la última vez que seguí sus dulces y puntuales consejos, la cosa salió muy bien. Muy dulce, sí señor. Así que supongo que me lo pensaré. Porque, sí, sé que si no me lanzo es porque me da miedo el rechazo, porque me asusta lanzarme a las euforias cuando se está tan tranquilito sin ellas y porque no me acabo de creer que puedo conseguirlo. Pero si ellas, que me conocen tanto, dicen que sí...
Se abren las apuestas.
lunes, 19 de abril de 2010
Cuento de hadas
Había una vez en una república muy lejana una chica (sigamos llamándome chica aunque tenga 34 años, ¿vale?) que un día decidió aclarar una situación. Decidió reunirse con alguien y preguntar claramente lo que sentía.
Llegado el momento, a la chica no le apeteció preguntar. Le pareció que ella ya se había aclarado lo suficiente aun sin saber qué opinaba el otro. Quizá se acobardó un poco y eso influyó, pero también recordó los consejos de que esas preguntas no eran socialmente cómodas.
La chica sabe que si el caballero hubiera llegado en un blanco corcel se hubiera impresionado. Pero no siendo así, le quedó la realidad. Y la realidad, desde su lado de la mesa, era una chica aceptando que no existen los cuentos de hadas.
La chica tiene plena conciencia de que cuando siente chispas su mundo se trastorna. Le gustan. Pero sabe que en la vida real hace falta algo más que chispas.
Así que, sí, se hubiera dejado impresionar por el caballero del blanco corcel, porque las chispas la enganchan y se resiste todo lo que puede a dejarlas ir.
Ante el influjo de las chispas es capaz de pensar qué haría falta para no dejar de sentirlas. A veces incluso siente que podría cambiar, o callar, o ni siquiera sabe qué por mantenerlas cerca.
Le ha costado llegar al punto de entender que las chispas por sí solas no valen la pena. Sabe que es vulnerable a ellas, que sentirlas afecta su perspectiva. No quiere renunciar a ellas, pero en esta ocasión sabe que no tiene otra opción.
Le gustan tanto las chispas que a veces tiene la impresión de inventárselas. Y ahora piensa: para una vez que fueron reales, para una vez que las vemos juntos, para una vez que brindamos por ellas, para una vez que le importa un caballero, vaya final de mierda tiene este cuento de hadas.
Llegado el momento, a la chica no le apeteció preguntar. Le pareció que ella ya se había aclarado lo suficiente aun sin saber qué opinaba el otro. Quizá se acobardó un poco y eso influyó, pero también recordó los consejos de que esas preguntas no eran socialmente cómodas.
La chica sabe que si el caballero hubiera llegado en un blanco corcel se hubiera impresionado. Pero no siendo así, le quedó la realidad. Y la realidad, desde su lado de la mesa, era una chica aceptando que no existen los cuentos de hadas.
La chica tiene plena conciencia de que cuando siente chispas su mundo se trastorna. Le gustan. Pero sabe que en la vida real hace falta algo más que chispas.
Así que, sí, se hubiera dejado impresionar por el caballero del blanco corcel, porque las chispas la enganchan y se resiste todo lo que puede a dejarlas ir.
Ante el influjo de las chispas es capaz de pensar qué haría falta para no dejar de sentirlas. A veces incluso siente que podría cambiar, o callar, o ni siquiera sabe qué por mantenerlas cerca.
Le ha costado llegar al punto de entender que las chispas por sí solas no valen la pena. Sabe que es vulnerable a ellas, que sentirlas afecta su perspectiva. No quiere renunciar a ellas, pero en esta ocasión sabe que no tiene otra opción.
Le gustan tanto las chispas que a veces tiene la impresión de inventárselas. Y ahora piensa: para una vez que fueron reales, para una vez que las vemos juntos, para una vez que brindamos por ellas, para una vez que le importa un caballero, vaya final de mierda tiene este cuento de hadas.
lunes, 12 de abril de 2010
Lunes y ficción
Te regalo mis lunes. Son todos para ti. No te regalo mis sueños, ni mis ganas y desde luego no te doy mis versos. Pero sí mis lunes. Los he limpiado y adecentado, he escondido en cajas viejas de cartón sus miserias de llantos aburridos y he barrido de las esquinas el polvo de la nostalgia gastada. Eché por la ventana las dudas perennes, empujé bajo la alfombra las falsas certezas. Y disimulé todo lo que pude nuestras coincidencias luminosas.
Acicalados y relucientes, te regalo mis lunes.
Haz con ellos lo que te apetezca. No preguntes, no pidas permiso. Les he puesto una etiqueta con tu nombre. Una de esas viejas franjas de plástico de colores, con que todas las niñas de mi clase, menos yo, ostentaban sus pertenencias.
No es que yo no los quiera, que conste. Me gustan mis lunes y me gustan mucho. Es por eso que te los regalo. Porque aunque no te enteres, o aunque no lo sepas, que suena mejor, quiero que tengas algo mío.
No hay dramas ni euforias. Solo hay lunes. Nuevos, vacíos, por estrenar. Todos mis lunes. No me preguntes por qué, pero quiero que sean tuyos.
Puede que te resulte absurdo, como tantas otras cosas de mí. No te preocupes, que, como tantas otras cosas de mí, si no los quieres no tienes más que mirar para otro lado. O cerrar los ojos. O fingir que no están.
Total, a eso ya nos estamos acostumbrando.
-
Hoy me tomé un café con mi amigo J. Al saludarlo me preguntó ¿Cómo estás? y yo dije Bien. Me miró sonriendo: ¿Te has fijado? Has respondido bien y has movido la cabeza como si te comieras el mundo. Me reí. Es que estoy bien, pero bien bien. Sigo sin motivos de esos obvios y sigue siendo estupendo.
Tras el café fui a la última sesión de mi taller literario. Una pena que se acabe. Queda, por supuesto, lo vivido, lo escuchado, lo aprendido, lo encontrado. Hoy un compañero definía a la gente que escribe como enamorados de las mentiras. Es así. Fingimos estar locos de amor o heridos de muerte, o que regalamos lunes, pero es todo ficción. O casi todo Yo, por ejemplo, desde mi sospechosísimo estado de serenidad, sigo escribiendo sobre la tristeza. Los desencuentros, los acaboses.
Es como ser un actor, representar un papel, crear un mundo nuevo, cambiar de piel. Quería contar esto tras la entrada, que ya había escrito. Porque en mi blog no suele haber ficción, más allá de mis propios dramas. Así que a riesgo de recordar aquello de Excusatio non petita, acusatio manifiesta, hoy copié algo escrito en ese taller. Todo ficción. O casi todo.
martes, 6 de abril de 2010
Supernova
Nunca había hecho una lista de pros y contras. Hace unos días me obligué a hacer la primera de mi vida. Ya sabéis, una decisión por tomar, una confusión considerable. Tenía claro algunos puntos a favor y otros en contra.
La verdad es que los pros me salieron con mucha fluidez, de golpe, en racha. Luego me esforcé en los contras. Busqué, encontré y busqué más. En medio de los contras me asaltaba cada tanto un pro que anotar en la otra columna. Y volvía a buscar contras. Había, sí, pero salían con menos facilidad.
Al final, ganaron los contras. En cantidad. Los contras, la columna de la derecha, era claramente más larga. Así que ya está, ganaron.
Luego pensé si no habría que dar una nota a cada concepto, a cada pro y cada contra. Este pro vale un siete, este un seis, este es un diez y este contra un cuatro, un dos. Y sumar. O algo así. Es que, de pronto, la columna más larga parecía más ligera. Y los pros se hicieron cada vez más pesados. Había uno, dos, tres pros, que se tragaban sin miramientos la mitad de los contras de un bocado. Había especialmente un pro, uno que brillaba sobre el folio como una puñetera supernova.
La cuestión de la cantidad empezó a perder fuerza. Así que sí, ganaban los contras. Y luego estaba ese pro.
No sé para qué coño hace la gente estas listas. Desde luego a mí no me sirvió para aclararme.
O, sí. Quizá, sí. Puñetera supernova.
La verdad es que los pros me salieron con mucha fluidez, de golpe, en racha. Luego me esforcé en los contras. Busqué, encontré y busqué más. En medio de los contras me asaltaba cada tanto un pro que anotar en la otra columna. Y volvía a buscar contras. Había, sí, pero salían con menos facilidad.
Al final, ganaron los contras. En cantidad. Los contras, la columna de la derecha, era claramente más larga. Así que ya está, ganaron.
Luego pensé si no habría que dar una nota a cada concepto, a cada pro y cada contra. Este pro vale un siete, este un seis, este es un diez y este contra un cuatro, un dos. Y sumar. O algo así. Es que, de pronto, la columna más larga parecía más ligera. Y los pros se hicieron cada vez más pesados. Había uno, dos, tres pros, que se tragaban sin miramientos la mitad de los contras de un bocado. Había especialmente un pro, uno que brillaba sobre el folio como una puñetera supernova.
La cuestión de la cantidad empezó a perder fuerza. Así que sí, ganaban los contras. Y luego estaba ese pro.
No sé para qué coño hace la gente estas listas. Desde luego a mí no me sirvió para aclararme.
O, sí. Quizá, sí. Puñetera supernova.
sábado, 3 de abril de 2010
El trabajo dignifica
Hoy en el trabajo no hubo muchas llamadas. Supongo que la gente feliz está de vacaciones. Ya tendrán tiempo de volver y descubrir que sus interneses no funcionan, pero eso les tocará a los que vayan el lunes.
Tuve tiempos muertos, así que me puse a leer blogs. Como hago normalmente, fui a los blogs que sigue la gente que yo sigo y así y así . Al final estuve todo el día leyendo el mismo, tirando de entradas antiguas. Me divertí mucho y me puse a pensar que mi blog no es nada divertido. Vamos, que no cuento cosas graciosas y tal. Y eso que yo en vivo tengo mi gracia ¿eh?
Creo que uso el blog como desahogo y al final, ya sabeis, acabo escupiendo mis frustraciones aquí.
Y es que escribo más de lo que siento que de lo que me pasa. Y bueno, creo que eso acaba aburriendo. Al menos creo que llega a aburrirme a mí.
Así que hoy escribamos solo dos líneas sobre lo que siento. Tengo un pequeño lío mental que, creyendo que iba a deshacer, enredé más. Supongo que tiraré de la punta a ver qué pasa.
Y un poco más sobre las cosas que me pasan. Hoy un cliente me ha llamado histérica. Así como lo oyen/leen. En un año que llevo como teleoperadora (por dios ¡un añooooo! próximo post: depresión laboral) solo me han dicho tres cosas del estilo. Y no puedo no decir que suelo ser muy comprensiva con mis clientes y además tengo la capacidad para tranquilizarlos cuando están nerviositos y por lo menos una vez al día me dicen que soy un encanto y cosas mejores. Dicho esto:
1)Yo, de malas. Él, de malísimas. Reproduzco diálogo:
Él: El servicio es una mieeeeeeerda (bla bla bla tres minutos) y estoy harto y quiero el número de bajas ya y que me arregles esto. ¡Arréglamelo ya y daaaame el número de bajaaaaas!
Yo: ¿Quiere que se lo arregle o que le dé el número de bajas?
Él: ¡Eres una caradura!
Colgó. No sé, a mí me parecía una pregunta muy válida.
2)Casi las diez de la noche, terminando la jornada y el último bus que me lleva a mi ciudad sale en veinte minutos. El cliente parece un adolescente descentrado, no hace nada de lo que le pido, me habla de tú sin parar aunque yo siga llamándole don Jonhatan y no veo manera de salir de esa llamada e irme a mi casa sin tener que caminar veintiocho kilómetros. Le pido que pulse tal tecla.
Don Jonhatan: ¿Cuál tecla dices?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan.
Don Jonhatan: Espérate tantito. (Tantito después) Ya, ¿qué me decías? ¿Qué tecla quieres que pulse?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan, la de la izquierda.
Don Jonhantan: Oye ¿estás estresada?
Yo: Pues he tenido días peores ¿podría, por favor don Jonhatan pulsar la tecla de la izquierda?
Al final creo que no le arreglé nada, pero pude irme a casa en bus.
3)El señor de hoy. Que el router no sirve no sirve y no sirve porque su ordenador no detecta la red inalámbrica. Le pregunto si detecta alguna red. Dice que no, no detecta ninguna. Le pregunto si tiene activado el wifi de su ordenador (la gente se pone muy nerviosa en cuanto insinúas que algo puede ser culpa de su ordenador) y me dice en efecto:
El tío de hoy: Señorita, no puede ser de mi ordenador porque es nuevo.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, ¿pero antes detectaba redes?
El tío de hoy: Sí, pero este cacharro vuestro se estropeó porque ya no detecta nada.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, pero si se estropeara el router ¿no cree que su ordenador seguiría detectando otras redes?
El tío de hoy: ¡Le digo que no es de mi ordenador porque es nuevo!
Yo: Pero, señor de hoy, si antes detectaba muchas redes y ahora ninguna ¿no podría considerar que no sea el router? porque si fuera el router seguirían apareciendo...
El tío de hoy: ¡No te pongas histérica!
Con el mismo tono calmo y normal con que le estaba hablando, sólo pude responderle:
Yo: Señor de hoy, francamente no creo que me esté comportando de modo histérico, le intento explicar algo con mucha lógica y que puede resolver su problema, pero si no le gusta la manera en que lo atiendo puede poner una queja y volver a llamar, así le atenderá otra persona.
El señor de hoy me pidió perdón y yo fingí no escucharlo y seguí con la conversación. Por supuesto que no le arreglé nada. Entre nosotros, el problema está en su ordenador. O no, pero a mí me dieron una formación de dos semanas y hago lo que puedo.
Tres en un año no me parece tan mal. Luego están los que te dicen ya sé que tú no tienes la culpa y se hartan de insultar a la empresa, pero la verdad que a mí esos no me ofenden.
Conozco compañeros a los que les han insultado en serio y muy personalmente. La gente puede estar muy enfadada cuando les falla la tecnología, lo entiendo. Así que, no sé, lo mío no me parece tan grave. Y, por otro lado, un poquito caradura, estresada e histérica sí que soy.
Y si no me creen, esperen a que vuelva a escribir sobre lo que siento en lugar de sobre lo que me pasa.
Saludos, y si os falla mañana internet, hacedme un favor: no llaméis hasta el lunes, que quiero seguir leyendo blogs.
Tuve tiempos muertos, así que me puse a leer blogs. Como hago normalmente, fui a los blogs que sigue la gente que yo sigo y así y así . Al final estuve todo el día leyendo el mismo, tirando de entradas antiguas. Me divertí mucho y me puse a pensar que mi blog no es nada divertido. Vamos, que no cuento cosas graciosas y tal. Y eso que yo en vivo tengo mi gracia ¿eh?
Creo que uso el blog como desahogo y al final, ya sabeis, acabo escupiendo mis frustraciones aquí.
Y es que escribo más de lo que siento que de lo que me pasa. Y bueno, creo que eso acaba aburriendo. Al menos creo que llega a aburrirme a mí.
Así que hoy escribamos solo dos líneas sobre lo que siento. Tengo un pequeño lío mental que, creyendo que iba a deshacer, enredé más. Supongo que tiraré de la punta a ver qué pasa.
Y un poco más sobre las cosas que me pasan. Hoy un cliente me ha llamado histérica. Así como lo oyen/leen. En un año que llevo como teleoperadora (por dios ¡un añooooo! próximo post: depresión laboral) solo me han dicho tres cosas del estilo. Y no puedo no decir que suelo ser muy comprensiva con mis clientes y además tengo la capacidad para tranquilizarlos cuando están nerviositos y por lo menos una vez al día me dicen que soy un encanto y cosas mejores. Dicho esto:
1)Yo, de malas. Él, de malísimas. Reproduzco diálogo:
Él: El servicio es una mieeeeeeerda (bla bla bla tres minutos) y estoy harto y quiero el número de bajas ya y que me arregles esto. ¡Arréglamelo ya y daaaame el número de bajaaaaas!
Yo: ¿Quiere que se lo arregle o que le dé el número de bajas?
Él: ¡Eres una caradura!
Colgó. No sé, a mí me parecía una pregunta muy válida.
2)Casi las diez de la noche, terminando la jornada y el último bus que me lleva a mi ciudad sale en veinte minutos. El cliente parece un adolescente descentrado, no hace nada de lo que le pido, me habla de tú sin parar aunque yo siga llamándole don Jonhatan y no veo manera de salir de esa llamada e irme a mi casa sin tener que caminar veintiocho kilómetros. Le pido que pulse tal tecla.
Don Jonhatan: ¿Cuál tecla dices?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan.
Don Jonhatan: Espérate tantito. (Tantito después) Ya, ¿qué me decías? ¿Qué tecla quieres que pulse?
Yo: La de la izquierda, don Jonhatan, la de la izquierda.
Don Jonhantan: Oye ¿estás estresada?
Yo: Pues he tenido días peores ¿podría, por favor don Jonhatan pulsar la tecla de la izquierda?
Al final creo que no le arreglé nada, pero pude irme a casa en bus.
3)El señor de hoy. Que el router no sirve no sirve y no sirve porque su ordenador no detecta la red inalámbrica. Le pregunto si detecta alguna red. Dice que no, no detecta ninguna. Le pregunto si tiene activado el wifi de su ordenador (la gente se pone muy nerviosa en cuanto insinúas que algo puede ser culpa de su ordenador) y me dice en efecto:
El tío de hoy: Señorita, no puede ser de mi ordenador porque es nuevo.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, ¿pero antes detectaba redes?
El tío de hoy: Sí, pero este cacharro vuestro se estropeó porque ya no detecta nada.
Yo: De acuerdo, señor de hoy, pero si se estropeara el router ¿no cree que su ordenador seguiría detectando otras redes?
El tío de hoy: ¡Le digo que no es de mi ordenador porque es nuevo!
Yo: Pero, señor de hoy, si antes detectaba muchas redes y ahora ninguna ¿no podría considerar que no sea el router? porque si fuera el router seguirían apareciendo...
El tío de hoy: ¡No te pongas histérica!
Con el mismo tono calmo y normal con que le estaba hablando, sólo pude responderle:
Yo: Señor de hoy, francamente no creo que me esté comportando de modo histérico, le intento explicar algo con mucha lógica y que puede resolver su problema, pero si no le gusta la manera en que lo atiendo puede poner una queja y volver a llamar, así le atenderá otra persona.
El señor de hoy me pidió perdón y yo fingí no escucharlo y seguí con la conversación. Por supuesto que no le arreglé nada. Entre nosotros, el problema está en su ordenador. O no, pero a mí me dieron una formación de dos semanas y hago lo que puedo.
Tres en un año no me parece tan mal. Luego están los que te dicen ya sé que tú no tienes la culpa y se hartan de insultar a la empresa, pero la verdad que a mí esos no me ofenden.
Conozco compañeros a los que les han insultado en serio y muy personalmente. La gente puede estar muy enfadada cuando les falla la tecnología, lo entiendo. Así que, no sé, lo mío no me parece tan grave. Y, por otro lado, un poquito caradura, estresada e histérica sí que soy.
Y si no me creen, esperen a que vuelva a escribir sobre lo que siento en lugar de sobre lo que me pasa.
Saludos, y si os falla mañana internet, hacedme un favor: no llaméis hasta el lunes, que quiero seguir leyendo blogs.
jueves, 1 de abril de 2010
Demonios
Sí: ser feliz por nada es fantástico. De eso hablaba la entrada anterior.
Y la verdad es que ese estado de equilibrio me es tan ajeno que me resulta sospechoso, pero intento disfrutarlo. Voy a contar un secreto. De la vida, como de todo lo que implique, he aprendido bien poco. Quizá sólo que no hay certezas, y que en la poesía cabe todo. Pero hay algo que se me aparece cada tanto: cuando sufro, cuando algo me duele, cuando estoy mal, se manifiesta. Es como un baremo. Sí, esto duele, pupa, caca, vaya mierda, pero. Pero. Pero es la clave.
Las cosas me duelen, entre lo sensiblona que soy y lo dramática, por supuesto que las cosas me duelen. Pero incluso cuando me duelen, incluso en el momento de abandono a ese mal estar sé que no es para tanto. A veces incluso sonrío. Y en más de una ocasión se lo he dicho a mis amigos: me duele, sí, pero también me hace gracia este sufrir. Tengo un par de dolores históricos particulares que han alcanzado grados tales que simplemente dejan a los nuevos en el estado que se merecen. Duele, sí, pero no es para tanto.
Y si cuento esto es porque en medio de mi bienestar soyfelizpornadayesfantástico, de pronto, por nada, o por algo, o por algo que es nada, sucede. Mis demonios se escapan. Pero no son esos grandes demonios, los de ese par de dolores particulares que me rompieron en dos. O en mil. Esos deben estar ya aplacados, porque no aparecen hace un tiempo. Pero aparecen otros. Unos pequeños demonios tontos, pero que duelen; superficiales seguramente, pero que joden; probablemente irreales, pero que meten el dedo en la llaga.
Y esos demonios de segunda me han confesado que yo también soy una cobarde. Llevo semanas quejándome en silencio de la cobardía, del no atreverse a mirar más allá, del no tener cojones a intentar lo que puede valer la pena. Y de repente, soy yo la que no se atreve. Y mis demonios ni siquiera tienen la delicadeza de ser misteriosos. Son groseramente claros: soy cobarde. Me da miedo el rechazo. El rechazo, eso sí, más superficial y banal. Pero me da miedo. Más del que me da estar aquí, ahora, sola.
Hoy no quería estar aquí, ahora, sola. Pero al final, cobarde, lo preferí. Mis demonios salieron a pasear y se tomaron una copa conmigo. Y yo, que no sé en qué centrarme, que no sé de qué prefiero olvidarme, yo, que hago listas de pros y contras y ganan los segundos, no debería decir nada por si acaso. Por si acaso vienes y me lees. Por si acaso te sigo acojonando. Por si acaso cada paso que doy te sigue pareciendo inasumible.
Y sí, esta entrada podría ahorrármela. Por si acaso. Pero no quiero. Porque si no quieres asumir lo que soy, ahora mismo, aquí y ahora, y ayer y mañana, sé que no vale la pena. Y me dan todas las ganas del mundo de olvidar que no vale la pena. Pero lo he visto tan claro que ni siquiera yo, aquí y ahora puedo fingir que no.
Ojalá me leyerás y supieras que yo soy todo esto. Y todo lo que has entendido y lo que has intuído y lo que no te ha dado tiempo o ganas. Ojalá entedieras que yo saltaría, yo lo haría. Pero sólo si tú lo hicieras conmigo. Y eso no va a pasar ¿no? Porque yo necesito que me convenzas de que vale la pena, de que no te has acobardado. Y eso no va a pasar. Y por eso debería callarme, o ahorrame esta entrada.
Pero hace un rato, cuando empezaron a salir a pasear mis demonios y no supe cómo explicarlo, alguien me dijo: escríbelo.
Y eso hago.
Y la verdad es que ese estado de equilibrio me es tan ajeno que me resulta sospechoso, pero intento disfrutarlo. Voy a contar un secreto. De la vida, como de todo lo que implique, he aprendido bien poco. Quizá sólo que no hay certezas, y que en la poesía cabe todo. Pero hay algo que se me aparece cada tanto: cuando sufro, cuando algo me duele, cuando estoy mal, se manifiesta. Es como un baremo. Sí, esto duele, pupa, caca, vaya mierda, pero. Pero. Pero es la clave.
Las cosas me duelen, entre lo sensiblona que soy y lo dramática, por supuesto que las cosas me duelen. Pero incluso cuando me duelen, incluso en el momento de abandono a ese mal estar sé que no es para tanto. A veces incluso sonrío. Y en más de una ocasión se lo he dicho a mis amigos: me duele, sí, pero también me hace gracia este sufrir. Tengo un par de dolores históricos particulares que han alcanzado grados tales que simplemente dejan a los nuevos en el estado que se merecen. Duele, sí, pero no es para tanto.
Y si cuento esto es porque en medio de mi bienestar soyfelizpornadayesfantástico, de pronto, por nada, o por algo, o por algo que es nada, sucede. Mis demonios se escapan. Pero no son esos grandes demonios, los de ese par de dolores particulares que me rompieron en dos. O en mil. Esos deben estar ya aplacados, porque no aparecen hace un tiempo. Pero aparecen otros. Unos pequeños demonios tontos, pero que duelen; superficiales seguramente, pero que joden; probablemente irreales, pero que meten el dedo en la llaga.
Y esos demonios de segunda me han confesado que yo también soy una cobarde. Llevo semanas quejándome en silencio de la cobardía, del no atreverse a mirar más allá, del no tener cojones a intentar lo que puede valer la pena. Y de repente, soy yo la que no se atreve. Y mis demonios ni siquiera tienen la delicadeza de ser misteriosos. Son groseramente claros: soy cobarde. Me da miedo el rechazo. El rechazo, eso sí, más superficial y banal. Pero me da miedo. Más del que me da estar aquí, ahora, sola.
Hoy no quería estar aquí, ahora, sola. Pero al final, cobarde, lo preferí. Mis demonios salieron a pasear y se tomaron una copa conmigo. Y yo, que no sé en qué centrarme, que no sé de qué prefiero olvidarme, yo, que hago listas de pros y contras y ganan los segundos, no debería decir nada por si acaso. Por si acaso vienes y me lees. Por si acaso te sigo acojonando. Por si acaso cada paso que doy te sigue pareciendo inasumible.
Y sí, esta entrada podría ahorrármela. Por si acaso. Pero no quiero. Porque si no quieres asumir lo que soy, ahora mismo, aquí y ahora, y ayer y mañana, sé que no vale la pena. Y me dan todas las ganas del mundo de olvidar que no vale la pena. Pero lo he visto tan claro que ni siquiera yo, aquí y ahora puedo fingir que no.
Ojalá me leyerás y supieras que yo soy todo esto. Y todo lo que has entendido y lo que has intuído y lo que no te ha dado tiempo o ganas. Ojalá entedieras que yo saltaría, yo lo haría. Pero sólo si tú lo hicieras conmigo. Y eso no va a pasar ¿no? Porque yo necesito que me convenzas de que vale la pena, de que no te has acobardado. Y eso no va a pasar. Y por eso debería callarme, o ahorrame esta entrada.
Pero hace un rato, cuando empezaron a salir a pasear mis demonios y no supe cómo explicarlo, alguien me dijo: escríbelo.
Y eso hago.
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